Integridad y Sabiduria
Sermones

Resiste la tentación al favoritismo

Héctor Salcedo 16 enero, 2011

Vivimos en un mundo marcado por profundas desigualdades económicas y sociales, y esa realidad ha moldeado la forma en que tratamos a los demás. Tendemos a valorar a las personas no por lo que son, sino por lo que tienen, cómo lucen o qué posición ocupan. Santiago confronta esta actitud directamente: no se puede tener fe en el glorioso Señor Jesucristo mientras se practica el favoritismo. La escena que describe es contundente: a un hombre bien vestido se le ofrece el mejor asiento, mientras al pobre se le dice que se quede de pie o se siente en el suelo. El problema no está en la cortesía hacia el rico, sino en la descortesía hacia el pobre. La diferencia en el trato revela un corazón que juzga con criterios equivocados.

Santiago ofrece cinco razones para rechazar esta práctica. Primero, nos convertimos en jueces perversos que evalúan por apariencias externas. Segundo, deshonramos a quienes Dios ha honrado, pues Él escogió a los pobres para hacerlos ricos en fe. Tercero, terminamos honrando a quienes históricamente han oprimido a la iglesia. Cuarto, violamos la ley real del amor: amar al prójimo como a uno mismo. Quien falla en un punto de la ley se hace transgresor de toda ella. Y quinto, ignoramos que compareceremos ante el tribunal de Cristo, donde nuestras palabras y acciones serán evaluadas.

El pastor Héctor Salcedo comparte una experiencia personal: en un funeral, juzgó a un pastor humilde por su forma de hablar y vestir, solo para descubrir que ese hombre ministró con una profundidad que lo avergonzó. El valor de una persona no está en lo que aparenta, sino en lo que es como imagen de Dios.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Tengo otra vez de nuevo el privilegio de compartir un mensaje de la Palabra de Dios. Como mencioné al momento de introducir la serie, este es un libro eminentemente práctico. Es un libro cuyo mensaje principal es: vive tu fe. No se supone que creamos solamente algo, no se supone que asintamos intelectualmente con ciertas verdades, sino que llevemos a la práctica lo que decimos creer y lo que se supone que profesamos. Ese es el mensaje central del libro de Santiago, y la porción particular del día de hoy es especialmente práctica porque tiene que ver con nuestro trato con los demás. Lo dejo ahí como expectativa, no me alejo del tema, pero tiene que ver con el trato con los demás.

Quisiera introducirlo de la manera siguiente. Como nosotros sabemos, vivimos en un mundo, en una generación con muchas desigualdades: desigualdades económicas, sociales, intelectuales. Por la realidad que estamos viviendo, yo creo que eso es un fenómeno no solamente local en República Dominicana, sino que es un fenómeno que podemos observar en cualquier lugar del mundo. El mundo es desigual. Estudios indican —es un estudio aproximado de la Universidad de Murcia, en España— que aproximadamente el 20% de la población más rica del mundo recibe el 96% de los ingresos mundiales, y solamente el 4% aproximadamente lo recibe el resto. Obviamente, cuando uno ve esos números fríos, nos imaginamos las realidades sociales y económicas que se esconden detrás.

Pero el punto mío no es ese. El punto es que esa realidad de desigualdad económica y social ha producido que el trato entre nosotros como seres humanos, y más aún como cristianos, sea desigual en función de nuestra posición socioeconómica. Es decir, somos una sociedad que tiende a hacer una iglesia favoritista: discriminamos a las personas, no por el mero hecho de que son personas, sino por lo que tienen, por cómo se ven, por lo que saben, por lo que pueden o por la fama que ostentan. Tendemos a tratar al otro no por el valor intrínseco que tiene como persona creada a imagen de Dios, sino por lo que esa persona tiene, posee o cualquier otro elemento externo a la persona misma.

Dentro de la Palabra de Dios, y específicamente en los primeros versículos del capítulo 2 del libro de Santiago, esta es una práctica condenada por Santiago, pero condenada por Dios obviamente. El hecho de ser favoritistas con las personas —tratarlas dependiendo de su condición externa y económica— es algo que le desagrada a Dios, obviamente, porque va en contra de su carácter. No sé si a ti te ha pasado en algún momento, pero si hacemos una introspección y somos honestos con nosotros mismos, quizás reconocemos que hemos tratado a la gente con cierta diferencia dependiendo de su condición social, económica o racial. Quizás nosotros mismos nos hemos sentido discriminados en función de nuestra condición económica o social, o hemos sido objetos de la discriminación, o hemos sido sujetos de la discriminación y del favoritismo. Sea uno u otro, es un daño para quien lo sufre y es pecaminoso para quien lo efectúa y lo practica.

Dios claramente en su Palabra, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento, se identifica de la manera siguiente. Voy a leer solamente dos pasajes para tener una idea de cómo Dios trata este tema con respecto a sí mismo. Deuteronomio 10:17-18 dice lo siguiente —no lo tienen que buscar, yo lo voy a leer porque no es el texto de hoy, pero lo cito como referencia—: "Porque el Señor vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas ni acepta soborno." Claramente Dios se identifica como un ser que no hace acepción de personas; es decir, para Dios no es importante cómo la persona se ve o cómo luce, para Dios no son importantes ese tipo de elementos externos.

Levítico 19:15 contiene algo específico también que me gustaría comentar. Dice: "No harás injusticia en el juicio; no favorecerás al pobre ni complacerás al rico, sino que con justicia juzgarás a tu prójimo." Este es un escenario donde hay un juzgado, donde se está juzgando una cuestión, y hay dos tentaciones que el juez de la época podía enfrentar. La primera tentación es favorecer al pobre: "Es pobre, déjame condolerme de él." La misericordia es algo bueno, pero Dios dice: no, ni siquiera eso. No quiero que te compadezcas de manera parcial ni que favorezcas al pobre ni al rico tampoco. Yo quiero justicia: un trato igualitario, cordial, amable y misericordioso para todo el mundo, independientemente de su condición social, racial o cualquiera que sea la situación de esa persona.

Claramente este es un tema en el que Dios se identifica a sí mismo como un ser que no hace acepción de personas. Y yo me diría y me preguntaría: nosotros que somos de Dios, ¿cuál debería ser también nuestro rasgo en ese sentido? Gente que no haga acepción de personas, que no tendamos a ser favoritistas en función de lo que la persona tiene, posee, sabe o cómo luce. Y eso es lo que Santiago en los primeros 13 versículos del capítulo 2 trata de enfrentar en esa comunidad. Santiago les da un mandato: no sean favoritistas. Luego les da una ilustración de cómo se ve el favoritismo, y después les da cinco razones por las que el favoritismo no debe formar parte de la vida cristiana. De hecho, lo plantea de una manera tal que al final del mensaje, yo espero que lleguemos a despreciar esa práctica si está presente en nosotros, y lleguemos a entender lo que Dios piensa acerca de ella.

Comencemos describiendo el problema leyendo los primeros tres versículos del capítulo 2: "Hermanos míos, no tengáis vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo con una actitud de favoritismo. Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y vestido con ropa lujosa, y también entra un pobre con ropa sucia, y dais atención especial al que lleva la ropa lujosa y decís: 'Tú siéntate aquí en un buen lugar', y al pobre le decís: 'Tú estate aquí de pie' o 'Siéntate junto a mi estrado'..." Eso es lo que está pasando; esa es la descripción.

El primer versículo contiene claramente lo que Santiago expresa como un imperativo: "No tengáis vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo con una actitud de favoritismo." Detengámonos un momento para entender lo que Santiago está tratando de hacer. Esa expresión "hermanos míos" nosotros sabemos que en el libro de Santiago se repite por lo menos quince veces, y cada vez que Santiago la repite tiene que ver con un cambio de tema o con un cambio en el énfasis que viene trayendo en un determinado asunto. Aquí en particular, Santiago pasa a un tema nuevo: nos acaba de decir en el capítulo uno que vivamos nuestra fe, nos acaba de decir que no seamos solamente oidores de la Palabra sino hacedores de la Palabra, y ahora esto es una de las maneras en las que nosotros somos llamados a ser hacedores de la Palabra, a vivir lo que decimos que creemos. Es un tema entonces eminentemente práctico, más que teológico, aunque tiene componentes teológicos.

Y entonces lo que les dice es un imperativo: no tengan su fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo con una actitud de favoritismo. No es por casualidad que menciona el título "nuestro glorioso Señor Jesucristo" en este contexto del favoritismo, porque ¿qué es lo que Santiago está tratando de comunicar? Que a la luz de la gloria y de la majestad del Señor al que servimos, es ridículo que estemos diferenciando a las personas por sus atavíos externos. A la luz de la gloria de nuestro Señor, ¿cómo voy yo a tratar a un hermano que lleva impresa la imagen de Dios de una manera favoritista? Eso no es solamente absurdo: es contradictorio, es pecaminoso, como vamos a ver más adelante.

Este es el llamado que Santiago está haciendo en este contexto. El favoritismo se refiere al atavío externo, pero ¿qué significa esa palabra en el original? La palabra "favoritismo" literalmente significa lo siguiente: recibir la cara de alguien, es decir, que por su apariencia exterior —lo que lleva puesto, la manera en que habla, cómo luce, cómo se maneja— yo entonces le doy un trato diferenciado a esa persona por encima de otras que no tienen lo que esa tiene. Y yo creo que este tema del favoritismo está tan impregnado en la cultura y en la generación en la que nosotros vivimos, que ya somos insensibles al mal: lo ejecutamos y no nos damos cuenta. Es algo que ya está impregnado y que forma parte del común de nuestras actividades cotidianas.

Hay diversas ilustraciones que yo quisiera poner, pero una de las más curiosas y también de las más evidentes es cómo uno entra en un avión y cruza por la primera clase. Aquello de cruzar por la primera clase, ¿verdad? Hay algunos que se sientan ahí, pero la mayoría cruzamos por primera clase de paso. Yo no tengo problema con la primera clase, y no tengo problema con que les sirvan más comida y más bebida; no tengo problema porque ellos pagan más, eso es lo que corresponde, el que tiene más puede más. Mi problema no es con que le den más comida y bebida; mi problema es que le den más sonrisas y cordialidad. No. ¿Por qué le voy a dar más cordialidad al que más paga? Yo le doy más comida y más bebida, pero la cordialidad se le debe a todo el mundo, el respeto se le debe a todo el mundo y el gesto cortés también. Si nosotros observamos eso, es evidente. Obviamente no podemos exigirle al mundo, que vive fuera de este estándar de Dios, que viva de esa manera.

El problema es cuando eso es una práctica nuestra, cuando nosotros como cristianos tratamos al que nos ayuda a logralo, o la que nos ayuda a logralo, al que me maneja el vehículo, al que cuida mi niño si es que tenemos, a la profesora, al obrero de una manera diferente a como tratamos al que está por encima de nosotros. Entonces, ahí estamos haciendo acepción de personas, discriminando, siendo favoritistas, haciéndonos eco de la cultura, no viviendo contraculturalmente como se supone que nosotros los cristianos debemos vivir.

Entonces, algo común: ¿qué fue lo que pasó aquí? Esa es la descripción del favoritismo. El favoritismo es eso: ir a tratar al otro en función de sus atuendos externos, del dinero que tiene, o de lo que es externo, y no tratarlo en función de lo que es como ser humano o como hermano, para aquellos que somos cristianos. Santiago pone el ejemplo. Santiago es extraordinariamente claro cada vez que explica algo. Pone un ejemplo claramente: imagínense que en su congregación entran dos hombres. Probablemente son visitantes; ¿por qué dirigirlos a sentarse? Si fueran miembros, no habría que dirigirlos a sentarse. Pero entran dos hombres: uno con anillos, ropa lujosa, bien vestido; otro con ropa sucia —en el original dice *andrajos*— y quizás hasta un poco maloliente. No sabemos con exactitud, pero lo cierto es que son dos individuos que proyectan, que pertenecen a dos clases sociales diferentes.

Entonces, el problema que Santiago describe es que se le da cordialidad al rico. El problema está en la cordialidad al rico, el problema está cuando se trata al pobre con menos cordialidad. La diferencia en mi trato, en función de lo que la persona proyecta, ahí está la maldad y el vicio del favoritismo. Y si nos vamos y analizamos profundamente, ¿cuál es la motivación que yo tengo para tratar a alguien de manera diferente, por la ropa que lleva, por lo que tiene? Yo puedo encontrar muy probablemente razones egoístas. Normalmente nosotros queremos estar en favor y en gracia con aquellos que pueden representar un beneficio para nosotros. Eso es así. Y eso me lleva a tratar mejor al que más tiene.

Quiero estar en gracia con el que es mi igual muchas veces, con el que se parece a mí. Me siento cómodo, lo trato mejor, tengo un beneficio emocional, un beneficio quizás económico de que él esté bien conmigo. Y si es una persona que está por encima de nosotros, ahí ya no nos quedamos en el favoritismo, pasamos a la adulación, que es el extremo del favoritismo. Bíblicamente es un vicio, es una maldad. Mostramos más gentileza con los que son de nuestra propia clase social. Estamos más dispuestos a ser amistosos con los más bonitos. No sé si ustedes lo han observado eso.

Hombres y mujeres: la caballerosidad masculina aumenta significativamente —yo diría proporcionalmente— con la belleza femenina. Más bonita la muchacha, la mujer, más caballeroso el individuo. ¿O no? O sí, ¿cómo no? Y entonces, ¿por aquí lo hace con todas las mujeres así, igual? Su trato, sus gestos, su nivel de coquetería, aumentan cuando el individuo que está enfrente es buen mozo y bien parecido. Somos por naturaleza favoritistas. Este es el diagnóstico.

Muchas veces evitamos a aquellas personas que tienen impedimentos físicos. Muchas veces somos más abiertos a conversar con los que son más importantes, a darles nuestro tiempo, nuestra atención, con aquellos que pueden representar un aporte para nosotros. Y más práctico todavía, miren estos ejemplos. Válgame la redundancia: el vendedor que trata mejor al cliente que más le compra. Lo puede llamar más porque le compra mucho, pero no debe ser más cordial; debe ser igualmente cordial con el que compra poco. El médico que le da más atención al caso que más le representa: eso es discriminación y es favoritismo. El padre de familia que trata mejor al hijo más inteligente, o al hijo que va más a fin con su personalidad.

En una familia de tres hijos, hay uno que va más a fin con la mamá, uno que va más a fin con el papá, ves ahí, uno que está en el medio. Pero los padres tienden a ser favoritistas con los hijos en función de si el hijo está haciendo lo que debe o no, y no es un amor incondicional el que expresan a sus hijos. El pastor que es más gentil con el miembro que más diezma, o que más sirve en la iglesia. O sea, estamos todos en esto. Esta es la realidad de nuestra sociedad y, yo diría, de la iglesia incluso. Y esa es la realidad que Santiago trata de combatir.

Y por eso nos da ahora cinco razones por las cuales esta práctica —yo diría que la mayoría de veces es algo que sale naturalmente de nosotros— no debe formar parte de nuestras vidas. Primera razón, versículo 4: primera razón por la que el favoritismo no debe formar parte de la vida cristiana, de la práctica cristiana. Versículo 4: "¿No habéis hecho distinciones entre vosotros mismos y habéis venido a ser jueces con malos pensamientos?" Dos preguntas retóricas.

Lo que Santiago está diciendo es: cuando ustedes hacen esto, lo que están haciendo en realidad es hacer diferencia entre vosotros mismos y convertirse en jueces con malos pensamientos. Yo he colocado al juzgar a mi hermano por su apariencia externa en una posición de juez, la cual solamente le pertenece a Dios. Pero no solamente me convierto en un juez —lo cual solamente le pertenece a Dios—, sino que me convierto en un mal juez, porque mis criterios de juicio son irrelevantes, son incorrectos. En este caso, el criterio para sentar al rico adelante y al pobre en el suelo, ¿cuál fue? La ropa. ¿Te imaginas la implicación de esto? Que nosotros tratamos a la gente diferente por cómo se viste, por lo que usa, por el carro que maneja, por la educación que tiene. Nos convertimos en jueces con malas motivaciones —en el original significa con malos criterios—. Soy un mal juez al juzgar al individuo diciendo: "Este vale más, déjame ponerlo adelante; este vale menos, déjame sentarlo en el piso." ¿Por qué? Claro, no nos circunscribamos a la descripción de la iglesia; llevemos esto a nuestras vidas prácticas, cómo tratamos a uno y a otra persona dependiendo de su condición social, económica, de salud, intelectual, o la que sea.

Habremos hecho distinciones entre nosotros mismos, por un lado, y por otro lado nos convertimos en jueces con malos pensamientos. Primera razón por la que esto no debe formar parte de la vida cristiana, de la práctica cristiana: nos convertimos en jueces perversos.

Segunda razón para resistir esta tentación al favoritismo, para no tratar al otro por lo externo o por lo que tiene. Versículos 5 y 6, primera parte: "Hermanos míos amados, escuchad: ¿no ha escogido Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en fe, herederos del reino que Él prometió a los que le aman? Pero vosotros habéis menospreciado al pobre." En otras palabras, ustedes están maltratando al que Dios ha honrado. ¿No deberíamos nosotros honrar al que Dios honra? Dios ha honrado al pobre al hacerlo parte de la herencia espiritual.

Lo que Santiago está diciendo no es que la iglesia es de pobres; eso no es lo que está diciendo. Lo que Santiago está diciendo es que sucede que, cuando vemos la composición de la iglesia, hay mucha gente pobre entre nosotros. Dios los ha honrado. ¿Cómo puedo yo ahora deshonrarlos siendo discriminador hacia su condición? Y cuando analizamos la iglesia del siglo I y la iglesia actual en general, la iglesia tiene más personas de condición económica media y baja que de condición económica alta. Esa es la realidad. No estoy hablando de la teología detrás de eso, ¿no? Esa es la realidad que vemos, la descripción que vemos. Es que Dios ha honrado al pobre, y cuando lo discrimino, yo estoy deshonrando a aquel que Dios ha honrado.

Miren cómo lo dice 1 Corintios 1:26-29. Pablo ha hablado y dice: "Pues considerad, hermanos, vuestro llamamiento." O sea, tu llamado, fíjate en tu condición. "No hubo muchos sabios conforme a la carne entre nosotros, ni muchos poderosos, ni muchos nobles." No es que no hay poderosos, nobles y sabios; los hay, pero no son muchos. "Sino que Dios ha escogido lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y Dios ha escogido lo débil del mundo para avergonzar a lo que es fuerte, y lo vil y lo despreciado del mundo ha escogido Dios, lo que no es, para anular lo que es." Y aquí está el propósito de eso: "para que nadie se jacte delante de Dios." Nadie puede decir: "Yo valgo algo, yo tengo, yo poseo, yo soy." El que viene con esta actitud no encuentra a Dios.

Entonces, en la iglesia hay una alta composición de personas humildes. Quisiera hacer esa aclaración: humildes, no necesariamente pobres. Nosotros le damos la connotación de pobre a humilde, pero un pobre puede ser orgulloso. Humilde es una condición interna; la pobreza es una condición externa. Entonces, yo prefiero decir "personas de escasos recursos," que a veces son orgullosas, como el rico también. Todos estamos ahí; eso es algo universal.

En una ocasión, yo fui a un funeral de la esposa de un amigo. Fue una situación dolorosa para él, dolorosa para los que estábamos a su alrededor. Esta pareja joven: la mujer estaba embarazada, iba a tener su primera niña. Y en el trabajo de parto, un día después, ella muere con apenas 30 años, y el esposo queda viudo con la niña. Fue una situación bien dolorosa.

Él me llama y me dice: "Ecto, chacho, yo quiero que tú compartas algunas reflexiones en la funeraria." Y yo le digo: "Claro, con mucho gusto, yo voy a estar ahí. ¿A qué hora? Coordinamos la hora y todo." Pero cuando llego, él me dice: "Ecto, llegó otro pastor, amigo nuestro primero, y yo le dije a él que compartiera." Y aquí voy a hacer una confesión: yo me sentí un poco incómodo. No me sentí del todo incómodo, pero obviamente entendí la situación, y obviamente fue una mala actitud de mi parte.

Cuando él, pastor joven, se paró a hablar, yo le debo confesar, hermano, que mi primera impresión fue, mi primer juicio fue: "Él no habla como yo hablo." Increíble. Solo estoy diciendo: yo, pastor, y él no habla como yo hablo. Yo inmediatamente vi su ropa, vi su forma de hablar. No hablaba con todas las eses y con todas las gesticulaciones que uno necesita para hablar.

Pasaron los minutos, cuatro, cinco, seis minutos, él sigue en su reflexión, y a la medida que él compartía su reflexión, Dios me hizo sentir tan avergonzado de mi actitud. Y le puedo confesar, hermanos, que ese pastor hizo ese trabajo mejor que yo, mejor que lo que yo lo podía hacer. Los textos que usó, yo nunca los había usado en un funeral, y qué apropiados fueron. La reflexión que usó fue sencilla, práctica y esperanzadora.

Yo le dije: "Wow, Señor, perdóname, perdóname, que yo vi a este hermano, lo vi en su condición humilde, pobre, y lo juzgué, y lo discriminé, y dije: él no puede compartir lo que yo puedo compartir." ¿Quién ha dicho? Si la obra no la hago yo, la hace Dios en mí, a través de mí. Y yo me alegro, años han pasado, de que Dios haya usado ese hermano de esa manera como lo usó, porque primero me enseñó que el valor no está en lo que yo aparento, sino en lo que yo soy, y que mi espiritualidad y mi caminar con Dios no dependen de que yo hable bonito. Dios trasciende todo eso. Dios trasciende todo eso.

Pero somos así, hermanos. Somos gente que tendemos a establecer juicios muy rápidos, son juicios con malas motivaciones, con falsos criterios, criterios irrelevantes. Nos colocamos en una posición de condenar a los que Dios honra.

Tercera razón por la que el favoritismo se supone no tiene parte en nosotros. Esta es los versículos 6 y 7: "Pero vosotros habéis menospreciado al pobre. ¿No son los ricos los que os oprimen y personalmente os arrastran a los tribunales? ¿No blasfeman ellos el buen nombre por el cual habéis sido llamados?"

El que lea ese versículo cree que la Biblia condena a los ricos, o al que tiene mucho. Y no, no es eso. Hay mucha gente de Dios, muchos hombres llamados por el Señor y usados, que eran ricos. Hay muchos entre nosotros que son, bajo los estándares dominicanos, ricos. Eso no es el hilo, el punto aquí. El punto precisamente de Santiago es que ni el pobre ni el rico, eso no tiene que ver con tu condición delante de Dios.

Pero en este caso en particular sucede lo siguiente. La primera razón por la que la discriminación y el favoritismo no deben ser parte de nosotros es que nos convertimos en jueces con malos criterios. Número dos, deshonramos al que Dios honra. Pero ahora sucede lo contrario: estamos honrando a los que normalmente persiguen a la iglesia. Y en el caso particular de estos dos textos, se refieren a que en el primer siglo la iglesia era perseguida por los poderosos, y es una realidad que Santiago describe.

Entonces, sucede que si entra un individuo a la iglesia, ¿cómo yo lo voy a honrar por el mero hecho de ser rico? Esa no es un criterio de honra en la iglesia para nadie. La iglesia tiene otros criterios para honrar a la gente, no la riqueza. Primero, porque al pobre Dios lo ha honrado, y segundo, porque el rico puede ser que esté maltratando al cristiano. ¿Cómo lo voy a honrar entonces?

Calvino lo puso en los siguientes términos. Dice: "¿Cómo vamos a honrar a nuestros verdugos?" No es que lo maltratemos. No es que le digamos entonces al rico: "Entra por ahí, siéntate tú ahí en la esquina." No. Digo, trato igualitario, cordial y amable para todos, no importa su condición. Ese es el llamado de Santiago, y eso es lo que les está enfatizando.

Y esa es la tercera razón por la que el favoritismo no debe formar parte de la práctica. Viene una cuarta razón, y para mí la más importante. Del versículo 8 al versículo 11: "Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis. Pero si mostráis favoritismo, cometéis pecado y sois hallados culpables por la ley como transgresores. Porque cualquiera que guarda toda la ley, pero ofende en un punto, se ha hecho culpable de todos. Pues el que dijo: no cometas adulterio, también dijo: no mates. Ahora bien, si tú no cometes adulterio pero matas, te has convertido en transgresor de la ley."

La cuarta razón por la que el favoritismo no debe ser parte de nosotros es esta: es una violación a la ley real del amor. A Cristo fueron en una ocasión, en varias ocasiones de hecho, y le dijeron: "Señor, ¿cuál es el más grande de los mandamientos?" Y su respuesta fue, en tres o cuatro ocasiones, dos: amarás a Dios sobre todas las cosas, estoy resumiendo, y amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y él agregó en Marcos: ahí están resumidas todas las leyes y los profetas. Si tú amas a Dios sobre todas las cosas y amas al otro como a ti mismo, automáticamente tú vas a estar viviendo conforme al estándar de Dios.

Ahora, ojo, hermanos, ninguno de nosotros podemos llenar ese estándar completamente. Tú te propones intencionalmente amar a Dios sobre todas las cosas y amar a los otros como a ti mismo, y te vas a quedar corto. Nuestra naturaleza humana no nos permite llenar ese estándar. Aspiramos a él, lo perseguimos, pero tenemos que confesar nuestra incapacidad de llenarlo completamente. Esa es la razón por la que Cristo vino.

Cristo vino porque la instrucción de Dios para que cualquier ser humano pueda llegar a su presencia no es que el hombre sea bueno, que tenga bondad, que sea un buen ciudadano, un buen esposo, un buen hijo. El estándar de Dios es ser perfecto como Él es perfecto. ¿Eres perfecto? Entonces puedes ir a la presencia de Dios. Pero ojo, perfección no es solo de acciones, es de motivaciones también. Entonces, cuando le incluimos ese elemento, puede ser que un individuo tenga visiblemente una vida perfecta, pero creo que ningún ser humano escapa a la realidad de que su corazón tiene malas motivaciones. Hay egoísmo, hay orgullo, hay falsedad, hay mentira en su corazón. Hay idolatría invisible que no la vemos, pero está ahí.

Por esa razón, si vamos a amar al otro como a nosotros mismos, sí, inténtalo, es bueno perseguirlo, es bueno que te lo propongas, pero reconoce que no lo vas a lograr completamente. Lo único que podemos hacer es recurrir a Dios y decirle: "Señor, yo no puedo, yo me quedo corto a tu estándar. Yo te pido perdón por mi déficit moral, te pido perdón por mi pecado. Cristo me salvó en la cruz, y confío en Él." Y ahora, yo soy salvo no porque soy perfecto, sino porque he confiado en el que es perfecto.

Y eso es lo que Efesios 2:8 dice: que no es por obras que somos salvos, para que nadie se gloríe. ¿Eso quiere decir que yo puedo vivir la vida como me da la gana? No. Eso quiere decir que yo no hago lo que hago para salvarme; yo hago lo que hago porque Dios me ha salvado. Entonces mis obras no son una condición para ir al cielo, mis obras son el resultado de la realidad de que yo voy a su presencia.

Entonces, lo que él dice aquí es que han violado la ley real. Por pequeño que te parezca el mandato, por pequeño que te parezca ser favoritista, dice Santiago: el que ha violado un mandato ha violado toda la ley, por lo menos así es espiritualmente hablando. Viola un mandato, por pequeño que sea, y has violado toda la ley. Para que tú te conviertas en transgresor de la ley, para que ese título te corresponda a ti, tú no tienes que matar a alguien. Tú no tienes que ser un homicida, un ladrón. Para ser un transgresor de la ley, tú sencillamente tienes que violentar el más pequeño de los principios que hace que tú no ames al otro como a ti mismo, o que tú no ames a Dios con todo tu corazón. Si te quedaste corto levemente, ya tú eres transgresor de la ley.

Y cuando uno habla de eso, uno pudiera llegar a la conclusión: "¿No? Pero esto es algo doloroso." Darme cuenta de esa realidad. No porque el evangelio te da cuenta de esa realidad de manera cruel, sino porque te da cuenta del hecho de que Cristo proveyó los mecanismos para que yo pueda superar esa deficiencia. Entonces, al ser favoritista, no amo al otro como debo amarlo, y caigo en transgresión de la ley.

Entonces, si yo no amo al otro como lo debo amar y soy favoritista, ¿qué puedo hacer? Pudiera alguien preguntar: "¿Para poder amar al otro como lo debo amar, para no ser favoritista?" Una de las palabras dice, en 1 Juan 4:8: "El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor." Te falta amor, te falta conocimiento de Dios. Si tú aumentas tu conocimiento y tu comunión con Dios, a través de su Palabra y un caminar diario con Él, Dios va a ir cambiando tu corazón, de tal manera que al relacionarte con los demás, de manera natural, tú comenzarás a dejar las actitudes favoritistas atrás. Comenzarás a sentir por el otro, a ver la condición del otro, a sentir misericordia por el otro, a tener gracia con el otro, a tolerar al otro, a ser paciente con el otro. Naturalmente. ¿Por qué? El que camina con alguien al año se le parece, y el que camina con Dios al año termina pareciéndose a aquel con quien está caminando.

Quinta y última razón, hermanos, de mi mensaje y de la instrucción de Santiago contra el favoritismo: el favoritismo no puede formar parte de la vida cristiana, ojo, porque hay un juicio que nos espera, y tenemos que conducirnos con ese juicio en la mente. Mira lo que dice el versículo 12 y 13.

Así hablad y así proceded, como los que han de ser juzgados por la ley de la libertad, porque el juicio será sin misericordia para el que no ha mostrado misericordia; la misericordia triunfa sobre el juicio. Aquí en Santiago como que redondea, resume su enseñanza, y dice: "Así hablad, así proceded, como los que han de ser juzgados por la ley de la libertad." El hablar y el proceder conforman todas las acciones humanas: o tú hablas o tú haces. Y lo que Santiago está diciendo es: habla sin discriminación y favoritismo, procede sin discriminación y favoritismo, tomando en cuenta que serás juzgado por la ley de la libertad.

La ley de la libertad es esta ley; se le llama libertad porque es cierto que la ley, como yo la acabo de describir, te dice: "Tú no puedes llenar este estándar." Pero ojo, Cristo nos ha liberado al morir en la cruz por nosotros, y ahora yo no soy salvo porque cumplo la ley; yo soy salvo porque Él la cumplió, yo soy salvo porque puse mi confianza en Él. Entonces, ¿qué sucede? Teniendo el juicio final pendiente, yo mejoro mi práctica diaria.

Hay una manera como yo entendí esto que quizás puede ilustrarles lo que quiero decir. Cuando una persona es apresada —se hace en Estados Unidos y se hace, yo creo, en la mayoría de los países— hay una expresión que se le dice: "Todo lo que diga puede ser usado en su contra en la corte." ¿Cierto? La expresión es mucho más larga; se le leen los derechos y se le dice esa expresión: "Todo lo que diga puede ser usado en su contra en la corte." ¿Qué efecto tiene eso sobre el que ha sido apresado? Se calla. Él no quiere hablar porque no sabe si va a meter la pata, no sabe si va a transgredir una ley, un principio, algo. No quiere hablar; lo que él quiere decir es: "Yo quiero hablar con mi abogado." Él no quiere hablar ni siquiera por su propia boca; quiere que busque un abogado para que hable por él, porque hay un juicio que está ahí adelante, y todo lo que él diga puede ser usado en su contra.

¿Qué tan real es para nosotros el juicio final de Dios? Tú sabes que todo lo que tú digas puede ser usado en tu contra. Tú sabes que todo lo que tú hagas puede ser usado en tu contra. Vive a la luz de esa realidad. Y, ojo, no es que vamos a ser juzgados por obras, porque este juicio no se refiere al juicio de condenación; este juicio se refiere al tribunal de Cristo, en 2 Corintios 5:9-10. Oigan lo que dice: "Por eso, ya sea presentes o ausentes —dice Pablo, o sea, vivos o muertos— ambicionamos serle agradables, porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno, sea malo."

Es decir, este es el juicio a los creyentes: el tribunal de Cristo, ante el cual yo me voy a parar. Ahí no me van a condenar; ya yo fui salvo por la sangre de Cristo y puse mi fe en Él. Ahí sí me van a decir: "Tú has sido recompensado por tu buena actitud, por tu buena disposición, por tu práctica de amor; tú has sido recompensado por estas cosas." Pero ¿qué pasa con el que no ha vivido de esa manera? No será recompensado. Eso es una pérdida. Él no va a ser condenado, pero es una pérdida espiritual. Y es a la luz de esa realidad que nosotros debemos vivir, y eso es lo que presenta Santiago: recuerda que tú vas a ser juzgado. Todo lo que digas, todo lo que hagas, será pasado por el cedazo del tribunal de Cristo. Vive a la luz de esa realidad.

Dicho esto, hermanos, a la luz de todo lo que hemos discutido y presentado: la actitud favoritista, dentro de la Iglesia y fuera de la Iglesia, la actitud favoritista en mi vida, no solamente es ridícula, absurda y contradictoria, sino que es pecaminosa en grado significativo. Va en contra del carácter de Dios, deshonra a los que Dios honra, u honra a los que ofenden a Dios; viola la ley real del amor, de amar al otro como a nosotros mismos. Y no solamente eso, sino que ignora el juicio final. A nosotros puede parecernos ligero el tema del favoritismo, pero hay algo —como no sé si lo mencioné en este servicio, sí lo mencioné en los otros dos— este es un tema que un predicador no escogería. ¿Por qué? Porque es un tema que no está en nuestro radar.

Es la ventaja de predicar libros completos de la Biblia: nos lleva por temas que la misma Biblia está poniendo. Yo no soy el que los estoy seleccionando; eso estaba ahí, eso era lo que me tocaba decir. Si a mí me hubiesen dejado escoger qué predicar y hablar, yo no hubiese decidido predicar del favoritismo, porque mi mente es muy limitada y yo no conozco las realidades de miles de personas. Pero por lo visto es un tema importante: tiene 13 versículos en el libro de Santiago, que solamente tiene 5 capítulos. Parece que es un problema en el corazón humano. Entonces, yo le doy gracias a Dios que lo puso ahí.

Y le pido a Dios —y esta es mi oración— que nosotros reflexionemos y que no lo dejemos en un buen mensaje, sino que revisemos cada una de nuestras relaciones con otras personas, y nos demos cuenta de si estamos dignificando a la persona con la que nos relacionamos, dándole el lugar y tratándola de la forma en que debe ser tratada, a la luz de que esa persona ha sido creada a imagen de Dios.

Integridad y Sabiduría es una producción que llega a ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de Internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de Internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos con Integridad y Sabiduría.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.