Cuando Juan el Bautista finalmente presenta al Mesías que Israel había esperado por cuatrocientos años de silencio profético, no lo introduce como rey ni como conquistador, sino como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este título, aparentemente humilde, conecta toda la historia redentora: desde la pregunta de Isaac camino al altar —"¿dónde está el cordero?"— hasta la respuesta de Abraham —"Dios proveerá"—, pasando por la sangre sobre los dinteles en Egipto y los sacrificios del tabernáculo. Juan revela que Jesús es ese Cordero prometido, provisto por Dios mismo para quitar no solo el pecado de Israel, sino el del mundo entero.
El pastor Núñez señala que los judíos habrían recibido a Jesús en el trono, pero primero debían aceptarlo en el altar. Esta tensión persiste hoy: Cristo sería tolerado como reformador social o profesor de ética, pero lo que el mundo necesita es el Cristo de la cruz. En apenas cinco versículos, Juan el Bautista establece cinco verdades sobre Jesús: es el Cordero sacrificial, existía antes que Juan, fue ungido por el Espíritu, bautiza con el Espíritu Santo, y es el Hijo de Dios.
La imagen del Cordero no desaparece jamás en las Escrituras. En Apocalipsis aparece treinta veces, sentado en el trono junto al Padre. Contemplar a este Cordero —que fue llevado al matadero sin abrir su boca, cargando en silencio con las consecuencias del pecado ajeno— transforma a quien lo mira. Hay una relación directa entre la contemplación de Cristo y la santificación del creyente: mirándolo somos transformados de gloria en gloria.
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Nuestro siguiente servicio será realizado sin público presente. Damos gracias al Señor por la oportunidad que nos da de estar unidos como iglesia, en oración y adoración, aun desde nuestros hogares en la intimidad familiar. Recordemos que la iglesia no es un edificio, somos cada uno de nosotros en quienes mora la presencia de su Espíritu Santo. Es nuestra oración que el Señor siga obrando en nuestras vidas en medio de estos tiempos como los que estamos viviendo.
Bueno, es un mensaje más, pero no es simplemente uno otro más en el sentido de lo ordinario, sino otra semana que ha pasado, otra semana en la que pudimos vivir y rumiar algunas cosas acerca de Dios, vivir otras que tienen que ver con la vida cristiana, la vida práctica del cristiano, en medio de esta pandemia en la que hemos estado viviendo por varias semanas y a más de dos meses al día de hoy.
La semana anterior cerramos una serie que habíamos titulado, como mencionamos, "Volveos a mí". La cerramos haciendo uso del libro de Malaquías, que también cerramos. Lo cerramos en cinco mensajes y al final de ese libro, en el último libro del Antiguo Testamento, un último párrafo del último libro del Antiguo Testamento, hay un pasaje que apunta a una figura profética de nombre Elías, una figura que de acuerdo al pasaje habría de venir a introducir el día grande del Señor, día grande y temible del Señor.
Y al mismo tiempo dijimos cómo pasaron, entonces, cuatrocientos años donde no hubo profeta de parte de Dios y de repente, cuando cruzamos al Nuevo Testamento nos encontramos con que hay una figura que ha aparecido más o menos como de la nada, que tenía una forma de vestir y de hablar, y un tipo de dieta muy parecido a los profetas del Antiguo Testamento. Y él comienza a hablar de esa persona a quien él vino a introducir y todo el mundo comenzaba a correr a oírle y a preguntarle si él era el Cristo. Y si no era el Cristo, cuando él dijo, no, yo no soy el Cristo, entonces tú tienes que ser Elías. No, yo no soy Elías. Entonces tienes que ser Elías, porque ese fue el último anuncio del Antiguo Testamento y nosotros no hemos escuchado nada por cuatro siglos. Bueno, pues no soy Elías. Entonces pues entonces eras el profeta, el profeta del cual habló Moisés, alguien que Dios levantaría como él y pondría sus palabras en él y que nosotros le obedeceríamos. ¿Eres tú ese profeta? No, yo no soy ese profeta. Pues entonces dinos quién eres.
Y Juan dice: Bueno, yo lo que soy es una voz en el desierto. Yo lo que soy es una voz en el desierto que está llamando a allanar los caminos del Señor, porque hay uno que viene después de mí, hay uno que viene después de mí, a quien yo no soy ni siquiera digno de desatar los cordones de su sandalia. Yo no soy digno ni siquiera de ser su esclavo. Eso es como Juan comienza a autoidentificarse y al mismo tiempo como identificar, comenzará a identificar la estatura de aquel a quien él vino a introducir.
Menciono todo eso porque hoy estamos comenzando una nueva serie. Esa serie la hemos titulado "Él es el Cristo que predicamos" y bajo esa serie, entonces, queremos predicar varios sermones distintos. Y la idea es volver a ver o darle una mirada otra vez al personaje Cristo para ver de qué forma el verlo nuevamente, quizás con nuevos ojos, nos dé estabilidad, seguridad, pero sobre todo nos llegue a cambiar y nos permita navegar en aguas turbulentas. No solamente por el ancla que me estabiliza, pero por el hecho de que conociéndolo a Él es como tú y yo somos transformados, y en la transformación nosotros ganamos estabilidad y ganamos carácter.
Yo creo que todos hemos leído y hemos oído mucho acerca del personaje Cristo y eso es una de las razones peligrosas, por así decirlo, por la que cuando nosotros tendemos a leer un pasaje de Nuevo Testamento con el que estamos familiarizados, pues tendemos a relajarnos y tendemos a pensar que no hay nada más que yo pudiera aprender de algo tan familiar, o de algo que yo haya escuchado, leído, estudiado, o en nuestro caso los predicadores, incluso predicado, como para tener que poner o estar alerta o en atención a la predicación. Pero si el Espíritu de Dios está en nosotros, Él es capaz de iluminar pasajes viejos y no solamente darnos entendimientos nuevos, Él es capaz de darme transformación nueva mientras yo puedo rumiar el mismo pasaje otra vez.
Quiero leer de un texto para que tú puedas ver la importancia de conocer la persona de Jesús, un texto de 2 Corintios 3:18, también familiar, pero para que puedas ver la conexión, o mejor dicho, cuál es la meta detrás o al frente de esta serie. Pablo dice a los corintios, su segunda carta: "Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor..." Escucha ahora: cuando contemplas la gloria del Señor como en un espejo, este es el espejo, cuando la contemplas, "...estamos siendo transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu."
En otras palabras, hay una relación directa entre mi grado de transformación o de santificación y mi conocimiento de Jesús. A mí déjenme decirlo de otra manera: hay una relación directa entre mi grado de santificación o transformación y mi contemplación, ya no conocimiento, contemplación del personaje Jesús. Y la razón por la que yo cambié el vocabulario es a propósito, y es que primero el texto de 2 Corintios 3:18 me llama a contemplar la gloria del Señor, y contemplar no es simplemente mirar, y contemplar no es simplemente ganar conocimiento cerebral de algo. Contemplar implica el ver detenidamente, y al ver detenidamente pensar, reflexionar, rumiar acerca de lo que estoy viendo, como el que trata de penetrar el conocimiento de lo revelado con la intención de llegar hasta donde pueda llegar, hasta donde mejor pueda llegar, para entender mejor lo que está contemplando.
El rumiar acerca del carácter de Jesús permite más de una cosa, obviamente, pero entre otras cosas, verás, permite entender mejor quién es, cómo Él luce, cómo Él piensa, cómo Él siente, y cómo yo soy. Me permite ver mucho mejor cuánto me voy pareciendo a Él y cuánto me falta por llegar a Él. Y una vez yo puedo ver la diferencia entre donde yo estoy y donde Él está, entonces yo necesito tomar decisiones radicales si verdaderamente yo quiero ser como Él, porque ese es el propósito de la elección en Él. Esa es mi oración, es mi deseo que mientras nosotros meditamos en la persona de Jesús, tú y yo podamos ser cambiados aún más en su dirección.
Ahora, déjenme decir algo más. En la época en que Cristo predicó hubo gente en la muchedumbre que no pasó de ser parte de la muchedumbre, y cuando tú estás en la muchedumbre y el personaje a quien tú has venido a ver o escuchar está lejos, tú no ves y no oyes gran cosa. Pero hubo gente que estuvo en la muchedumbre y que se atrevió a pasar a través de la muchedumbre y a acercarse al personaje Jesús. Y específicamente estoy pensando en la mujer que tenía doce años sangrando. Esa mujer, el texto dice que estuvo en la muchedumbre y que tenía miedo, y que tenía miedo de acercarse a Jesús, y que temblando se acercó a Él. Y tú conoces la historia: al final del camino, al tocar su manto, poder sale de Cristo, ella es sanada, Cristo tiene encuentro con ella y ella es sanada, probablemente salva.
Pero lo que sabes es que ella se atrevió a cruzar a través de la muchedumbre, a pesar de ser una mujer que normalmente no tenía contacto público con hombres, a pesar de que su mismo sangrado la hacía inmunda, a pesar de que ella tenía doce años en esas condiciones donde quizás alguien sabía en el pueblo de su condición, y sin embargo ella se tomó el chance, el riesgo de acercarse a Jesús. Menciono eso porque la idea de la serie es que te puede acercar, que te puede acercar a Jesús, pero de lo contrario no vamos a ver gran cosa, no vamos a ver absolutamente nada.
Ahora lo digo otra vez: yo no puedo acercarme a Jesús y los únicos pasajes que me interesa ver acerca de Jesús son los pasajes que me bendicen, son los pasajes que me hablan de su salvación, de su protección, de su cuidado, de su amor, de su gracia, de su misericordia para conmigo. Si no me gustan los pasajes donde Él me reta o desafía, donde Él nos hace llamados que son atrevidos, donde Él me llama a sacrificios, donde Él me habla de una disciplina, donde Él me habla de riesgo, si esos pasajes no me gustan, entonces nunca yo voy a poder caminar sobre las aguas como el apóstol Pedro logró hacer.
De Pedro nosotros podemos decir muchas cosas, sin embargo, Pedro siempre quería estar cerca de Jesús, y es la razón por la que le pidió salir de la barca e ir hasta donde Él estaba. Y Pedro no solamente tuvo la experiencia de caminar sobre las aguas, porque al final uno pudiera decir, bueno, eso es un fenómeno como medio físico. No, hubo una experiencia mejor que esa: experimentar el poder de salvación de Jesús cuando él comienza a hundirse y Jesús le extiende la mano y en medio de la tormenta lo levanta. Él pudo experimentar algo que Pedro iba a necesitar el resto de sus días y que tú y yo necesitamos, y es confianza, fe en el poder que Cristo tiene para sostenerme en medio de las peores circunstancias y tormentas de la vida.
Pero yo necesito entonces poder exponerme a pasajes que me retan y no simplemente aquellos que me bendicen. El mismo Jesús que llamó a Pedro a ser pescador de hombres es el mismo Jesús que, en otro momento dado, enfrenta a Pedro y le dice: "Apártate de mí, Satanás, porque tú no tienes en mente las cosas de Dios, sino las cosas de los hombres." El mismo Jesús, el mismo Pedro, el mismo amor lo llevó a llamarlo a una misión, y lo confrontó como parte de formarlo para la misma misión. Como que Jesús a veces no es tan benevolente como quisiéramos.
Y quizás esta ilustración nos puede hacer ir a las Crónicas de Narnia, la sección que se llama "El león, la bruja y el ropero." Hay dos hermanos, Lucy y Edmund, y están teniendo una conversación con relación a Aslan. Aslan es el nombre del león de Narnia que representa a Cristo. Entonces, como que Lucy tiene miedo de conocer a un león porque le dicen que uno va a conocer a Aslan. Todavía no ha llegado, pero quieren presentarlo, debe estar al llegar, y le estoy parafraseando algunas de estas cosas. Y Lucy dice: "Bueno, pero yo como que tengo miedo de conocer a un león." Y en algún momento dado pues ella pregunta en inglés, y luego voy traduciendo: "Isn't he safe?" ¿Es seguro? La respuesta es: "Who said anything about safe?" ¿Quién ha hablado de seguro? "Of course he's not safe." Claro que él no es seguro, pero es bueno.
La idea en el libro de las Crónicas de Narnia es que Cristo es peligroso porque él no es indulgente. Entonces, como no es indulgente, hay ocasiones donde él sabe reaccionar y tumbar mesas en el templo de Jerusalén, como lo hizo. Imagínate uno de esos cambistas preguntando: "Isn't he safe?" ¿Es seguro? Y que alguien dijera: "Sí, claro que es seguro." Yo no puedo creer, mira cómo está reaccionando. Pero es bueno. Dicho de otra manera, como Cordero él es infinitamente bueno; como león, "isn't he safe?" Él no es seguro, él puede ser peligroso.
En esta mañana yo quisiera que podamos ver cómo Juan el Bautista introduce al Elías que había de venir. En un momento dado, Cristo dice que Juan el Bautista, en un sentido, era Elías que había de venir, y que de hecho ya Elías vino y no le recibieron, no le reconocieron, pero que todavía Elías vendría. O sea que Juan el Bautista fue como un cumplimiento parcial de esa figura, no sé si de Malaquías, pero vendría otro Elías en un futuro, en la segunda venida probablemente, a introducir al Mesías, que quizás era el mismo Elías u otro personaje similar. Yo quisiera ver cómo ahora ese Juan el Bautista, Elías que había de venir en su primer cumplimiento, por así decirlo, de la figura profética, cómo introduce al Cordero y al León.
Lo primero que Juan dice es que después de él viene alguien de quien él no es digno de atarle o de desatarle la correa de sus sandalias. En Juan 1:27, y el versículo 29 al 34, esto es lo que leemos. Juan capítulo 1, versículo 29 al 34: "Al día siguiente vio a Jesús que venía hacia él, hacia Juan el Bautista, y dijo: 'He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un hombre que es antes de mí, porque era primero que yo. Y yo no le conocía, pero para que él fuera manifestado a Israel, por esto yo vine bautizando en agua.'" Esa es la razón por la que Juan estaba bautizando.
"Juan dio también testimonio diciendo: 'He visto al Espíritu que descendía del cielo como paloma y se posó sobre él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: Aquel sobre quien veas al Espíritu descender y posarse sobre él, este es el que bautiza en el Espíritu Santo.' Y yo le he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios."
En apenas cinco versículos, más o menos, Juan nos dice cinco cosas acerca de la identidad de Jesús. Número uno: él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Número dos: él era antes que yo, antes que Juan, y él es primero que yo. Número tres: yo le vi ser ungido, él fue ungido por el Espíritu Santo, yo vi la paloma representando al Espíritu Santo descender sobre él, y eso me ayudó a identificar quién él era. Número cuatro: él es el que bautiza con el Espíritu Santo; yo estoy bautizando con agua, pero él va a bautizar de otra manera, él es superior a mí. Número cinco: él es el Hijo de Dios.
Es interesante que cuando Juan introduce al Mesías, él no lo introduce con un título que hubiese sido mucho más común, mucho más aceptable, más aplaudible: "He ahí el Mesías de Dios." Eso hubiese sido como: "¡Oh, entendemos! Eso es lo que estamos esperando." Se supone que Elías había de venir a introducir a ese Mesías. Pero Juan no hace eso. En vez de introducirlo con ese gran título, él lo introduce como el Cordero de Dios.
Y luego él quiere caracterizarlo un poco más y dice: no solamente él es el Cordero, lo pudiera haber introducido como el Cordero, pero no, él quiere dejar claro que este es el Cordero de Dios. Eso tiene significado. Y número dos: es el Cordero de Dios que quita no el pecado de Israel, sino el pecado del mundo. Este es una figura universal con una misión universal. Es la razón por la que el título "Cordero" es el título apropiado, porque inmediatamente identifica la misión primaria en esta primera venida de Jesús. Es un cordero. Ustedes saben qué se hacía con los corderos.
Los judíos hubiesen preferido escuchar a Juan introducirlo como el Mesías, o el Rey, o el Príncipe de Dios. A. W. Pink, en su comentario sobre el Evangelio de Juan, nos dice lo siguiente: "Los judíos lo hubiesen recibido en el trono, pero primero tenían que aceptarlo en el altar." ¡Wow! Ellos hubiesen preferido y hubiesen estado dispuestos a recibirlo en el trono, pero no antes de recibirlo en el altar.
Y Pink agrega que hoy no es muy diferente. Que Jesús sería tolerado hoy en día en este medio si él hubiese venido o si él viniera como un reformador social, o que pudiera ser muy aceptado como un profesor de ética. Pero al terminar su párrafo dice: "Lo que el mundo necesita en primer lugar es el Cristo de la cruz, donde el Cordero de Dios se ofreció a sí mismo como sacrificio por el pecado."
Y con este título, "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo," Juan el Bautista hace dos cosas. Número uno, a lo cual ya aludí: él hace alusión a la misión de Cristo, el Cordero. Número dos: él permite la identificación de Cristo con revelaciones anteriores del Antiguo Testamento, de tal forma que podamos ver que Cristo no es más que el cumplimiento de cosas anunciadas previamente.
Creo que muchos de nosotros recordaríamos aquella ocasión cuando Dios le pide a Abraham que sacrifique a su hijo en Génesis 22. Abraham se levanta muy temprano, despierta a su hijo, e imagino comienza a caminar en la dirección del lugar donde el sacrificio se llevaría a cabo. El texto dice que Abraham, el padre, le coloca la leña al hijo sobre la espalda, y que él toma el fuego y él toma el cuchillo.
Cuando iban por el camino, escuchamos en Génesis 22: "Isaac habló a su padre Abraham." Hay un hijo y un padre hablando. "Padre mío," y él respondió: "Aquí estoy, hijo mío." Dijo: "Aquí está el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?" Y Abraham respondió: "Dios proveerá para sí el cordero para el holocausto, hijo mío." Y los dos iban juntos.
La pregunta de Isaac fue: "¿Dónde está el cordero?" La respuesta de Abraham es: "No te preocupes, Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío."
Si esto fuera una película y nosotros pudiéramos pararla justamente ahí donde el hijo hace la pregunta "¿dónde está el cordero?", y pudiésemos darle hacia adelante, avanzarla 1,850 años hacia adelante, y pararla justo ahora donde Juan el Bautista está introduciendo al Mesías, hubiera sido una excelente unión entre la pregunta del hijo Isaac y la respuesta ahora que Juan el Bautista va a dar. "¿Dónde está el cordero, padre mío?" "¡He ahí el Cordero de Dios!" ¿Recuerdan? Dios proveerá un cordero para sí, Dios proveerá un cordero para el holocausto. ¡Ahí el Cordero de Dios! El Cordero provisto por Dios que quita el pecado del mundo. El Padre, Dios Padre, proveyó al Hijo como Cordero.
Cuando Abraham pronunció las palabras que pronunció, probablemente no estaba entendiendo del todo, y no sé si estaba entendiendo algo ni siquiera de lo que estaba haciendo referencia. Pero sin lugar a duda tú encuentras que al final el padre no tiene que sacrificar al hijo; ahí se proveyó un carnero porque Dios proveyó el cordero. Pero eso estaba tipificando lo que Dios iba a proveer, tal como Abraham lo dijo en un momento dado.
Y algo tuvo Abraham que haber entendido, ya sea antes del sacrificio, durante el sacrificio o después del sacrificio. Y la única razón por lo que yo estoy diciendo que Abraham debió haber entendido algo acerca de lo que vendría después es por algo que Cristo dice acerca de Abraham en un momento dado. Y esto es lo que Cristo dice: "Abraham, el padre de ustedes, o vuestro padre, depende de su traducción, se regocijó esperando ver mi día." Escucha. "Y lo vio y se alegró."
Hay una serie de ideas. Abraham se regocijó esperando. Abraham estaba esperando ver mi día. Llegó a verlo de alguna manera, lo vio y se regocijó. Tú puedes ver ahora la unidad entonces entre Génesis 22 y lo que está pasando ahora, la introducción de Cristo con este título: "He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo."
Cuando estaba leyendo el pasaje otra vez, tratando de rumiar una vez más, me llamó la atención cuando leí de nuevo que Abraham colocó la leña, la madera, sobre la espalda del hijo. Porque cuando Cristo iba camino hacia el lugar donde le iba a ser crucificado, justamente él tenía la madera sobre su espalda también, camino al Gólgota donde él sería crucificado, como iba Isaac también al altar.
Sin embargo, yo creo que nosotros podemos ver la imagen del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo todavía de una forma más clara.
Si pensamos en la Pascua judía, verás, celebrada por primera vez en Éxodo 12, la Pascua que permitió que los que estaban esclavizados en Egipto pudieran finalmente salir de allí. Cada familia tenía que sacrificar un cordero y tomar la sangre del cordero y colocarla sobre los dinteles de las puertas. Entonces, cuando el ángel del Señor, el ángel de la muerte, viniera y viera la marca de la sangre sobre el dintel, pudiera pasar por alto a esa familia, y entonces cada primogénito de la familia de los judíos permanecería seguro, precisamente por la marca de la sangre. Pero los primogénitos de los egipcios, todos y cada uno de ellos murieron, destruyendo también los primogénitos de los animales. Y con eso entonces nosotros comenzamos a tener una idea ahora, al ver hacia atrás: ¿a qué apuntaba la Pascua judía? Porque no era otro personaje que Cristo mismo. De hecho, Pablo le llama nuestra Pascua en Primera de Corintios 5:7: "Nuestra Pascua, eso fue Cristo".
Cuando Cristo celebró la última cena con sus discípulos, se supone que era una cena de Pascua. Y sin embargo, en la descripción de los Evangelios no hay carne de cordero mencionada. Se habla de un pan, se habla de un vino, la institución de un nuevo pacto en su sangre, pero no había carne de cordero porque el Cordero estaba con ellos, cenando con ellos, instituyendo algo completamente distinto.
Nuestra fe era como congruente con que el último profeta del Antiguo Testamento que aparece en el Nuevo fuera Juan el Bautista. Así es como se le piensa: ese último profeta del Antiguo Testamento es congruente con que lo introduzca como el Cordero de Dios, porque estamos tratando de conectar lo anterior con lo presente, y en lo anterior había mucho que tenía que ver justamente con este personaje que estaba arribando. En el libro de Números, en el libro del Éxodo, se habla de un cordero como ofrenda de expiación. En Números y Levítico se menciona 34 veces, se habla de un cordero sin manchas, sin defecto, como ofrenda de expiación por el pecado. Y luego cuando se construye el tabernáculo, nosotros tenemos cientos y cientos y cientos de años de sacrificio de corderos de manera similar.
E Isaías lo menciona, el profeta Isaías, no solamente en el Pentateuco, pero el profeta Isaías 53:7 habla de que Él fue llevado como una oveja al matadero y como un cordero que permanece mudo frente a sus trasquiladores, que así mismo Jesús no abrió su boca. Lo acusaron de blasfemo por decir que era Dios. Lo acusaron de borrachón y de glotón cuando en su compasión se acercó a los pecadores. Lo acusaron de expulsar demonios por el poder de Belcebú. Lo acusaron de no estar bien de la cabeza sus propios hermanos, las personas más cercanas a Él. Llegó un momento en que dijeron: "Él no está bien, está mal de la cabeza, está loco, está mal del juicio". Lo acusaron de ser un falso maestro. Lo acusaron de no querer pagar impuesto al César. Y Jesús no se defendió.
Jesús sabía que todas y cada una de esas acusaciones eran pecaminosas y decidió permanecer en silencio y cargar con las consecuencias del pecado del otro. Eso es exactamente lo que el perdón es. Cuando tú perdonas, tú decides en silencio cargar con las consecuencias del pecado del otro. Y eso hizo Jesús: como oveja fue llevado al matadero, como quien permanece mudo delante de sus trasquiladores.
Pablo menciona a Cristo en Primera de Corintios 5:7 como nuestra Pascua que ha sido sacrificada. Claramente ahora Pablo establece la relación entre el cordero del Pascua y el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y más impresionante aún es que tú avanzas hasta el final del libro de Apocalipsis, o el final de la Biblia, y llegas al libro de Apocalipsis y te encuentras con que la figura del Cordero aparece unas 30 veces. ¡Treinta veces! Al final ya de la historia sigue este Cordero apareciendo. Él es la lumbrera de la ciudad de Dios. De Él se habla de que tiene un libro, el libro de la vida del Cordero, donde están inscritos los redimidos, aquellos por los cuales Él dio su sangre. Se habla incluso del trono de Dios y del Cordero ya al final, final. Quiénes están sentados, las dos figuras que están sentadas en el trono, es Dios Padre y el Cordero.
De manera que esta imagen que Juan el Bautista establece del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo no va a desaparecer jamás. De hecho, cantaremos los redimidos alrededor del trono acerca del Cordero que fue inmolado por el resto de la eternidad. De ahí la importancia del título que Juan usa para introducir al Mesías. En el libro del Génesis hay un cordero que Dios iba a proveer, proféticamente hablando. En el libro de Apocalipsis está el mismo Cordero sentado en el trono junto con Dios.
¿Por qué es el Cordero que quita el pecado del mundo? Tú conoces la historia, pero para aquellos que no la conocen: Adán y Eva, creados a imagen y semejanza de Dios, reciben una instrucción, violan la ley, se convierten en rebeldes, en transgresores. Después de disfrutar de la presencia de Dios, son expulsados del jardín. Comienzan a vivir fuera del jardín. Todavía estamos fuera del jardín, literalmente hablando. No estamos en la presencia de Dios a la manera como ellos estuvieron y como nosotros estaremos en un futuro.
Y luego por cientos de años el pueblo judío trata de vivir en paz con Dios vía los sacrificios, como apaciguando, por así decirlo, esperando la justicia de Dios vía un sistema de sacrificio que el mismo Dios había propuesto como una manera de irlo preparando para cuando llegara el Cordero de Dios que quita el pecado. Y en la culminación de los tiempos, en la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, que Juan introduce como el Cordero de Dios que quitaría el pecado del mundo. El Cordero de Dios que vendría y cumpliría la ley de Dios, la ley que después de Adán y Eva nadie había podido cumplir. Ni el mismo Adán ni la misma Eva pudieron hacerlo.
Y ahora el Cordero de Dios viene y cumple la ley, vive la ley a cabalidad, va a la cruz, se sacrifica, ofrece sangre para el perdón de los pecados. Y ahora, por medio de su sacrificio —de ahí el título de Juan: el Cordero de Dios—, por medio de su sacrificio Él es capaz de quitar el pecado de aquellos que se acercan a Él confesando sus pecados en arrepentimiento, aceptando esto que Él ha hecho en su sustitución nuestra, entregando su vida y reconociéndole como Señor y Salvador. Ese es el Evangelio. Eso es lo primero que aprendemos en el texto de hoy.
Lo segundo que aprendemos en el texto de hoy de Juan el Bautista es que Juan dice: "Él es antes que yo" y "Él es primero que yo". En otras palabras, Él fue antes de yo ser, lo cual parecía como paradójico, porque si Juan lo bautizó, Él debía haber sido un discípulo de Juan. Pero esa no fue la idea. La idea fue que durante el bautismo de Jesús, de hecho por Juan, Él pudiera ser introducido a la nación de Israel, dice el texto. Pero Juan quiere dejar establecido que él tiene claro quién él es, él tiene claro quién él no es, él tiene claro quién es Jesús. "Yo no soy el Cristo, yo no soy Elías, yo no soy el Profeta. Yo soy simplemente una voz que clama en el desierto". Al mismo tiempo: "Yo no tengo la jerarquía de este a quien yo estoy bautizando. Él es antes que yo, porque en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios desde el principio". Juan tenía eso claro. Y además, no solamente es antes que yo en el tiempo, es antes que yo o primero que yo en jerarquía. Ambas cosas. "Para mí es un privilegio", podría Juan decir, "poderle bautizar. Yo no estoy por encima de Él".
Eso es como la Palabra presenta al Cordero de Dios. En un pasaje de Primera de Pedro dice que Él estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, pero se ha manifestado en estos últimos tiempos por amor a vosotros. En Apocalipsis 13:8 dice que Él es el Cordero inmolado desde antes de la fundación del mundo. "Él es antes que yo", dice Juan, "y Él es primero que yo". Ahora tenemos algo más en la identificación de este personaje: es el Cordero de Dios, que es antes que Juan en jerarquía, antes que Juan en tiempo. De hecho Él es eterno, porque en el principio ya Él estaba con Dios y era Dios.
Lo tercero que Juan nos dice es que Juan el Evangelista, ahora escribiendo acerca de Juan el Bautista, dice: "He visto al Espíritu que descendía del cielo como paloma y se posó sobre Él". ¿Cuándo ocurrió eso? Se piensa que como unos cuarenta días antes. Juan estaba en el Jordán, estaba bautizando, de repente hay un personaje que aparece, que Juan como que no le conocía. Aunque quizás eran primos, quizás lo había visto hace mucho tiempo atrás, pero no lo hubiese podido reconocer. Pero había sido preparado para que cuando la paloma descendiera sobre Él, él pudiera entender quién era la persona. Y él dice: "Yo vi la paloma descender sobre Él y cómo lo ungió para el ministerio que le habría de emprender".
Y algo que nosotros necesitamos entender a partir de ese momento, y que hemos hablado en otras ocasiones, es lo vital que fue el ministerio del Espíritu Santo en la vida de Jesús. La vida de Jesús comienza literalmente en el vientre de María con una acción del Espíritu. Jesús termina en la cruz a través de otra acción del Espíritu.
Jesús es concebido por obra y gracia del Espíritu. No dicen las Escrituras, pero ahora también yo aprendo que Jesús es ungido el día de su bautismo con una misión especial por el mismo Espíritu. Inmediatamente después, Marcos 1 nos dice que él fue empujado al desierto por el Espíritu Santo. Fue sostenido en el desierto por 40 días sin comer, sin beber, pero el Espíritu Santo, cuando libró la batalla espiritual a la que fue sometido allí en el desierto por 40 días contra Satanás y todas las Escrituras inspiradas por el Espíritu Santo, cuando salió de allí, comenzó a ministrar y comenzó a encontrarse con endemoniados. Comenzó a expulsar los demonios por el poder del Espíritu, dice Jesús, a pesar de que ellos le acusaban de hacerlo en el poder de Satanás. Jesús no estaba haciendo su ministerio en su propio poder, aunque lo tenía como segunda persona de la Trinidad, sino por el poder del Espíritu.
Y luego él va a la cruz después de ministrar por tres años, y el texto de Hebreos 9:14 nos dice que él se ofreció allí por el Espíritu eterno. De manera que aun al final de sus días, él comienza su vida por obra del Espíritu la primera vez, él termina su vida por obra del Espíritu la segunda vez. Luego muere y resucita al tercer día, y Pablo nos dice en Romanos 8 que él fue resucitado por el poder del Espíritu. Tú puedes ver la importancia del ministerio del Espíritu de Dios a lo largo de toda la vida del Señor Jesucristo, cuando dice yo vi al Espíritu descender.
No era cualquiera. Juan dice que después él vio una figura que no iba a bautizar en agua sino en el Espíritu Santo. Ahora yo aprendo algo más: el que viene tras él, Juan, no solamente antes que él, no solamente primero que él, es alguien que va a venir con un ministerio especial para bautizar a los creyentes ya no en agua sino en el poder del Espíritu. Algo de lo que disfruta cada persona que ha puesto su confianza en Cristo Jesús. Y ese es el bautismo del Espíritu que cambia el corazón de piedra en un corazón de carne. Ese es el bautismo del Espíritu que permite que ahora nosotros podamos obedecer de una manera que antes no podíamos. Ese es el Espíritu de Dios que viene y nos ilumina el entendimiento para entender las Escrituras. Ese mismo Espíritu que pone en nosotros tanto el querer como el hacer, de manera que él lidera el proceso de santificación y de esa forma nos ayuda a obedecer.
Ese es el agente que viene y nos guía a toda verdad, que ilumina la verdad, que nos recuerda la verdad. Ese es el agente que produce el fruto del Espíritu en nosotros, que nos ayuda a amar a Dios, que nos ayuda a amar al prójimo, que nos ayuda a adorar genuinamente. Y de ese es que Juan ha estado testificando, de Jesús, el que vino y bautizó o bautizaría en el poder del Espíritu, completamente diferente como Juan lo hizo, con unas implicaciones completamente distintas.
¿Qué más dice Juan? Él dice que este que era el Cordero de Dios era también el Hijo de Dios. El versículo 34: el Cordero de Dios es el Hijo de Dios. Es la quinta revelación que Juan nos hace. Ahora, Cristo no pasó a ser el Hijo de Dios cuando se encarnó, como muchos han enseñado. Cristo es el Hijo desde toda la eternidad, el Hijo que ha sido generado desde el Padre, por así decirlo, desde que Dios ha sido Dios. Ese es un concepto que ha estado a lo largo de la historia de la iglesia, pero que últimamente ha sido cuestionado, por así decirlo.
De ese Hijo, Dios dice ese día que Juan el Bautista lo bautizó: "Este es mi Hijo amado en quien yo tengo complacencia." En Adán no me complacía, él desobedeció. "Este es mi Hijo amado en quien yo me complazco." La misma frase aparece cuando ya Cristo está ministrando, pero en el monte de la transfiguración, donde una vez más se acompañó ahora de Moisés y de Elías. Sí, hubo una voz del cielo que dice: "Este es mi Hijo amado," pero esta vez hay otra instrucción: "A él oíd." Sí, es mi Hijo amado, él tiene la autoridad mía, a él oíd. Dios Padre le dio al Hijo la autoridad para gobernar como Rey de reyes y Señor de señores.
Eso es lo que Cristo dice al final de sus días, ya cuando iba a ascender al Padre: "Toda la autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra." Y por eso nadie ha hablado como Jesús habló, nadie ha hecho lo que Jesús ha podido hacer o hizo, nadie pudo atribuirse funciones, nombres, atributos como Jesús lo llegó a hacer. Y cuando tú comienzas a comparar figuras en el ámbito religioso con la figura de Cristo, tú encuentras el enorme abismo que existe entre uno y otro.
Tú puedes pensar en un Buda que murió buscando iluminación, y luego tú piensas en Jesús cuando él dijo: "Yo soy la luz del mundo." Buda estaba buscando a Cristo y no sabía lo que buscaba. Buscaba iluminación, Jesús es esa luz. Buda abandonó a su esposa e hijo cuando se fue a buscar dicha iluminación. Mahoma se consideraba un profeta, Cristo se llamó a sí mismo Dios. De hecho, esa fue la razón por la que lo crucificaron. Mahoma tuvo 13 esposas, a pesar de que el Corán permite cuatro. Confucio declaró en una ocasión: "Yo nunca dije que fuera santo." Jesús preguntó: "¿Cuál de ustedes me acusa de pecado?"
Pilato lo encontró inocente, se lo envía a Herodes, Herodes lo interroga y Herodes no encuentra falta en él y se lo devuelve a Pilato. La mujer de Pilato le dijo a Pilato: "No tengas nada que ver con él porque él es un hombre justo, yo tuve un sueño anoche." Él es crucificado de todas maneras, va a la cruz y uno de los ladrones está ahí, recibe cierta iluminación probablemente de parte de Dios, y le dice al otro ladrón: "Nosotros sufrimos con razón, pero este hombre no ha hecho nada malo." El centurión al pie de la cruz dice: "Este hombre es el Hijo de Dios." Lo mismo que Juan había declarado en su introducción a la nación de Israel: este es el Cordero de Dios, pero también es el Hijo de Dios. Y el centurión está diciendo: "Verdaderamente, después de haber visto cómo ha sufrido, la manera piadosa, el silencio, la humildad, la mansedumbre en la cruz, este hombre es el Hijo de Dios."
Jesús cambió el mundo. Buda enseñó por 25 años, Mahoma por 25, Confucio enseñó por aproximadamente el mismo período de tiempo. 75 años de enseñanzas. Cristo vino, enseñó por 3 años a lo sumo, y ningún otro personaje de la historia ha podido cambiar al hombre, la humanidad y las naciones como 3 años de enseñanza de parte del Señor Jesucristo.
Apenas nació en un pesebre y es el nacimiento más famoso de toda la historia. En un pesebre, en una aldea desconocida, de una nación pequeña bajo esclavitud en ese momento, y sin embargo es el nacimiento más famoso de toda la historia.
Dios le llamó "mi Hijo amado," como vimos. Los profetas le llamaron Mesías, e Isaías le llamó Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Sus discípulos le llamaron Maestro y eventualmente Hijo de Dios. Sin embargo, él se llamó a sí mismo Hijo del Hombre. Juan escribe su evangelio y lo identifica como el Logos, el Logos que estaba en el principio, el Logos que estaba con Dios, el Logos que era Dios, el Logos que se encarnó y se hizo hombre y habitó entre nosotros. Los demonios le llamaron el Santo de Dios.
Él vino, vivió, cumplió la ley a cabalidad y se convirtió en nuestro jubileo, como vimos la semana pasada. Fue clavado en una cruz, pagó por los pecados de los elegidos de Dios, y allí tomó la cruz como instrumento de maldición y la convirtió en un instrumento de bendición. ¿Quién? El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Por tanto, nosotros le llamamos Salvador, Redentor. Cuando resucitó, comenzamos a llamarle Señor. Cuando murió, el infierno tembló y desarmó los poderes de las tinieblas. En su momento de mayor debilidad desarmó el poder, la fuerza, la autoridad del reino de las tinieblas. Cuando lo enterraron, enterraron en una tumba prestada, apenas usada por tres días. Ahí resucitó al tercer día de entre los muertos.
Cumplió todas y cada una de las profecías que debía haber cumplido en su primera venida. Y cuando terminó dijo: "Consumado es." La ley ha terminado, la era de la gracia ha comenzado, los sacrificios terminaron, los sacerdotes del Antiguo Testamento terminaron, los profetas terminaron, los reinados del Antiguo Testamento terminaron. Yo soy el Sacerdote, yo soy el Rey, yo soy el Profeta, yo soy la consumación de todas y cada una de esas figuras.
Y cuando iba a ascender, reunió a sus discípulos. El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el Hijo de Dios, reunió a sus discípulos en Galilea y les dijo: "Id por todo el mundo, haced discípulos de todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo cuanto yo os he enseñado, y he aquí yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo."
Él tiene autoridad en el cielo y en la tierra. Nadie va al Padre si no es por él, y eso es una verdad brutal. O entramos a la gloria en él, con él, para él, o nos vamos a la condenación eterna. Solo el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo tiene autoridad para perdonar pecados y dar vida. Por eso es que entramos en gloria con él o nos vamos a la condenación sin él. Esa es... él es el camino de regreso al jardín, a la tierra prometida que todavía está delante de nosotros. Él es la verdad que te liberta, es la verdad que tienes que creer. Él es el camino, la verdad y la vida, y tú tienes que vivir porque en él nosotros nos movemos, vivimos y existimos. Él es el Cristo que predicamos.
Gracias por participar en este servicio de adoración desde tu hogar, en medio de circunstancias que nos impiden congregarnos todos juntos en un mismo lugar. Oramos para que pronto podamos volver a hacerlo, y mientras, recordemos que dondequiera que estemos, seguimos siendo la iglesia de Jesucristo. Mantengámonos vigilantes en oración, confiando y esperando en nuestro soberano Dios, quien controla todas las cosas y cuida de su pueblo.
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