Un cristianismo genuino no se mide por cuánto escuchamos de la Palabra, sino por cuánto la vivimos. Santiago plantea una pregunta incómoda: cuando Dios mira nuestras vidas y las pasa por su filtro de santidad, ¿ve incumplimiento? La mayoría de nosotros sabemos exactamente en qué áreas estamos mal con Dios; el problema no es ignorancia, sino que decidimos convivir con esa realidad o posponerla.
Santiago presenta dos evidencias de un cristianismo auténtico. La primera es nuestra disposición a recibir la Palabra para corregir nuestra vida. Esto requiere desechar los trapos sucios de impureza que sabemos que están ahí y acercarnos con humildad, reconociendo que no nos las sabemos todas. La segunda evidencia es la diligencia en aplicar lo que escuchamos. Santiago lo ilustra con un hombre que se mira al espejo, ve su condición deplorable y se va sin arreglarse nada. Es absurdo, y así de absurdos nos ve Dios cuando exponemos nuestra fealdad moral ante su Palabra y no hacemos nada al respecto.
El pastor Salcedo cuenta la historia de un colmadero que instruye a su empleado a echarle agua a la leche, colorear la mantequilla y poner una pesita extra en la balanza, para luego decirle: "Pues sube pa'l devocional entonces." Devociones diarias e incumplimiento cotidiano. El llamado es claro: intensidad más constancia en aplicar la Palabra es igual a bendición. De lo contrario, nuestra religión es vana, vacía, sin fundamento real.
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Bien, como les dije hoy, continúo mi serie de Santiago. Ya tenía unos mensajes previos; este es el quinto mensaje de la serie. Vamos a leer dentro de un momento desde el versículo 19 al versículo 27. Todavía no lo lean, porque quiero introducir lo que quiero compartir con ustedes.
Nosotros, como seres humanos creados a la imagen de Dios, tenemos un sentido interno de justicia. Cuando nosotros vemos que alguien no está haciendo lo que debe hacer, nos molesta, nos indigna. Cuando alguien no hace lo que se supone que le corresponde, pero también nos sentimos mal y nos sentimos indignados cuando alguien hace algo incorrecto que no se supone que deba hacer. O sea, nosotros tenemos un sentido interno de lo correcto y de lo incorrecto. Para parte de ese sentido interno hay leyes, incluso leyes de las naciones, que se supone que hay gente, gobiernos e instituciones que deben cumplirlas, y cuando nosotros vemos que no se están cumpliendo, cuando nosotros vemos que alguien está fallando, faltando a esa ley o a esa disposición que se debe cumplir, nos molesta.
Un ejemplo de eso lo tenemos recientemente en una campaña que tenemos en el país del 4% para la educación. ¿Qué es lo que nos molesta? ¿Qué no se está cumpliendo la ley? No solamente hay una ley; es correcto, es apropiado, es justo que en un país como el nuestro, donde grandes masas de la población están sin educar, el gobierno se comprometa a dedicar una porción importante de los recursos del país a educar. Pero cuando no se cumple, nos molesta, ¿verdad? No se está cumpliendo lo que es justo, lo que es correcto.
Pero, por otro lado, así como nos molesta que no se haga lo que se debe hacer, así nos molesta cuando se hace lo que no se debe hacer. Por ejemplo, tenemos en estos últimos días toda una inundación de noticias de un portal de internet que se llama WikiLeaks. Quizás no los siguen seguido, la mayoría quizás ha escuchado de esto. WikiLeaks ha estado subiendo documentos confidenciales de la diplomacia norteamericana, y entonces ahí se da cuenta uno de que se han estado haciendo muchas cosas que no se deben hacer, y nos molesta. Y quizás muchos de los países que lo critican también están haciendo lo mismo, pero nos molesta cuando se hace lo que no se debe o no se hace lo que se debe, ¿verdad?
Yo me pregunto: cuando Dios mira nuestras vidas y ve lo que estamos haciendo y dejando de hacer, ¿no se indignará Él también igual? Cuando nosotros no estamos haciendo lo que debemos, como el gobierno que no está dando el 4% para educación, o haciendo cosas que no debemos, como la diplomacia internacional que está haciendo muchísimas cosas que no debía hacer. O sea, nuestras vidas, cuando Dios las ve y las pasa por su filtro moral, por su filtro de santidad, por su filtro de integridad, ve Dios incumplimiento; ve Dios cosas que no debemos hacer y cosas que debemos hacer que no estamos haciendo. Yo creo que sí, van a haber muchas cosas en nuestra vida que nosotros estamos incumpliendo con respecto al estándar moral de Dios.
Y en mi experiencia ministerial yo me he dado cuenta de que la mayor parte de la gente, la mayor parte de nosotros, sabemos exactamente en qué área estamos mal con Dios. Lo sabemos. A veces nos sentamos en el salón de consejería y le decimos a una persona algo, y sabemos que lo que le estamos diciendo no es algo que la persona ignora; la persona lo sabe. Con lo que lucha es con vivir ese principio, con bajarlo a la práctica, y a veces nos dice: "Es que es duro, pastor, lo sé, pero es difícil, es vergonzoso." A veces hay cosas que cuestan dinero; ponerse al día cuesta dinero. Pero, en fin, muchos de nosotros sabemos las áreas específicamente y decidimos ignorarlas, o decir: "No es tan grave." A veces decimos: "No, yo más adelante me pongo al día o me pongo en orden con Dios." Lo posponemos. Pero nosotros sabemos exactamente las áreas en las que estamos en incumplimiento con Dios.
En la Palabra de Dios claramente Dios expresa que el incumplimiento y la desobediencia Él no los toma a la ligera, en las diferentes áreas de nuestra vida en las que estamos en falta con Dios. Dios no toma eso a la ligera. Dios le dice a Saúl, a través del profeta Samuel, en 1 Samuel 15:22, lo siguiente. Pasó que Saúl, el rey Saúl, iba a la guerra y antes de la guerra debía hacerse un sacrificio por parte del sacerdote para dedicar a los soldados al Señor y pedir el favor de Dios. Pero ¿qué pasó? El sacerdote no llegaba, y Saúl decidió, sin ser sacerdote, ofrecer él el sacrificio. Y cuando Samuel llega, que es el sacerdote que debe ofrecer el sacrificio, Samuel le dice: "¿Se complace el Señor tanto en holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la voz del Señor? He aquí, el obedecer es mejor que un sacrificio, y el prestar atención mejor que la grosura de los carneros."
¿Se complace tanto Dios en que yo venga a la iglesia, que sería el sacrificio moderno, como en que yo viva de esta mañana en adelante, el lunes, cuando tome mi oficina, en mi casa, en mi círculo social? ¿Se complace Dios tanto en esto, o se complace Dios en que yo mañana viva lo que digo creer? No, definitivamente Dios se complace más en la obediencia que en el ritual religioso. Eso es claro en la Palabra, y es un punto que el libro de Santiago nos señala con mucha agudeza.
Y en este texto que vamos a leer el día de hoy está, yo diría, la idea central del libro de Santiago: vivan su fe. La idea central es: no sean un mero oidor de la Palabra, un mero oidor de las enseñanzas bíblicas, de la Palabra. Ese es el corazón del libro de Santiago. Santiago está preocupado con un grupo de gente que dice creer una cosa pero que, como que no se está viendo en su vida práctica, no se está manifestando lo que ellos dicen creer. Y esa es, yo diría, la idea central de todo el libro de Santiago.
Para Santiago hay dos evidencias de un verdadero cristianismo, de si mi cristianismo es real o no es real, si es genuino o no es genuino. Y a la luz de ese filtro, yo quisiera que reflexionáramos y viéramos nuestra propia relación con Dios, nuestro propio cristianismo, a ver si es real a la luz de Santiago. La primera evidencia que Santiago presenta como evidencia de que mi cristianismo es genuino es mi disposición a aceptar la Palabra de Dios, o el consejo de la Palabra de Dios, para corregir mi vida. Es la primera evidencia que Santiago da. Un cristianismo verdadero se caracteriza, se manifiesta, en una dócil recepción de la Palabra de Dios, y específicamente para corregir nuestras vidas, para cambiar el curso, para mejorar el curso en algunos casos.
Leamos entonces el versículo 19 al 21 del capítulo 1 de Santiago: "Esto sabéis, mis amados hermanos. Pero que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira; pues la ira del hombre no obra la justicia de Dios. Por lo cual, desechando toda inmundicia y todo resto de malicia, recibid con humildad la palabra implantada, que es poderosa para salvar vuestras almas."
Estos primeros tres versículos son versículos que han producido mucha controversia entre los comentaristas y estudiosos de la Biblia, porque no está claro la razón por la que están ahí específicamente. Recuerden, espero que recuerden, que yo prediqué unos sermones de las pruebas hace unos meses. ¿Recuerdan que yo prediqué de las pruebas? Gracias. El primer capítulo de Santiago, los primeros 18 versículos, es de las pruebas, de cómo el cristiano debe enfrentar las pruebas en su vida, tanto pruebas de dificultades como tentaciones en su vida. Y veíamos entonces cómo el cristiano debía tener una actitud de gozo en medio de las pruebas, cómo cuando le faltaba ese gozo debía pedir sabiduría, la cual Dios la da abundantemente y sin reproche. Veíamos cómo la esperanza de la gloria eterna debía ser uno de los consuelos en medio de la prueba, y luego veíamos la tentación, cómo la tentación también en medio de la prueba muchas veces nos lleva a dudar de Dios, a dudar de su bondad, a dudar de su poder, y cómo entonces Santiago nos da una enseñanza con respecto a las tentaciones. Pero todo el segmento del 1 al 18 es de las pruebas, de cómo vivir victoriosamente en medio de las pruebas de la vida, que son seguras.
Ahora, rápidamente, en el versículo 19 Santiago como que da un giro en su temática y dice: "Esto sabéis, mis amados hermanos." Esa frase típicamente Santiago la usa para cambiar de tema en su libro. Si leemos el libro de Santiago entero, vamos a darnos cuenta de que cada vez que Santiago va a hacer un cambio de tema, dice "hermanos míos" o "amados hermanos", y cambia entonces el tópico. Pero aquí el cambio de tópico está conectado, a mi modo de ver, con el principio o las verdades anteriores.
Y el consejo que él da es: "Pero cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar y tardo para la ira, pues la ira del hombre no obra la justicia de Dios." ¿Qué tiene que ver esto, el ser ahora pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira, porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios, con las pruebas? Bueno, en ese contexto yo entiendo que personas que están sometidas a pruebas y dificultades en su vida tienden a ser más irritables, tienden a rozar mucho, tienden a descargarse con los demás lo que les está pasando a ellos. Y sin duda alguna, cuando uno lee todo el libro de Santiago, nosotros sabemos que estos hermanos estaban en medio de pruebas; eso es seguro, porque el primer capítulo habla de eso. Pero estaban también enfrentando conflictos entre ellos diversos. En Santiago 4:1 nos dice: "¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros? ¿No vienen de vuestras pasiones que combaten en vosotros?" Un poco más abajo, en el capítulo 4, Santiago lo dice: "No hablen mal los unos de los otros." En el capítulo 3, Santiago tiene dos versículos sobre la lengua, la boca. "Cuídense de lo que dicen, hermanos, que la lengua es un fuego que destruye; como una chispa que se enciende en un bosque, así la lengua. Lo que ustedes dicen a veces destruye a la gente." O sea, que esta gente está…
Enfrentando pruebas, capítulo 1, y conflictos entre ellos. Justamente el momento que está enfrentando, la lengua, lo que usted dice. A veces la gente, o sea, esta gente está enfrentando pruebas, capítulo 1, y conflictos entre ellos. Yo creo que parte de esos conflictos viene porque muchos de ellos no eran prontos para oír, tardos para hablar, ni tardos para la ira. Era gente que tenía problemas en esta área de su vida, gente que era de mecha corta, o quizá no tanto de mecha corta, pero la situación en la que se encontraban, de prueba y dificultad y escasez y enfermedad y persecución, los ponía irritables.
Hay una historia del agricultor que va al campo y tiene un día terrible, terrible con el campo. Las piedras están más duras que nunca, el fruto no está frondoso, y él llega a la casa y le da una patada al perro. El pobre perro, como que él dice: ¿por qué fue? Nada. Sencillamente, el perro no hizo nada. Sencillamente, el día que le pasó al agricultor fue tan terrible que la cogió con el perro. Nosotros tenemos una naturaleza que típicamente, cuando tenemos dificultades y problemas, tendemos a irritarnos, desesperarnos, exasperarnos con los demás.
Entonces, es un muy buen consejo que en medio de las brechas, en medio de la dificultad, en medio de la incertidumbre, en medio de la persecución, hermanos, sean tardos para la ira, tardos para hablar, prontos para oír. ¿Por qué? Porque cuando la ira del hombre se manifiesta, cuando nosotros dejamos que nuestra ira se manifieste, eso no obra la justicia de Dios; es decir, no ejecutamos la rectitud de Dios. Cuando yo dejo que mi ira me controle y me domine, sencillamente voy a hacer cosas que a Dios le desagradan.
Entonces, es un excelente consejo. Es un consejo bíblico, es un consejo proverbial. Proverbios 17:27 dice: el que retiene sus palabras tiene conocimiento. Es de sabios, a veces, callarse. Si yo sé que lo que voy a decir va a ofender, va a herir, va a dañar, mejor me callo. Y el de espíritu sereno es hombre entendido, que controla su ira, que tiene un espíritu sereno, que responde no por la circunstancia y el calor del momento, sino que responde con base en lo que sabe que tiene que hacer. Hombre sereno. Proverbios 16:32, el mismo principio. Y me llama muchísimo la atención este pasaje: mejor es el lento para la ira que el poderoso, y el que domina su espíritu es mejor que el que toma una ciudad.
Cuando uno analiza la historia universal, uno se da cuenta de que hombres como Alejandro Magno, Napoleón, controlaron ejércitos, controlaron imperios, y no se controlaron ellos mismos. Alguien escribió que hay más guerras producto de orgullos personales que de reales conflictos internacionales. Hay más guerras por orgullos personales, por gente que no se controla, por gente que dice: pues así, guerra, que por reales conflictos internacionales. Mejor es el que domina su espíritu, a los ojos de Dios, que el que toma una ciudad. Es más grande a los ojos de Dios, el carácter es más profundo.
Acuérdense: Dios no ve lo que el hombre ve, Dios ve el corazón. Entonces, Dios no ve el poder desplegado en un ejército, Dios ve el interior. Y un hombre que no se puede controlar a sí mismo, a los ojos de Dios tiene poco valor. Entonces, es un buen consejo: tardos para hablar, prontos para oír, rápidos en poner atención a lo que el otro tiene que decir. Tardos para hablar: piensa tus palabras, piensa lo que vas a comunicar. ¿Tiene contenido? ¿Es algo valioso? ¿Es algo que aporta? ¿Es algo que sana? ¿Es algo que ayuda?
Este es un consejo difícil en una época como la que estamos viviendo, en una época de libertad de expresión. "¡No, no, una cuarta acción a la libertad de expresión!", dirían los revolucionarios, ¿verdad? Entonces, ¿cómo que tardos para hablar? "Yo tengo derecho de hablar." Sí, es legal, pero hay mucha gente que puede hablar y no tiene nada que decir. Es mejor que te calles. Pero hoy en día la gente cree que el derecho legal de hablar le da el derecho de hablar. El derecho de hablar no es legal; es si usted tiene algo que decir, algo edificante, algo bueno, algo valioso. Hoy en día hay muchísima gente hablando de todo y no sabe de nada.
En las iglesias pasa y se producen muchos conflictos. "Yo no creo que deberían prender las luces a esta hora de la mañana, me molestan los ojos, eso está mal, yo no entiendo la organización aquí." Por ejemplo: ¿por qué se prenden las luces hoy? Tardo para hablar, pronto para oír. Déjame preguntar allá atrás: ¿por qué se prenden las luces hoy? ¿Por qué se hace esto, por qué lo otro? Y así pasa. A veces estoy poniendo el ejemplo de la parte física, pero por la parte personal, hermanos, a veces escuchamos que un hermano dijo, hizo, vio, se comportó de cierta manera. Antes de hablar, pregunte: ¿qué fue lo que hizo el hermano? ¿Por qué lo hizo? ¿Cómo estaba él? ¿Qué pasó? Eso evita conflictos y problemas. Entonces, cuando usted tenga toda la información, usted habla, si es que tiene algo que decir.
Y tardos para la ira, hermanos. La emoción de la ira: es interesante que en este texto no nos está diciendo tardos para expresar la ira; lo que dice es tardos para la ira. Nosotros sabemos que en Efesios 4:26, Pablo dice: "Airaos, pero no pequéis", ¿cierto? O sea, Pablo nos da el permiso de airarnos, pero nos dice: pero no pequen. Entonces, se pueden airarse, molestarse en el interior, pero no pequen, no lo manifiesten de una manera atropellante. Pero aquí dice algo más: que antes de molestarse, sean lentos, porque a veces las razones por las que nosotros nos molestamos no tienen fundamento. Cuando las analizamos realmente, no tienen sentido, no tienen peso, no hay razón para molestarse por eso, y somos muy prontos para indignarnos.
A veces nos airaremos; eso está bien a la luz de Efesios 4:26, "Airaos pero no pequéis". Pero a la luz de este pasaje, es que quizás ni siquiera esa emoción debió sentirse, porque no vale la pena a veces ese tipo de cosas. Y eso produce división, hermanos. Cuando usted lleva ese consejo a un hogar, de ser prontos para oír, tardos para hablar, tardos para la ira, lo aplica con su esposa, con su hijo; lo lleva a la oficina y lo aplica con sus empleados, sus empleadas; si lo aplica en la iglesia, créame que eso produce una fluidez en las relaciones, una gracia.
Es especialmente importante este consejo en momentos donde hay tensiones, donde hay dificultades. Yo puse el ejemplo esta mañana de cuando usted va a un hotel de cinco estrellas. Yo he ido con puntos, he ido a otro de cinco estrellas. Entonces usted entra a ese hotel de cinco estrellas y todo el mundo está sonriente: "Bienvenido", y es un amor, una cosa que tú sientes, una cosa hermosa. "Pero yo soy importante, esta gente me quiere, qué importante soy, qué belleza." En cada salón: "Buenos días, buena estadía, ¿cómo está su comida? Muy bien, gracias." Qué amable la gente. Cuando las cosas están bien, todo el mundo está sonriente, todo el mundo está maravillosamente contento, ¿cierto? Vaya a un hotel de una estrella. No hay dinero, no hay agua, no hay nada. Cuando la situación se estrecha, la naturaleza humana aflora.
Y por eso es que este texto está en ese lugar. En medio de las pruebas, sean prontos para oír, tardos para hablar, tardos para la ira, porque son muy dados a eso, sobre todo en este tipo de momentos. ¿Qué pasa entonces? Santiago le da un consejo que es bíblico. Dice: "Hermanos, sean prontos para oír, tardos para hablar, tardos para la ira." Esto es bíblico. Y ahora les dice en el próximo versículo: "Por lo cual, por esta razón, hermanos, desechando toda inmundicia y todo resto de malicia, recibid con humildad la palabra implantada, que es poderosa para salvar vuestras almas."
En otras palabras, de antemano les está diciendo: llévense el consejo bíblico, ejecútenlo en sus relaciones en medio de estas pruebas. Al ser tardos para hablar, tardos para la ira, prontos para oír, eso es un consejo bíblico; aplíquenlo. Reciban la palabra implantada en sus corazones. ¿Cómo la recibo? ¿Cómo yo me hago acopio de esta palabra que Santiago está diciendo, o de cualquier otro consejo bíblico? Porque obviamente el consejo que Santiago da tiene que ver específicamente con las relaciones en medio de las pruebas y cómo mantener un ambiente de unidad. Pero para muchas otras cosas, donde yo pudiera decir exactamente lo mismo: desechando toda inmundicia y todo resto de malicia, recibid con humildad la palabra implantada.
El llamado de Santiago es: en tu condición de tentación, de posible pecado, en medio de la tentación a la impureza, en medio de la tentación a la evasión fiscal, en medio de la tentación al materialismo, en medio de la tentación, recibe el consejo que la palabra de Dios tiene. Recibe con humildad la palabra implantada. Y es interesante que usa esta expresión "palabra implantada", porque lo que significa es que, literalmente, la palabra, para aquellos que hemos puesto nuestra fe en Cristo, aquellos que hemos nacido de nuevo, que somos hijos de Dios, ha sido implantada en nuestros corazones. Uno de los profetas del Antiguo Testamento dice literalmente que Dios ha escrito su ley en nuestros corazones.
A veces no la vivimos como debemos vivirla, y a veces hacemos algo incorrecto, inadecuado, que no se sujeta a esa palabra, y nos sentimos mal, nos sentimos culpables. El Espíritu nos convence de pecado, de que estamos mal, de que lo hicimos mal, porque la palabra ha sido implantada en nuestros corazones. Entonces, ¿cómo creo un espíritu receptivo a la palabra de Dios? Santiago lo dice: desechando toda inmundicia y todo resto de malicia.
Acuérdense que esta es la primera evidencia de que yo soy un genuino cristiano: si yo tengo una actitud dispuesta a recibir la palabra de Dios en mi vida. ¿Cómo hago eso? Bueno, yo desecho toda inmundicia, todo resto de malicia, y recibo con humildad la palabra implantada. Veamos la primera parte: desechando toda inmundicia y todo resto de malicia. Literalmente eso significa: quítense los trapos sucios de su vida para que la palabra de Dios pueda tener su efecto en sus corazones, para que la palabra de Dios se pueda manifestar en sus vidas. Quítense los trapos sucios; eso es lo que significa en el original.
Y honestamente, muchas veces nosotros queremos que Dios nos hable, que la palabra de Dios nos hable, queremos tener dirección de Dios, y hay tanta impureza que nosotros sabemos que está presente, que sabemos que está ahí, y no nos la quitamos. Dejamos que permanezca ahí, dejamos que conviva con nosotros. Nos hacemos amigos de la impureza, le damos la bienvenida. Impureza de todo índole: a veces es de la boca, a veces son cosas que decimos, que hablamos, incorrectas, inapropiadas, mentiras abiertas, medias verdades. A veces tienen que ver con nuestros ojos; a veces deseamos cosas con nuestros ojos que no se supone que deberíamos desear, a veces en el ámbito sexual, a veces en el ámbito material, anhelamos, codiciamos cosas, queremos tenerlas, lograr cosas. A veces en el ámbito interior estamos llenos de motivaciones perversas: nos hacen algo que nos duele, que nos ofende, y estamos ya planificando cómo le vamos a devolver ese favorcito a ese individuo.
Hay motivaciones perversas dentro de nosotros y vivimos en la impureza, y Dios no nos habla, Dios no se muestra a nosotros claramente. El texto dice: usted, que ya tiene la palabra implantada, usted tiene el poder, según Romanos 5, de decirle al pecado: mira, hasta aquí llegamos. Sabemos que la presencia del pecado no se irá hasta que no nos bañemos en gloria, pero el poder que el pecado tenía antes en mi vida ya no lo tiene; ha sido quebrado por la cruz de Cristo y por la presencia del Espíritu en mi corazón. Yo puedo decirle a esos trapos sucios e inmorales de mi vida: sí, mira, hasta aquí llegamos.
Cuando eso suceda, ese es un primer paso, un muy importante paso para que la palabra de Dios sea recibida con disposición en mi corazón. Y luego dice: con humildad recibe la impureza de corazón y de acciones; recíbela con humildad. Obviamente, el orgulloso cree que está bien en todo lo que hace. La palabra de Dios me dice qué debo hacer y cómo debo hacerlo. Obviamente necesito humildad para eso. Necesito saber que yo no me las sé todas, necesito saber que yo estoy mal en muchas áreas y que la palabra de Dios y su consejo puede ayudarme a enderezar mi vida.
Si cada vez que lo que se predica, o lo que yo leo, choca con lo que yo creo, hago y digo: "no, no, no, eso no está del todo bien", entonces me vuelvo escéptico, me vuelvo controversial, me vuelvo resistente, porque son cosas que yo hago. Hermanos, la palabra de Dios no va a ser recibida en el corazón. Tiene que haber una disposición, una apertura, una actitud de apertura hacia la posibilidad de que lo que yo estoy haciendo, o siendo, esté mal. Déjame ver qué tiene Dios que decirme. Tiene que tenerse esa actitud. Cuando eso suceda —desecho la inmundicia y la malicia, me quito los trapos sucios de impureza que yo sé que están ahí; número dos, me dispongo humildemente a escuchar la palabra— entonces estoy recibiendo la palabra de Dios como debe ser recibida. Estoy dando evidencias de que yo soy un cristiano genuino. El que no lo es, se opone, se resiste, se rebela contra los principios de la palabra que contradicen su voluntad; pero el cristiano las recibe dispuesto.
La segunda evidencia, según Santiago, de que mi cristianismo es genuino, es mi diligencia, no solamente en recibir la palabra, sino en aplicarla, en vivirla. Si a mí me dijeran: ¿cuál es el mensaje más importante para un inconverso? Yo diría, sin duda alguna, 2 Corintios 5:21: la justificación. Yo le predicaría eso. Si me dijeran: tienes un mensaje, un solo sermón, a través del cual puedes llegar a este grupo de personas que no conocen a Cristo, yo predicaría 2 Corintios 5:21. Es la cápsula de lo que es la justificación y de lo que Cristo hizo por nosotros en la cruz: "Dios, al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él." Cristo nos hace justos. Ese es el mensaje al inconverso.
Pero para el creyente, ¿qué mensaje yo le predicaría si me dijeran un solo sermón, una sola oportunidad? Yo predicaría Santiago 1:22: "Sed hacedores de la palabra y no solamente oidores, que se engañan a sí mismos." Yo predicaría eso. Vívanla. En una ocasión a cierto predicador le tocó predicar en Juan —no recuerdo exactamente en qué pasaje, creo que Juan 15— donde Jesús dice: "Ámense los unos a los otros; un nuevo mandamiento os doy, que os améis los unos a los otros." Le tocó ese pasaje, y él subió al púlpito, leyó el pasaje, dijo "ámense" y bajó. O sea, lo que le estaba diciendo con esa actitud es: señores, no necesitamos más exposición, no necesitamos más explicación; lo que necesitamos es más aplicación.
Necesitamos aplicar más que saber más. Sabemos lo suficiente, hermanos. Yo creo que sabemos lo suficiente para sacar muchas cosas de nuestra vida y vivir de una manera en que Dios sea honrado y que la gloria de Dios se manifieste en tu círculo, en mi círculo, en tu entorno de influencia. No necesitamos más exposición; necesitamos más aplicación, y ese es un mensaje crítico para la iglesia de hoy.
En una ocasión, en mi maestría, me tocó entrevistar a una chica norteamericana que tenía que participar en un trabajo que yo estaba haciendo. Y yo le pregunté: ¿qué tú crees de los cristianos? Una pregunta abierta, de manera que yo pudiera conocer cuál era su opinión. Y ella me dijo: yo creo que hay mucha hipocresía. Y yo le dije: explícate. "Bueno, yo creo que hay mucha gente diciendo, hablando, predicando y enseñando, y poca gente viviendo." Ella no me decía nada nuevo. El principal argumento de mucha gente para no venir a una iglesia cristiana, una iglesia evangélica, es la hipocresía de sus miembros. Es que decimos una cosa y no la vivimos. Es que predicamos algo que el lunes siguiente yo no vivo en mi oficina, yo no vivo en mi familia, yo no vivo en mi círculo de vecinos, en mi círculo social.
Una vez más, yo creo que necesitamos más aplicación antes que exposición. Y eso es lo que Santiago dice: "Sed hacedores de la palabra y no solamente oidores, que se engañan a sí mismos." No hay ningún valor en tener la Biblia, en leer la Biblia, si yo no la aplico. Literalmente, lo que Santiago dice en este caso es que hay gente que cree que escuchar la Biblia es suficiente. Mucha gente viene a la iglesia, escucha la Biblia y sale, y mañana vive su vida como si Dios no existiera; Dios no figura en su vida de ninguna manera. Bueno, figura cuando tiene un problema y llaman al pastor o llaman a un hermano: "ora por mí, ora por mí." Pero Dios no figura en su toma de decisiones diarias. La palabra de Dios no es para ellos un criterio para tomar decisiones. Pero vienen a la iglesia; a veces leen la Biblia, oran a veces en las mañanas.
Santiago dice: no. Tú puedes ser un oidor, pero si tú no eres un hacedor, tu fe es vana, es vacía. Literalmente eso es el lenguaje original: vana es vacío, no sirve de nada. Dios, como lo leía en 1 Samuel 15, no se agrada tanto en los sacrificios; se agrada en la obediencia, en la obediencia. Hay gente que confunde el escuchar la palabra con estar bien con Dios. Hay gente que viene a la iglesia y disfruta la palabra: "¡Qué buen sermón, qué buena enseñanza, qué buena prédica, qué buenos principios!" Ahí se quedó. Hay gente que confunde el que le gusta lo que ahí se dice, con que yo soy verdaderamente un hijo de Dios.
Lo mano es escuchar la palabra, disfrutar la palabra, la enseñanza, la Biblia, hablar de Dios y demás; no es, según Santiago, suficiente evidencia de una fe genuina. La evidencia es cuánto yo aplico en mi vida lo que yo oigo. De hecho, si yo no voy a aplicar, es mejor no oír, porque según la palabra, mientras más tú oyes y no aplicas, más juicio acumulas sobre ti. Es mejor ni oír si yo no voy a aplicar, si yo no voy a recibir la palabra en mi corazón y aplicarla, vivirla; es mejor no oírla, porque Dios me va a pedir cuentas de lo recibido y no aplicado.
Entonces, en los versículos 22 al 27, Santiago —perdón, perdón— ese segmento de esta porción tiene tres componentes que lo vamos a ver rápidamente. Tiene un mandato, que más o menos ya lo expuse; tiene una ilustración, y tiene una aplicación. Eso es lo que vamos a ver. En este segundo componente de vivir la palabra, de que un cristianismo genuino aplica la palabra, ¿cuál es el mandato? "Sed hacedores de la palabra y no solamente oidores." Pero me quisiera concentrar en esa última expresión: "que se engañan a sí mismos." ¿De dónde viene? ¿Por qué Santiago dice que el que solamente es un oidor se está engañando a sí mismo?
Bueno, porque literalmente "se engañan a sí mismos" viene de la matemática en el original, y significa calcular mal. El que viene y escucha la palabra y no la hace, que solamente la oye, está calculando mal su situación. Él cree que es, pero no es. Entonces esto es una llamada de advertencia. Santiago dice: si tú eres un oidor y no un hacedor, te estás engañando. Si tú crees que Dios está bien contigo, no; estás engañando, estás mal calculando esa realidad, tu situación. Hay mucha gente engañada, mucha gente que cree que es, pero no es; cree que está bien con el Señor y no está bien con el Señor. Y lo cree porque escucha, y a veces hasta lo disfruta, pero no lo hace.
Y yo puedo tomar una que otra cosita para aplicar y quedar con la apariencia de que estoy aplicando, pero no se trata de eso, hermanos. Se trata de aplicar la Escritura y la Palabra en aquellas áreas donde me cuesta. Porque es muy fácil. Es más, hay gente que no está en la religión cristiana que vive, humanamente hablando, una vida más piadosa que muchos de nosotros. Pero no es por obras. No ha sido por obras. Yo no hago las obras para salvarme; por las obras se manifiestan mi salvación, la manifiestan, la hacen evidente.
Hermanos, si yo no estoy dispuesto a jugarme la vida por el Señor... Cristo dijo: "El que quiera venir en pos de mí, que tome su cruz y me siga." Si yo no estoy dispuesto a jugarme la vida por el Evangelio, en áreas de mi vida, diversas áreas de mi vida, porque todos los que estamos aquí tenemos realidades distintas. A Tito le toca aplicarla en un área de una manera; a Tito le toca aplicarla en otra área de otra manera. No somos todos medidos bajo el mismo estándar moral, pero no tenemos todos la misma realidad. Entonces el hacedor es el que evidencia que verdaderamente es salvo; de lo contrario, te estás engañando a ti mismo.
Luego Santiago usa una ilustración. Este es el mandato: "Sed hacedores de la Palabra y no solo oidores, que se engañan a sí mismos." ¿Cuál es la ilustración? Bueno, usa la famosa ilustración del hombre frente al espejo. Dice en los versículos 23 al 25: "Porque si alguno es oidor de la Palabra y no hacedor, ese es semejante a un hombre que mira su rostro natural en un espejo: puede mirarse a sí mismo, irse, y en seguida se olvida de qué clase de persona es."
¡Qué sencilla y qué directa! Tú vas frente a un espejo, te ves en el espejo. No sé cómo te pone, no sé cómo te ves. Tienes un pelo así, tienes sucio por aquí, tienes un cilantro ahí; uno siempre hace así cuando se ve en un espejo. Y sale a la calle. Nosotros tenemos esa expresión: "Esa persona no se miró en un espejo antes de salir, ¿verdad?" Porque si se hubiese visto en un espejo, no sale así. Es decir, nosotros entendemos que si tú te pones frente a un espejo y el espejo te muestra que tu condición es deplorable, digna de ser cambiada, la lógica indica que tú lo vas a cambiar. Te vas a peinar, te vas a limpiar, te vas a bañar.
Es ridículo lo que hace este individuo. Eso es lo que dice Santiago: "Si alguno es oidor, se mira y en seguida se va y se olvida de qué clase de persona es." Eso es ridículo. Y es ridículo de la misma manera que yo venga, me expongan la Palabra, la Palabra me dice lo feo moralmente que me encuentro, lo despeinado que estoy interiormente en mis acciones, en mis motivaciones, en mis pensamientos, y yo diga: "¡Qué buen mensaje, qué buena mirada al espejo!", pero nada pasó. Es absurdo, es absolutamente ridículo hacer esto. Y así de ridículos nos ve Dios cuando dice: "¿Por qué esta persona solo está oyendo, solo está viendo su condición y no cambia? Mi Palabra le presenta su fealdad espiritual, su fealdad moral, y él no hace nada con eso." Es absurdo, y Dios lo ve.
Pero hay otro individuo aquí. En el versículo 25: "Pero el que mira atentamente a la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, no habiéndose vuelto un oidor olvidadizo, sino un hacedor eficaz, este será bienaventurado en lo que hace." O sea, la bendición de Dios depende de aplicar la Palabra en mi vida. Dios bendice al hacedor eficaz; lo bendice de la manera que Él desee, de la manera como Él ya lo dispuso. Eso no es el tema del sermón, pero Dios bendice al que ejecuta la Palabra, al que la vive.
A veces, hermanos, la Palabra nos manda a hacer cosas que son difíciles, costosas. Pero créanme: siempre hay un costo mayor en no hacer lo que la Palabra instruye. La gente se confunde y dice: "No, pero qué duro es esto." Peor es tener al Dios del cielo y de la tierra en contra tuya en ese punto, que tenerlo a tu favor. Hay un costo de obedecer, hermanos, y hay un costo de desobedecer. ¿Qué precio tú quieres pagar? ¿Cuál es el precio que quieres pagar? "Ah no, yo prefiero quedarme con el de desobedecer." Bueno, temporalmente tú crees que tiene algún beneficio, pero a la larga no hay beneficio ni bendición en la desobediencia.
Está claro que el hacedor de la Palabra... oigan lo que hace. Hay dos aspectos clave si nosotros queremos ser hacedores de la Palabra. Aparte de recibir con pureza y mansedumbre la Palabra, que ya lo vimos, ¿qué nos dice el versículo 25? "Pero el que mira atentamente la ley perfecta, la ley de la libertad." ¿Qué hace? Mira atentamente. En el original, mira detalladamente, profundamente. Es un llamado a pasar de la lectura al estudio, y del estudio a la meditación; a ser intensos, a ser intencionales en nuestro crecer espiritual; a aprender más de la Palabra, a conocer más el patrón de Dios, el estándar de Dios; a profundizar, a responder las preguntas que tenemos, a consultar, a preguntar, a exponernos a la enseñanza de la Palabra, privada y públicamente; a ser intencionales, a mirarla con atención, con detenimiento, a ser agudos: ¿qué significa esto para mí?, ¿en qué área lo puedo aplicar?, ¿de qué forma puedo hacer esto patente en mi vida? Y no sencillamente olvidarme de lo que se dijo aquí o de lo que leí esta mañana, sino mirar atentamente.
Ese es un llamado a la intensidad, a ser intencional como hijo de Dios, como estudioso de su Palabra. Pero no solamente se queda ahí. Él dice: "El que mira atentamente la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, no habiéndose vuelto un oidor olvidadizo." Es decir, la otra condición: tú tienes que ser intenso, pero también tienes que ser constante. ¡Cuánta gente viene a los caminos del Señor con una intensidad que tú dices: "Si todos los cristianos tuvieran esa intensidad"!, pero se le acaba la batería a las tres semanas. Intensidad sin constancia es igual a descarrilamiento.
Intenso pero no constante: no hay bendición. Pero pasa lo inverso también. Hay gente constante pero no intensa; gente que tiene quince años en la fe cristiana y está lidiando con lo mismo: los mismos hábitos, las mismas realidades, las mismas maneras de ser, las mismas prácticas de negocios, las mismas prácticas de hablar de hace diez años en su fe. Constantes, están aquí, oyen la Palabra, pero no son intencionales. Constancia sin intensidad: tampoco hay bendición.
La bendición está en la combinación: "Yo voy a apropiarme de la Palabra, voy a hacer lo que dice, la voy a aplicar a mi vida en sus diferentes manifestaciones, y voy a permanecer en esto." Sabiendo que intensidad más constancia es igual a bendición, a bienaventuranza. Eso es lo que dice: "El que mira atentamente la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, no habiéndose vuelto un oidor olvidadizo sino un hacedor eficaz, este será bienaventurado en lo que hace." Está claro que Dios ve el deseo de ser intensos y la persistencia, la constancia que necesitamos para ser bienaventurados en nuestra vida espiritual.
Luego Santiago aplica este principio en tres áreas de la vida, hermanos. Santiago toma este principio de vivir la Palabra y lo aplica en tres aspectos. El primer aspecto en el que lo aplica es la lengua. Dice literalmente en el versículo 26: "Si alguno se cree religioso, pero no refrena su lengua, sino que engaña a su propio corazón, la religión del tal es vana." Como yo dije al principio, esta gente tenía un problema con su manera de hablar, por lo visto, porque Santiago tiene diversos pasajes que tienen que ver con la manera de hablar. Pero yo creo que el ser humano siempre ha tenido problemas con su manera de hablar, porque Jesús dijo que de lo que abundare el corazón habla la boca. Es decir, la boca es el megáfono de tu corazón.
¿Y qué normalmente abunda en el corazón humano? Rencillas, pleitos, impureza, mentiras, falsedad. Tu boca reproduce, proyecta y manifiesta lo que tu corazón tiene. ¿Cierto? Eso es una realidad en la época de Santiago y es una realidad hoy en día; eso no ha cambiado. La lengua es una buena indicación de mi estado espiritual. No quiere decir que los callados son salvos, porque hay gente que es callada pero que, si pudiera hablar... Pero en general, la lengua, la manera de hablar, es una buena indicación de mi grado de madurez espiritual, e incluso de mi conversión.
Porque Santiago dice literalmente: "Si alguno se cree religioso, pero no refrena su lengua, sino que engaña a su propio corazón, la religión del tal es vana." Es vacía, no es genuina. Si tú persistes en un problema en tu manera de hablar, en el contenido de lo que dices, en mentira, en falsedad, en impureza, en ira desenfrenada, en descargar tus emociones internas con los demás de manera consistente por un período prolongado, tú deberías cuestionar tu salvación. Eso es lo que Santiago dice. Si tú no has sentido que en tu caminar con Dios ha habido una mejora en la manera de controlar tu forma de hablar, y de hecho todo lo contrario, te justificas y dices "no, que yo soy así", o no ha habido ningún cambio, hermanos, Santiago dice: esa religión es vana, es vacía. Tu manera de hablar y de expresarte es el diagnóstico de tu salud espiritual.
Y ahora Santiago lo aplica en una manifestación muy personal: la manera en la que hablamos. Luego dice: "La religión pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y guardarse sin mancha del mundo." Dos áreas más en las que Santiago aplica una religión genuina. Una religión genuina, un cristiano genuino, observa en su corazón un aumento en la sensibilidad hacia las necesidades del otro.
En ese caso, las viudas y los huérfanos eran los grupos más vulnerables de la población, porque las viudas y los huérfanos prácticamente no tenían derechos. Si no había un hombre en la casa, las viudas no podían ni heredar; tenía que haber otro hombre en la familia que fuera el que redimiera lo que le correspondía al esposo de esa viuda. Toda una ley había acerca de este tema. Estos dos grupos eran los grupos más vulnerables, eran necesitados.
Un cristiano genuino experimenta un aumento de la sensibilidad hacia las necesidades del otro. No es que nos convirtamos todos en madre Teresa de Calcuta; eso no es lo que Santiago está diciendo. Pero sí está diciendo que si tu corazón es frío, es insensible, es inmisericorde hacia la necesidad de los demás, cuestiona, cuestiona tu fe. Endereza tus cosas con Dios, pídele a Dios que te dé salvación, que te dé una verdadera salvación. Quizás has estado respetando los ritos religiosos, venir a la iglesia, las devociones, pero si no hay en tu corazón un deseo de atender, de suplir, de ayudar a aquellos que están a tu alrededor y que están en necesidad, no nos vayamos ni siquiera a las viudas y a los huérfanos.
Vayamos a los que trabajan con nosotros, gente que necesita nuestro soporte económico, nuestro consuelo, gente en la iglesia que necesita. Ya hablamos de dinero, ya hablamos de tiempo, ya hablamos de atención, estar pendiente a las necesidades de los grupos necesitados y vulnerables, gente que sufre al lado de nosotros y nosotros no nos damos cuenta.
Y luego agrega, aparte del aumento en la sensibilidad hacia la necesidad de los otros, que una religión genuina implica guardarse sin mancha del mundo. Por si alguien se va a confundir de que el cristianismo se trata de hablar bien y de cuidar gente, no; hay un corazón que se guarda del mundo para Dios también. Y nosotros sabemos que ese guardo, ese depósito de nuestro corazón, tiene que ver con la persona de Jesús, a quien le hemos entregado nuestro corazón y Él nos guarda en santidad y en pureza.
En una ocasión, el dueño de un colmado —él vivía arriba en una pieza y tenía su colmado abajo— se estaba levantando, estaban abriendo el colmado, y él saca la cabeza por la puerta y le dice: "Juan" —le está hablando al empleado que tenía, el empleado banilejo que tenía, porque a los del colmado les dicen que son banilejos, casi todos—. Juan le responde: "Sí, señor, dígame." "No, te estoy llamando para ver si le echaste un poquito de agua a la leche, para que rinda un poquito la leche." "Sí, sí, señor, ya lo hice." "¿Y le pusiste color a la mantequilla? Tú sabes que estaba medio pálida, dale un poquito de color." "Sí, sí, señor, ya lo hice." "Ok, perfecto. ¿Y te acordaste de ponerle la pesita a la balanza, de un cuarto de libra más o menos? Porque tú sabes, Juan, que la lucha está dura." "Sí, sí, señor." "Ok, pues ya hecho eso, sube pa' el devocional entonces."
O sea, el individuo es un asaltante, y él con mucha ligereza da sus instrucciones para robar, mentir y estafar, y por otro lado, él es suficientemente religioso para mantener sus devociones diarias. ¿Usted cree que eso es un extremo? Eso no es un extremo. Revisa tu día a día, revisa tu día a día. Analiza cada decisión que tú tomas: con tus hijos, con tu cónyuge, en tu negocio, con tus empleados, en la calle, con el gobierno, lo que tú haces, la manera de tu vivir, la manera de tu declarar, lo que tú dices, la manera en que hablas. Revísalo, y créeme que vamos a ver que muchos estamos en esta misma condición: devociones diarias e incumplimiento y desobediencia cotidianos.
Los hijos, revisen su relación con sus padres: su actitud, su obediencia con sus padres, su trato hacia ellos. Esta es una realidad que nos retrata a todos. El llamado es entonces aplicar lo que creemos, vivir en nuestra vida de una manera claramente cristiana. De lo contrario, mi religión es vana, es vacía, no tiene fundamento; no soy cristiano.
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Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.