La verdad que libera no es la que nos hace sentir bien, sino la que nos pone bien con Dios. En Juan 4, Jesús se encuentra con una mujer samaritana que ha pasado por cinco maridos y ahora vive con un hombre que no es su esposo. Ella llega al pozo al mediodía, la hora más caliente, cuando nadie va a buscar agua, porque está escondiéndose de su propia reputación. Pero Jesús tenía una cita con ella ese día, a esa hora, porque había una necesidad espiritual que solo él podía llenar.
La conversación entre ambos revela algo profundo: Jesús quiere hablar del presente, ella quiere hablar del pasado; él quiere hablar de ella, ella prefiere hablar de Jacob; él quiere ir profundo, ella quiere quedarse en la superficie. Cada intento de evasión encuentra en Cristo una ternura paciente que insiste en llegar al corazón del asunto. Cuando finalmente le revela que conoce todo su pasado, no lo hace para herirla sino para libertarla. Nadie encuentra libertad sin lidiar con su pecado.
Esta mujer buscó en brazos de hombres lo que solo Cristo podía darle. Cada relación fue una cisterna agrietada que no retuvo agua. Pero cuando descubre que el Mesías la conoce completamente y aun así la ama, ya no tiene nada que ocultar ni nada que probar. Corre a la ciudad y se convierte en evangelista: muchos samaritanos creyeron por su testimonio. El pastor Núñez ilustra esta realidad con un paciente filipino que, tras múltiples complicaciones médicas, escuchó el evangelio y entregó su vida a Cristo horas antes de morir. Cada encuentro que Dios nos da con otro ser humano es una oportunidad para guiarlo a la fuente de agua viva.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Voy a ir directamente al texto. Este es un texto muy conocido, se encuentra en el capítulo 4 del Evangelio de Juan. Pero yo decía tempranamente que, a pesar de lo familiar que el texto es, yo no creo que la mayoría esté tan familiarizada con toda la enseñanza que Dios pudiera darnos a través de su Palabra y por medio de su Espíritu en este o a través de este texto plasmado aquí.
Yo voy a estar leyendo prontamente de la Nueva Biblia de las Américas. Este evento que aquí está narrado ocurrió durante el primer año de ministerio del Señor Jesús, ocurrió en Judea. Los primeros cuatro capítulos de Juan tienen que ver con el ministerio de Jesús en Judea en su primer año. Ese primer año no está registrado en ninguno de los Evangelios sinópticos, no aparece en Mateo, en Marcos, en Lucas. Cuando Cristo fue bautizado en el Jordán, si tú lees los Evangelios sinópticos, quedas con la impresión de que Cristo pasó a una sinagoga a predicar, pero la realidad es que no, él se fue hacia el sur, se fue a Judea. Y este texto que vamos a leer hoy está como al final de ese primer año. Jesús viene subiendo de Judea camino a Galilea, y entonces él tiene un encuentro con esta mujer que prontamente tú vas a recordar otra vez cuando lo leamos.
Leyendo a partir del versículo uno hasta el 19, en esta primera parte de Juan 4, esto es lo que dice la Palabra de Dios: "Por tanto, cuando el Señor supo que los fariseos habían oído que él hacía y bautizaba más discípulos que Juan, aunque Jesús mismo no bautizaba sino sus discípulos, salió de Judea y se fue otra vez para Galilea. Y él tenía que pasar por Samaria. Llegó pues a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la parcela de tierra que Jacob dio a su hijo José, y ahí estaba el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo. Era cerca del mediodía. Una mujer de Samaria vino a sacar agua y Jesús le dijo: Dame de beber. Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. Entonces la mujer samaritana le dijo: ¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? Porque los judíos no tienen tratos con los samaritanos. Jesús le respondió: Si tú conocieras el don de Dios y quién es el que te dice dame de beber, tú le habrías pedido a él, y él te hubiera dado agua viva. Ella le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, del cual bebió él mismo, y sus hijos, y sus ganados? Jesús le respondió: Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna. Señor, le dijo la mujer, dame esa agua para que no tenga sed y venga hasta aquí a sacarla. Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido y ven acá. No tengo marido, respondió la mujer. Jesús le dijo: Bien has dicho no tengo marido, porque cinco maridos has tenido y el que ahora tienes no es tu marido. En eso has dicho la verdad. La mujer le dijo: Señor, me parece que tú eres profeta."
Este es el cuarto mensaje en esta serie que titulamos "En Él es el Cristo que predicamos". El primer mensaje lo titulamos "El Cordero de Dios", el segundo mensaje lo titulamos "Cristo, el libertador por excelencia", el tercer mensaje del domingo pasado "Cristo, tu lugar de descanso", y este mensaje ha sido titulado "Cristo, la verdad que te hace libre".
Yo creo que esta es una continuación adecuada, apropiada para los dos mensajes anteriores donde estuvimos hablando que lo que esclaviza al hombre es la mentira que él cree, que abraza, que él vive. Lamentablemente la serpiente le vendió a Adán una mentira, y sus descendientes han continuado abrazando y viviendo mentiras que tratan de cubrir con otras mentiras. Y esas cosas sofocan la libertad que la verdad de Cristo nos puede dar.
En el pasaje de hoy hay una mujer muy conocida por ustedes, es una mujer que yo no nombre, no conocemos. Es un pasaje, sin embargo, como ya mencioné, muy familiar para todos nosotros. Este es el segundo encuentro que Juan narra en su Evangelio. Ha habido un primer encuentro narrado por Juan en el capítulo anterior, al cual yo quisiera aludir y comparar estos dos personajes. Porque en el capítulo anterior Jesús tiene un encuentro con un miembro honorable del Sanedrín, pero esta mujer está ahora como en el otro extremo, es una mujer con una reputación deshonrosa. Nicodemo es el nombre del miembro del Sanedrín, y una mujer anónima, porque su nombre no nos es dado en ningún momento a lo largo de los Evangelios.
Como miembro del Sanedrín, Nicodemo debía haber sido educado en la ley de Moisés, probablemente una persona académica, una persona importante. Pero esta mujer, en el contexto cultural en que ella vivió, no tenía ninguna importancia, ninguna distinción. Nicodemo era judío, ella era samaritana, una raza rechazada por los judíos por ser considerada mixta. Nicodemo pertenecía al grupo de los fariseos, esta mujer no pertenecía a ningún grupo religioso, no pertenecía de hecho a ningún grupo con el que ella pudiera sentirse identificada. Nicodemo viene de noche en busca de Jesús, tratando de salvaguardar su reputación para que no fuesen a hablar mal de él. Esta mujer viene al mediodía, a una hora donde nadie iba a buscar agua a este pozo por lo caliente de la hora. Ella no estaba salvaguardando su reputación, sino que venía por temor a su reputación pecaminosa.
O sea, lo que nosotros sabemos es que el pecado se esconde. Nicodemo viene de noche escondiendo su pecado de orgullo para encontrarse con Cristo y tener una entrevista sin que nadie sepa. Esta mujer viene de día, justo al mediodía, a la hora más caliente del día, pensando que no se va a encontrar a nadie, de manera que ella se está tratando de esconder por igual, pero a la luz del día. Y se nos olvida a nosotros, que tendemos a actuar de la misma manera, que el salmista escribió en el Salmo 139 que las tinieblas y la luz son iguales para el Señor. De nada nos sirve tratar de esconder nuestro pecado durante las horas de la noche. Los estudios han demostrado que con el avance de las horas de la noche así aumenta la práctica del pecado del hombre. De nada nos sirve a nosotros tratar de escondernos del resto de los hombres si los ojos del Señor penetran la luz y la oscuridad de la misma manera.
Es interesante ver que Nicodemo, este hombre de importancia, viene buscando a Jesús, pero en el caso de la mujer samaritana es Dios hecho hombre que sale a buscar de ella. El texto dice que Jesús tenía que pasar por Samaria. La realidad es que él no tenía que pasar por Samaria. Si tú estás frente al mapa de Israel, Judea está aquí en el sur, Galilea está aquí en el norte, Samaria está como en el medio. Pero los judíos tendían a irse por una de dos vías distintas para evitar a Samaria, precisamente por la pugna que existía entre judíos y samaritanos. O se iban por la vía del mar o cruzaban del otro lado del Jordán y regresaban a Galilea. De manera que Jesús no tenía que pasar geográficamente por Samaria, pero Jesús tenía que ir a Samaria porque había una mujer con quien él tenía una cita ese día, a esa hora, a quien él quería darle sanación y salvación.
A pesar de las enormes diferencias que existían entre Nicodemo y esta mujer samaritana, hay algo que ambos tenían en común, y es que ambos estaban viviendo una mentira. Nicodemo pensaba que podía alcanzar salvación con el cumplimiento de la ley, mentira. Y esta mujer pensó que encontraría en brazos de hombres lo que solamente Jesús podía darle. Lo increíble es que posiblemente ninguno de los dos estaba pensando que estaba tan mal. No sabemos cómo pensaba la mujer samaritana, pero Nicodemo ciertamente, como miembro del Sanedrín, pensaba que tenía su salvación garantizada. Y esta mujer, en lo que ella conocía de su religiosidad, probablemente pensaba que estaba viviendo igualmente bien.
Ellos no tenían nada en común. Sin embargo, había un lugar donde ellos podían encontrarse y donde todos nosotros nos encontramos, y es al pie de la cruz. Ricos, pobres, blancos, negros, latinos, no latinos, mujer, hombre, no importa tu grupo social, al pie de la cruz es el único lugar donde podemos alcanzar redención.
Cuando tú lees el texto, no hay duda de que aquí hay dos personajes principales: está Jesús y está la mujer samaritana, uno mayor que el otro, obviamente. Pero yo quisiera subrayar, resaltar características de esas dos personalidades y luego tratar de ver cómo esas características se entrelazan. De manera que yo voy a comenzar obviamente con Jesús.
Lo primero que yo quisiera subrayar es que puedan notar en el texto la ausencia de un espíritu de competencia. El texto dice que cuando Jesús oyó que los fariseos decían que Jesús estaba bautizando más que los discípulos de Juan, aunque Jesús no bautizaba sino sus discípulos, cuando oyó eso, Jesús decidió partir para Galilea. No hay ningún espíritu de celo, no hay ningún espíritu de envidia. Jesús estaba convencido, él sabía que si alguien podía quedarse bautizando en aquel lugar y si había alguien que tenía o debía salir de aquel lugar para evitar precisamente la competencia o las murmuraciones que habían comenzado a ocurrir, era él. Podía quedarse, igual el Bautista debía salir, pero todo lo opuesto ocurre.
Porque Jesús tiene bien claro que aquellos que ceden sus derechos son más grandes que aquellos que los reclaman. Se requiere de una grandeza de espíritu extraordinaria para ceder el derecho que tú sabes que te pertenece. Esa es la gran realidad. Quien reclama el derecho que nos pertenece es el yo en nosotros, pero quien te lleva a ceder tus derechos es el Espíritu de Dios que mora en ti. En un caso es el yo que mora en mí, en el otro caso es el Espíritu de Dios que mora en mí.
Dios ha revelado de una manera clara que la meta número uno de toda la eternidad es hacerme conforme a la imagen de su Hijo. De manera que, mientras yo no entienda que necesito ceder mis derechos y dejar de reclamarlos, Dios va a continuar orquestando circunstancias en mi vida de tal forma que otros pisoteen mis derechos hasta que su imagen pueda formarse en mí de alguna manera. Jesús nos enseñó que la grandeza de un hombre no radica en los derechos que él tiene, sino en los derechos que él no reclama. Esa es la gran realidad.
Jesús se retira, deja a Juan bautizando ahí con sus discípulos. No hay envidia, no hay celo, no hay espíritu de competencia. No quiere sobresalir sobre Juan. Él está por encima de Juan, él sabe que está por encima de Juan, pero él no quiere sobresalir por encima de Juan. Se requiere de una enorme mansedumbre y humildad para ceder la posición como Jesús lo hizo.
Otra vez, cuando tú lees el pasaje, vuelve a sobresalir el hecho de que Jesús nunca usó su poder para aliviar alguna condición personal. Él llega a este pozo cansado y sediento. El que creó el universo, como nos dice el mismo Juan, que todo fue hecho por medio de él y nada de lo que fue hecho fue hecho sin él; el que creó el universo, el que tenía el poder de levantar a los muertos, ahora llega a este pozo cansado y sediento y no usa su poder para hacerse descansar, pudiéramos decir. Porque Jesús conocía que la grandeza de un hombre se ve mejor no en el poder que él usa, sino en el poder que él no usa.
Y tú puedes ver eso en la vida de Cristo. De hecho, pudiéramos decir que Cristo nunca lució más grande que cuando estuvo en la cruz clavado, teniendo a su disposición, como él mismo afirmó, una legión de ángeles que él hubiese podido llamar y que hubiesen venido en su ayuda. No lo hizo, sino que prefirió permanecer en silencio clavado a un madero. Y en vez de enjuiciarlos a todos, como él tenía la autoridad para hacer, prefirió decir: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Y dijo eso conociendo que la grandeza de un hombre se ve mejor no en lo que él condena, sino en lo que él perdona. La grandeza de un hombre se ve mejor no en lo que condena, sino en lo que él perdona.
En Jesús tú puedes ver también la ausencia de un espíritu de prejuicio. Claro, esta es una mujer, él es un hombre. Los hombres no hablaban en público con las mujeres, aun si era tu propia esposa. No solamente que era una mujer y era un hombre: era una samaritana, que pertenecía a un grupo de personas que los judíos consideraban una raza mixta y, por tanto, una raza impura. Casi ochocientos años atrás, las tribus del norte fueron llevadas por Asiria al cautiverio, y los asirios vinieron y se mudaron a esa área, y los asirios se mezclaron con mujeres judías. Entonces, el resultado de esa mezcla fueron los samaritanos.
Y sin embargo, aquí está Jesús brincando la barrera racial, brincando la barrera del género: un hombre hablando con una mujer en público; un judío hablando con una samaritana; brincando la barrera de la religiosidad: alguien en el judaísmo, crecido en el judaísmo, hablando con alguien que apenas creía en los primeros cinco libros de la Biblia, como los samaritanos. ¿Y tú puedes ver quién es el que está delante de esta mujer?
Ahora yo quiero hablarte de la mujer, y luego yo quisiera que estos dos personajes pudieran interactuar. No hay dudas, cuando tú pausas y piensas en el pasado de esta mujer, esta es una mujer emocionalmente insatisfecha. Ha tenido cinco maridos y tiene otro ahora que tampoco es su marido. Tristemente, la insatisfacción de esta mujer la ha llevado a pecar grandemente, y Jesús lo sabe. Es la razón precisamente por la que Jesús está interesado en abordarla.
Por eso lo que dice: "Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo. Era cerca del mediodía. Una mujer de Samaria vino a sacar agua, y Jesús le dijo: Dame de beber". La Palabra de Dios nos dice que Jesús fue la roca que le dio de beber a los judíos, a los israelitas en el desierto por cuarenta años. Y aquí está la fuente de agua para más de dos millones de personas por cuarenta años, diciéndole a esta mujer: "Dame de beber". Jesús usa su necesidad física para tratar de llenar una necesidad espiritual en esta mujer, una mujer con una sed espiritual que la ha llevado a la promiscuidad y de la cual Cristo quiere libertarla. Porque es la verdad la que te hace libre.
Cuando Cristo comienza a hablar con ella, de repente esta mujer descubre que está frente a un hombre completamente distinto a todos los demás hombres con los que ella ha interactuado el resto de sus días. Es claro cuando ella comienza y dice: "¿Cómo es que tú, siendo judío...?" Es una pregunta: "¿Me pides de beber a mí, que soy samaritana? Tú eres distinto. Yo no tengo una categoría para ti en mi mente. Yo no tengo una experiencia como esta. Los judíos no tienen trato con los samaritanos, y aquí estás tú, y en público".
Jesús se muestra en necesidad física porque él sabe que mostrarse vulnerable ante una mujer que debió haber tenido muchas heridas probablemente le permita penetrar su mundo interior, donde eventualmente él quiere llegar. Eso. Y le respondió... Trata de ponerte en las sandalias de Jesús, con una mujer que él tiene de frente, que sabe cuál es su pasado, que tiene que estar emocionalmente insatisfecha, que tiene que haber sido dejada con muchas heridas. Y trata de imaginarte cómo eso le dice las siguientes palabras. Yo no puedo dramatizarlo como él lo dijo, pero me imagino algo en mi mente: "Si tú conocieras el don de Dios y quién es el que te dice 'dame de beber', tú le habrías pedido a él, y él te hubiera dado agua viva".
Ella le dijo: "Señor, no tienes con qué sacarla y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes esa agua viva?" Ella no puede entender, ella no está entendiendo. Ella y Nicodemo están iguales ahora, porque Nicodemo escuchó a Jesús decirle que no puedes entrar al reino de los cielos si no naces de nuevo. Tres veces tuvo Jesús que decirle la misma cosa, y Nicodemo está perdido y le dice: "Pero, ¿cómo puede un hombre que ha crecido volver a entrar al vientre de su madre y volver a nacer?" Él está perdido, al igual que esta mujer. Ya no entiende esto del agua viva.
Lo único que ella conoce es que ella tiene un pasado del cual ella no quiere hablar, y Cristo sabe que él quiere libertarla de ese pasado. Pero para liberarla de ese pasado, tenemos que visitarlo. La samaritana no entiende qué es lo que Jesús está tratando de decirle y está tratando de entender con sus preguntas incoordinadas, vamos a decir, cuando le dice en el versículo 12: "¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, del cual bebió él mismo, y sus hijos, y sus ganados?"
No sé si te estás percatando: Jesús quiere hablar del presente, de su presente; ella quiere hablar del pasado. Jesús quiere hablar de ella; ella quiere hablar de Jacob. Porque es más fácil ir a hablar de otra gente que hablar de ti. Ella quiere hablar de Jacob, que cavó un pozo en la tierra; Jesús quiere cavar en su corazón, y de eso es que él quiere hablar. Jesús quiere hablar de Dios Padre; ella quiere hablar del padre Jacob. Jesús quiere ir profundo; ella quiere quedarse en la superficie. Jesús quiere mostrarle su condición presente, como dijimos, pero ella prefiere hablar de Jacob en el pasado. Jesús quiere saciar su alma; ella, a lo más que llega a desear, es saciar su lengua, su sed. Tan sedienta. Ella no entiende, porque las cosas del reino de los cielos se entienden por medio del Espíritu, y ella no tiene el Espíritu todavía. Jesús lo sabía, de manera que él va a ser paciente, él va a ser tierno, él va a continuar su abordaje.
Ella quiere probar que Jesús no puede ser más grande que el padre Jacob, que cavó este pozo. Y Jesús quiere mostrarle que Jacob no es el problema, que ella es el problema, porque ya no puede salir de su esclavitud si no reconoce dónde está el problema. Jesús quiere mirar hacia adentro, hacia adentro de ti; ella quiere mirar hacia atrás, porque es más fácil hablar del pasado que hablar de lo que ya tengo que arreglar ahora.
Esta mujer está tratando, quizás, de evitar la dirección en la que quizás Jesús quiere ir. Es más fácil hablar de otro que hablar de mí, como ya dijimos. Pero Jesús está tratando de decirle: "Mira, yo tengo un agua viva que va a saciar tu verdadera necesidad, pero para poder dártela, tenemos que visitar tu pasado". Y eso es verdad de ella, o fue verdad de ella; eso es verdad de mí, de ti también.
Ella estaba pensando... Estas eran culturas muy tradicionales, eran culturas donde los personajes del pasado se llegaban a ver más grandes que la vida. Y entonces Abraham, Isaac, Jacob... Ya ella está pensando en Jacob y piensa: "Pero no puede ser que tú seas más grande que Jacob, que cavó un pozo del cual bebió él y sus hijos y sus ganados". Ella no sabía algo que Jesús sí sabía, y es que la grandeza del hombre no se mide por cuántas personas, o a cuántas personas, él puede darle a beber, sino por cuántos pueden beber de él. Y en ese sentido, Jesús estaba en una categoría por sí solo.
Jesús sabía que la necesidad más grande del hombre, tu necesidad más grande, mi necesidad más grande, no es física. Nunca lo ha sido. Y de ahí que Jesús le diga: "Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed. Todo el que beba de esta agua que tú estás sacando estará sediento otra vez. Pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna".
Nota la imagenología que Jesús usa: se convertirá en una fuente de agua. De manera que no es que te voy a dar agua, es que tú te vas a convertir en una fuente de agua. Y esa fuente de agua brotará para vida eterna. En otras palabras, la satisfacción que tú recibirás de esa fuente de agua en la que te vas a convertir no se queda aquí, sino que trasciende hasta el mundo venidero. La sed física que tú y yo experimentamos cuando estamos deshidratados, pudiéramos decir, es simplemente un reflejo de la profunda sed espiritual con la que tú y yo vivimos, y sobre todo cuando estamos sin Cristo.
Una persona en el desierto deshidratada, en necesidad de agua, es capaz de hacer cualquier cosa para saciarla. Es importante que tú puedas entender esto para ti, para otros y para relacionarte con otros. Si eso es verdad de la sed física, es mucho más cierto del hacer espiritual. Una persona con sed emocional y espiritual es capaz de hacer cualquier cosa tratando de satisfacer su necesidad. Y los cinco maridos que no fueron maridos y el hombre que ahora tiene fueron de las cosas que ella hizo para saciar su sed. Y Jesús le dice: "Es que tú tienes que beber de mi agua, porque si bebes de mi agua jamás volverás a tener sed."
Ella comienza a entender algo, pero no entiende todavía. Y le dijo: "Señor", le dijo la mujer, "dame esa agua para que no tenga sed y venga hasta aquí a sacarla." Ella quiere el agua ahora, pero no puede entender todavía de qué agua Cristo está hablando. Y por eso ella le dice: "Bueno, sí, dámela, pero es para que yo no vuelva a tener sed." Todavía ella está en la parte física: que yo no tenga que regresar a este pozo.
Y Jesús quiere ir mucho más profundo. Pero Jesús quiere ir donde ella no quiere ir, con razón. Ella tiene algo que esconder; Jesús tiene algo que revelar. Tú ves el contraste: ella tiene algo que esconder, que no quiere dejar al descubierto; Jesús tiene algo escondido, por así decirlo, que quiere dejarlo al descubierto. Ahí están ellos interactuando. Sucede que él puede darle libertad, pero no sin enfrentar su pecado.
El versículo dice: Jesús le dijo: "Ve, llama a tu marido." Yo me imagino eso: "Ve, llama a tu marido." Yo me imagino eso es decirle: "Ok, ve, llama a tu marido y venga acá. Esa regresa." "No tengo marido," respondió la mujer. Yo imagino que ahora ella está un poco intimidada. ¿Ella está ahora qué le respondo? Ella fue, como dicen en inglés, clever, como astuta en responder. Inicialmente dice: "No tengo marido," respondió la mujer. Jesús le dijo: "Bien has dicho: 'No tengo marido.'"
Quizás en ese momento ella pudo haber pensado, si le dice... Porque cinco maridos ha tenido. Imagínate, mira su rostro en tu mente ahora. Mira el rostro de la mujer. Ella acaba de decir que no tiene marido. "Y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad." Jesús está haciendo todo lo que él puede, pudiéramos decir, para ayudarla a entender a esta mujer su verdadera necesidad. Ella está haciendo lo imposible para no tener que lidiar con su problema. Es como que Jesús decide: "Yo voy a bailar su danza, yo voy a seguir sus pasos, porque tiene una necesidad espiritual y yo tengo que llenarla." Y él está tratando tiernamente de forzarla a que ella pueda ser confrontada con su pecado. Y le dice: "Dile a tu marido y ven acá, ven, regresa."
La mujer samaritana ahora pudo haber dicho: "Pero ¿no estamos hablando de que me va a dar agua? ¿Qué tiene que ver mi marido con el agua?" Y pudo haber tratado de evitar cómo lidiar con la situación. Pero ella está siendo acorralada. "No, no tengo marido, Señor." "Yo sé," le dice, "yo sé que tú has dicho la verdad, porque tú has tenido cinco y el que tú tienes ahora no es tu marido. Yo sé, todas viven en fornicación. Y ahora también yo lo sé. Yo lo sé, pero yo quiero hablar contigo. No solamente que yo lo sé, y no solamente que quiero hablar contigo, yo quiero llenar una necesidad emocional y espiritual que tú tienes en tu interior, que te ha hecho pasar por seis hombres."
Imagínate esta mujer ahora, el rostro transformado. Ha sido descubierta. Me la imagino ruborizada. Me la imagino quizás sudorosa, temblorosa, porque lo que ella estaba tratando de ocultar ha salido a la luz. Ella ya no puede seguir evadiendo el tema. Jesús le ha ido llevando poco a poco, porque Jesús sabe que yo no puedo confesar sin convicción, pero tampoco puedo recibir perdón sin arrepentimiento. De manera que tiene que haber una confesión y tiene que haber un arrepentimiento. Y Jesús quiere llegar justamente ahí.
Probablemente esta mujer, que ha pasado por seis hombres distintos, probablemente oyó todo tipo de palabras bonitas de aquellos que querían aprovecharse de su cuerpo. Probablemente. Pero oyó palabras duras del único que amaba su alma. Esta mujer estaba aprendiendo que las palabras bonitas no son las que te hacen sentir bien; las palabras bonitas son las que te hacen estar bien con Dios. De manera que las únicas palabras preciosas que esta mujer oyó las oyó de Cristo, quien estaba interesado no en su cuerpo, sino en su reconciliación con Dios, en su bienestar, en su mejor bien.
La mujer sabe que está frente a alguien distinto. Le dice: "Señor, me parece que tú eres profeta." Ella está pensando: "Tuve cinco maridos, nadie... Este hombre no me conoce, nunca me ha visto, yo nunca le he visto." Ella pensaba que tenía su secreto, por lo menos para Cristo, bien escondido, porque obviamente ella no conocía a Dios, ella no conoce lo que la Palabra dice.
Nosotros pensamos que podemos esconder las cosas de Dios. Nos gusta hacer las cosas de noche porque pensamos que no nos ven, porque todo el mundo está durmiendo. Pero siempre hay alguien que está observando. Y la Palabra de Dios nos dice claramente en Daniel 2:22 que Dios conoce lo que está en tinieblas y la luz mora con él. Tú recuerda que Caín mató a Abel y lo enterró. ¿Sabes qué? Caín pensó: "Terminé." Pero Dios lo vio. Tú recuerda que Acán, en el libro de Josué, vio un lingote de oro, un manto babilónico, miró para todos lados, no vio a nadie, lo tomó, fue y lo escondió en su tienda. Pero Dios lo vio. Tú recuerda que David, de noche... Recuerda que en las horas de la noche la gente piensa que no es vista. David pensó que lo que pasó con Betsabé no fue visto. Pero Dios lo vio.
El autor de Hebreos, en el libro del Nuevo Testamento, en 4:13, nos dice: "No hay cosa creada oculta a su vista, sino que todas las cosas están al descubierto y desnudas ante los ojos de aquel..." Ya eso es un problema. Todas mis cosas están descubiertas y desnudas ante los ojos de aquel. Pero el autor de Hebreos me agrandó el problema cuando dice ahí que tenemos que dar cuenta.
Hermanos, si tú piensas que lo que estás haciendo a ocultas, porque yo el pastor no lo sepa, el cuerpo pastoral no lo sepa, si tú piensas que se va a quedar así, yo quiero recordarte en el nombre de Cristo, de la forma más pastoral y tierna posible: no se va a quedar así. Si se queda así, yo no creyera en Dios. Hay un Dios que te ama y te ama para no dejarte así. Pero más que eso, si tú estás haciendo daño a uno de sus hijos, hay un Dios que ama al que está siendo dañado y no lo puede dejar así. Porque si es cierto que él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no es menos cierto que él es el León de la tribu de Judá. Y los leones son peligrosos y rugen por los suyos.
Este versículo nos ayuda a entender, de forma penetrante, la omnisciencia de Dios. Un Dios que me dice que él conoce aun nuestros pensamientos. Yo creo que tú conoces eso. Cada vez que yo estoy hablando, cada vez que yo estoy predicando, siempre hay pensamientos que vienen a tu mente, aun sea un pensamiento sencillo, como: "Bueno, cuando termine voy a tener que ir a ver un paciente," por ejemplo. Puede ser algo como eso. La realidad es que tú no conoces los pensamientos que a veces entran en mi mente mientras estoy hablando. El texto de la Palabra me dice que Dios conoce lo que entró a mi mente. El Salmo 139 dice que antes de que la palabra esté en mi boca, ya tú las conoces todas. En otras palabras, yo no sé lo que voy a estar diciendo entre cuatro o cinco minutos y ya Dios la conoce. ¿Cómo es eso? Yo no sé.
Jesús sabía que esta mujer tenía un pecado oculto, pero él sabía también que nadie encuentra libertad sin lidiar con su pecado. Si esta mujer iba a encontrar libertad, tendría que traer a la luz lo que hasta ese momento había ocultado. Jesús la vio como alguien que tenía una necesidad inmensa y que lo necesitaba a él para cambiar de estilo de vida.
Esta mujer seguro que estuvo detrás de estos hombres porque necesitaba sentirse amada, valorada, aceptada, afirmada, protegida, apreciada. Y buscando sentirse de esa manera, fue usada por seis hombres distintos. Hombres que se aprovecharon de la vulnerabilidad de esta mujer. Hombres que abusaron de la imagen de Dios en esta mujer. Escúcheme, si esta mujer no hubiese estado en una condición de vulnerabilidad, jamás se hubiese dejado usar por estos hombres. Créeme. Fue simplemente su condición de mujer, su necesidad emocional, su necesidad espiritual, su necesidad de seguridad que la llevó a pecar grandemente. Pero en la corte celestial, el pecado de estos hombres pesó mucho más que el pecado de esta mujer. Tú puedes estar seguro de eso.
Jesús sabía algo que ella no sabía: es que cada vez que ella agregó otro hombre a su lista, ella valía menos para el próximo hombre. Jesús sabía eso. Jesús sabía que después de seis hombres, solamente había uno que todavía la amaba igual, y era él.
Ella pagó un alto costo. Tú no pasas por seis manos distintas sin pagar un alto precio. Lo triste de la historia es que esta mujer pagó un alto precio buscando algo que nunca encontró al precio que pagó, algo que Cristo ofrece gratuitamente. Quizás ella estaba en busca de seguridad. Hay gente hoy todavía que se casa buscando que un hombre le pueda dar seguridad en el futuro. Pero hay un solo hombre que te puede dar seguridad, y es Cristo. Quizás ella necesitaba sentirse aprobada, pero hay un solo hombre en quien tú puedes encontrar una aprobación que sea duradera. Y con cada experiencia distinta que ella tuvo con estos hombres, probablemente simplemente sirvieron para ahondar su sentido de rechazo.
Con toda probabilidad, esta mujer estaba intranquila. Y Jesús quería devolverle la paz. Jesús no está tratando de herir a esta mujer. Jesús no está tratando de enrostrarle o de ensuciar su rostro con su pasado. No, él quiere limpiar su pasado para libertarla en el presente.
Yo me imagino en algún momento ver los ojos de Jesús, los ojos de ternura de Jesús clavados en el rostro de esta mujer. Y de alguna forma, me imagino sus ojos clavados en los ojos de Jesús, porque ella nunca ha visto mirada ni rostro semejante. Al mismo tiempo, yo me imagino que cuando ya se vio descubierta sintió vergüenza, es natural. Me imagino que sintió temor, es natural. Fue lo mismo que sintieron Adán y Eva cuando pecaron; ellos sintieron temor y sintieron vergüenza y se escondieron. Eso es exactamente lo que Nicodemo hizo de noche, exactamente lo que ella hizo de día: ella se escondió también.
Jesús le revela el pasado como si Jesús hubiese desnudado su vida, y yo creo que, en mí no me cabe la menor duda, de cómo ella debió haberse sentido de avergonzada. Y sabes que a ninguno de nosotros nos gusta el sentido de vergüenza y el temor, pero después de años de vivencia, yo me alegro que los tengamos, porque ambas sensaciones tienden a frenar nuestras pasiones. No son el freno, porque eso es el Espíritu de Dios, pero nos ayudan a frenar nuestras pasiones para no repetir las mismas faltas.
Pero al igual que esta mujer samaritana, el hombre no tiene liberación de su temor, de su vergüenza, de su inseguridad hasta que no tiene un encuentro real con Cristo Jesús. Algunos pudieran decir: "Pastor, pero yo conozco personas que son nacidas de nuevo, que son cristianos, y sin embargo todavía siguen con mucha vergüenza y todavía siguen con mucho temor, inseguridad." Y claro, yo también las conozco, pero es porque ellas todavía no han tomado su pasado por completo y lo han puesto sobre el tapete para que Dios lidie con él y lo limpie completamente.
Jesús quería que esta mujer se sintiera amada y que se sintiera amada por Él, porque iba a ser el fin de su sed de amores. Pero Él sabía que no podía hacer eso sin lidiar con su pasado. Yo creo que esta conversación fue mucho más larga de lo que Juan registra en la Biblia, probablemente fue mucho más larga de lo que está registrado; se nos dio una cápsula, un resumen. Los discípulos se fueron, sabrá Dios qué tan lejos, porque ellos están como en medio de la nada y fueron a buscar comida. Al tiempo que ellos se fueron caminando, no había carro, no iban ni en caballo, y luego regresan a pie otra vez. Mucho tiempo debió haber pasado cuando Cristo pudo hurgar su pasado, hurgar su corazón.
Cristo la ayuda a regresar a su pasado. Ella termina contándole todo, aunque Él lo conocía todo. Y cuando ella encuentra entonces que Cristo la ha perdonado y encuentra esta sanación, encuentra esta salvación, ella no tiene nada que ocultar y no tiene nada que probar. Hubo un momento donde ella desconocía quién era Jesús, ella desconocía qué era lo que Jesús podía ofrecerle, ella desconocía cómo obtener lo que Jesús ofrecía. Ella desconocía las tres cosas: desconocía a quién tenía adelante, desconocía lo que Él podía ofrecer y desconocía cómo obtener eso que Él estaba ofreciendo. Pero llega un momento donde ella conoce las tres cosas, y en ese momento las cosas comienzan a cambiar.
Jesús se encuentra con ella y la encuentra mintiendo. Jesús sabe que está mintiendo, pero no la rechaza en su mentira, ¿sabes? Porque hasta que tú no encuentres a Cristo, la verdad que te liberta, tú vives una esclavitud de mentira. Tú hablas la mentira, tú vives de la mentira, porque tú necesitas a Cristo para poder hablar la verdad y vivir la verdad.
Cristo fue cuidadoso, fue tierno, yo estoy seguro que lo fue, porque no sabe ser de otra manera. Y cuando el otro percibe que verdaderamente yo estoy interesado en tu vida, cuando el otro entiende que tú no eres un proyecto para mí, cuando el otro entiende que tú no eres un objeto de satisfacción personal, ese otro está mucho más dispuesto a abrirse y contarte acerca de su vida interior. Jesús penetró el interior de la vida de esta mujer. Ella ahora, al ser descubierta, está en un estado de vulnerabilidad también, y no hay nada mejor que los momentos de vulnerabilidad para que alguien quiera abrirse y dejarte ver su interior.
Esta semana, como un paréntesis, sí, pero esta semana pasada murió un paciente que Dios me dio la oportunidad de atender. Alguien que llegó aquí de las Filipinas en un barco mercante; su nombre queda en el anonimato, obviamente. Se enferma de COVID, pasó el COVID, pero en el internamiento se descubre que él tiene otra enfermedad terminal que también dejo en el anonimato. Y comienza a complicarse de esta otra cosa y termina en intensivo, y termina sangrando, y termina en choque séptico, y termina intubado, y yo no sé cuántas complicaciones él tuvo. Con cada complicación yo le decía a mi esposa: "Él no puede salir de eso." Pero él salía, porque yo sé que él está al final de aquella otra enfermedad, y no era el COVID, ya le había pasado el COVID. Y con cada complicación yo decía: "Finalmente..." Él tiene siete vidas.
Y llegó un momento, yo había hablado con él y yo había indagado su pasado, y yo sabía a qué él estaba esclavizado. Pero ahora él está intubado, él está dormido, no anestesiado pero dormido, inconsciente. Y le dije a mi esposa: "Si él se despierta, si él se extuba, yo estoy convencido que la única razón por la que él salió de cada complicación es para salvación de su alma." Bueno, él se despierta, él es extubado, y le digo a mi esposa: "Yo le voy a predicar el Evangelio, y sabes que si se muere a las 24 o 48 horas, yo estoy seguro de que está en el reino de los cielos y que la única razón por la que Dios lo salvó y me dio 24 o 48 horas con él fue para salvación." Sale de intensivo, voy a su habitación, hablo con él, le presento el Evangelio, él llora, entrega su vida a Cristo. Al otro día en la tarde me llamaron: "Fulano se murió."
¿Por qué te lo menciono? Porque cada encuentro que Dios te da con un ser humano te lo da porque potencialmente ese es un converso para el reino de los cielos. Y este hombre tenía un pasado muy pecaminoso, pero Dios le salvó. Esta mujer tenía un pasado muy pecaminoso, pero Cristo la libertó.
Esta mujer quería hablar de todo menos de ella, pero llega un momento donde la conversación se fue dando. Aquí no está todo relatado, pero llega un momento donde la conversación se fue dando, que ella como que comienza a entender algunas otras cosas y le dice a Cristo en el versículo 25: "Sé que el Mesías viene, que él es llamado Cristo. Cuando él venga nos declarará todas las cosas." Es como: "Tú me declaraste estos cinco maridos y el que yo tengo ahora, pero yo he oído que el Mesías viene y que cuando él venga nos va a declarar todo." Y Jesús le dijo: "Yo soy, el que habla contigo."
¿Tú te imaginas? Tú eres una mujer pecadora, tú eres una samaritana, tú has tenido seis hombres, tú tienes un pasado tal que tú incluso te escondes cuando vienes a buscar agua. Jesús no está ni siquiera en el segundo año de su ministerio, de manera que Él es poco conocido. Apenas está por el sur en Judea; Lucas, Mateo, Marcos ni siquiera están hablando de esta parte del tiempo de ministerio de Jesús. Y ya Jesús ha salido para Samaria a encontrarse con una mujer con este pasado. Y ella dice: "Yo sé que el Mesías viene algún día." Y Jesús le dice: "Él está frente a ti, Yo soy, el que habla contigo."
Entonces la mujer, el versículo 28, dejó su cántaro, fue a la ciudad, le dijo a los hombres: "Vengan, vean a un hombre que me ha dicho todo lo que yo he hecho." En otras palabras, esta conversación se prolongó, porque no creo que yo hubiese ido a la ciudad a decir "este hombre me ha dicho todo lo que yo he hecho" simplemente con lo que está aquí revelado. Y ella dice: "¿No será este el Cristo?"
Esta mujer ahora ya no le importa que se enteren de su pasado. Ella fue y les dice: "Yo me encontré un hombre que me ha dicho todo lo que ustedes han conocido. Ustedes conocen mi reputación, ustedes han conocido mis maridos anteriores. Yo he vivido aquí, ustedes me conocen. Este hombre me encontró y resulta que me ha penetrado el interior, ha conocido, me ha desnudado la vida. ¡Vengan, vengan, vengan a hablar con él!" Y salieron de la ciudad y fueron donde Él estaba.
Ella ahora es una evangelista. ¿Y cómo lo sé? Porque el texto me dice, por ejemplo, versículo 39: "Y de aquella ciudad muchos de los samaritanos creyeron en él, en Cristo, por la palabra de la mujer que daba testimonio diciendo: 'Él me dijo todo lo que yo he hecho.'"
Esta mujer sabe: "¿Sabes qué? No importa. Ya Dios me ha sanado, ya Dios me ha perdonado, me ha dado salvación. ¿Qué importa que los hombres sepan lo que yo he hecho, cuántos maridos he tenido, las cosas que he hecho con ellos? ¿Sabes qué? La persona más importante del universo lo supo todo el tiempo, y hoy, a pesar de saberlo, me ha amado, ha hablado conmigo, ha sido tierno." Y estoy seguro, por lo que el texto revela, que ella encontró salvación y sanación en Cristo. Y luego su testimonio sirvió para que otros encontraran salvación; no simplemente otros, muchos de los samaritanos, de este versículo 39.
Hermano, esta mujer tenía una necesidad espiritual y emocional, y cada hombre con el que ella se juntó representó una cisterna en la que ella pensó que saciaría su sed. Pero cada una de esas cisternas estaban agrietadas y no retenían agua; por eso ella no retuvo a ninguno. Aun después de conocer a Cristo, muchos de sus hijos vivimos cavando cisternas agrietadas que no retienen agua. Y cada lugar al que tú vas tratando de saciar una necesidad que solamente Cristo puede saciar representa una cisterna agrietada que jamás podrá saciarte.
Ahora escuchen, puede ser que tú no seas alguien que anda buscando o cavando cisternas agrietadas. Pero en tu vida tú vas a encontrar, y yo también, personas que están emocional y espiritualmente insatisfechas, porque este es un mundo de insatisfacción. Y puede ser que esa persona vea en ti una cisterna en la que pudiera saciar su sed. Si tú te aprovechas de uno de los hijos de Dios que está en necesidad, que está en una condición de vulnerabilidad, y te aprovechas para tú saciar tu deseo pasional o tu sed...
Tú puedes garantizar: ¿qué tendrás que verte con Dios? Porque Dios no permite que yo entre en interacción con personas en necesidad para que yo me aproveche de ellas, sino para que yo las guíe a Cristo, la fuente de agua de vida. Ese es tu rol y ese es mi rol.
De manera que esta mujer samaritana sirva de ilustración: que el mundo está lleno de personas como ella, y que tú y yo podemos ser instrumentos de bendición o un instrumento de destrucción para dichas personas.
¡Padre, gracias! Porque Tú nos diste a Tu Hijo, y cuando nos diste a Tu Hijo, nos diste a alguien que es suficiente, y ciertamente Jesús basta. Él es la fuente que, al beber, no me dejará tener sed jamás. Yo te pido que nosotros aprendamos a beber de Su fuente y aprendamos a llevar a otros a beber de la misma fuente. Gracias, Jesús, porque Tú ciertamente bastas. En Tu nombre hemos predicado y para Tu gloria. Amén, amén.