Integridad y Sabiduria
Sermones

Cristo en el ejercicio de Su señorío

Miguel Núñez 4 octubre, 2020

Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Con estas palabras, Cristo no solo envía a los suyos a una misión, sino que establece la base de toda confianza para llevarla a cabo. Antes de enumerar la tarea, declara su señorío absoluto. Y ese señorío no es una afirmación vacía: quedó demostrado una y otra vez durante su ministerio terrenal. Las multitudes se admiraban de su enseñanza porque hablaba con una autoridad que ningún rabino había mostrado. Al paralítico le perdonó pecados y luego lo sanó, para que todos supieran que tenía poder sobre ambas cosas. Al viento y al mar les ordenó calma, y obedecieron. A Lázaro, a la hija de Jairo, a un joven camino al cementerio, les devolvió la vida con su palabra. Los demonios le imploraban que no los atormentara. Ni siquiera Pilato tenía autoridad sobre él sin que le fuera dada de arriba.

Esa autoridad, que Cristo restringió voluntariamente durante su encarnación para cumplir su misión redentora, le fue conferida sin límites después de la resurrección. Y desde esa autoridad absoluta, envía a hacer discípulos con dos garantías: todo su poder respaldando la misión, y toda su presencia acompañándola hasta el fin del mundo. La misión es clara: bautizar y enseñar a obedecer todo lo que él mandó, tanto como sea posible. No hay discípulos robustos diluyendo la enseñanza. Todo discípulo bien entrenado será como su maestro.

No hay otro nombre bajo el cielo en el cual podamos ser salvos. No hay otro sacrificio, otro camino, otra verdad, otra puerta. Él es el cordero inmolado hallado digno de abrir el libro y romper los sellos. A él pertenecen el honor y la gloria por los siglos.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Tu gloria revela cuán grande es tu nombre, oh Jesús. Poderoso tu nombre es. El Verbo de Dios, el Unigénito. La gloria revelada en la creación, en ti se manifestó, oh Jesús, el más hermoso de los hijos de los hombres. Poderoso tu nombre es. A tu nombre tiemblan los demonios, a tu nombre la nada creó, a tu nombre, oh Jesús.

Los veinticuatro ancianos alrededor de tu trono se postran, los cuatro seres vivientes te adoraron. Tu nombre, oh Jesús, no tiene igual. Es un nombre sobre todo nombre, que te ha sido conferido por el Padre, y nosotros hoy lo reconocemos. Te exaltamos, te bendecimos, te decimos que tú eres sin igual, tú no tienes igual. Oh Dios, tú no tienes otro Dios que se compare con lo que tú eres.

Gracias por darnos a tu Hijo, y, Hijo, gracias por darnos salvación, y, Espíritu de Dios, gracias por preservar nuestra salvación. Ayúdanos a cuidarla con temor y temblor, ayúdanos a vivirla con temor y temblor. Poderoso es tu mensaje que nos dio vida. Grande es tu nombre entre las naciones. Ayúdanos a nosotros a proclamarlo.

Bendito seas, Rey de reyes, Señor de señores. Gracias por tu gobierno, gracias por tu soberanía, gracias por tu santidad, gracias por tu amor, que es más grande que mi pecado, gracias por tu misericordia que es renovada sobre mí cada mañana. Gracias por tu justicia que es tan santa como tu santidad. Gracias, Jesús. Que todo lo que respire alabe al Señor, desde que sale el sol en la mañana hasta que se pone en la noche, que todo lo que tiene vida alabe tu nombre. Gracias por crear, y gracias por crearnos. Y todo su pueblo dice: ¡Amén!

Grande y poderoso es su nombre, ciertamente. La Palabra lo declara. Dios lo estableció: un nombre que es sobre todo nombre. En el día de hoy, de ese Cristo queremos continuar hablando en nuestra serie "El Cristo que predicamos". Algunos recordarán el mensaje del domingo anterior, un mensaje donde estuvimos hablando de que Cristo es Señor de todo o es Señor de nada. Un mensaje que tenía un tema, pero tenía múltiples enseñanzas, como todos los mensajes.

Pero una de las cosas que dijimos es que en el día final, Cristo podría reclamarnos el hecho de que, mientras escuchamos su Palabra leída, o mientras la escuchamos expuesta, o mientras la predicamos en el caso de nosotros, oímos dichas palabras pero no nos detuvimos a considerar sus implicaciones. Y yo creo que quizás algunos lo escucharon y otros se fueron a la casa meditando sobre esa afirmación. Pero ahí es donde radica tu vida y mi vida de desobediencia cuando vaya a ser juzgada: es en no considerar las implicaciones de la Palabra que acabo de leer o de escuchar.

Y la razón por la que yo quisiera comenzar con esa introducción es porque yo quiero usar un texto hoy y ver las implicaciones de ese texto, y no simplemente el significado exegético del mismo, el significado inmediato. Y para darte una idea de a qué me estoy refiriendo, tanto los reformadores como los puritanos entendían que cada mandato que Dios nos ha dado tenía una ordenanza clara en la superficie, como que todo el mundo podía entender, pero que luego ese mismo texto tenía ramificaciones masivas que frecuentemente el cristiano no se percataba de ellas.

Y yo quiero darte una sola ilustración para yo poder mencionar o ilustrar cómo Cristo mismo nos enseñó acerca de lo que yo estoy hablando en este momento. Cuando tú piensas en el sexto mandamiento de la ley de Dios, "no matarás", los reformadores y los puritanos entendieron que, detrás de ese texto, había otras ramificaciones que tenían que ver con la dignidad de la vida. De tal forma que ellos comprendieron, escribieron, proclamaron que el sexto mandamiento de la ley de Dios también estaba íntimamente relacionado al respeto por la vida humana, a la dignificación de lo que es la humanidad del hombre, al cuidado de toda vida humana.

Y el Señor Jesús lo entendió exactamente igual y nos habló de algo parecido en el Sermón del Monte. Y para continuar ilustrando, antes de entrar en materia hoy, yo quiero mencionarte que ese sexto mandamiento de la ley de Dios acerca de "no matarás" te prohíbe a ti y a mí cometer asesinato de carácter contra alguien, porque viola la dignidad de la vida humana que aquel sexto mandamiento está protegiendo. De esa misma forma, ese mismo mandamiento te impide, te prohíbe airarte contra tu hermano de una forma pecaminosa, y eso es lo que Cristo enseñó.

Cuando Cristo vino en el Sermón del Monte y decía, "oísteis que se os dijo, pero yo os digo", él no estaba diciendo "aquello que aprendieron estuvo mal, para ahora yo vengo a reemplazarlo". No, no. Él vino a decirnos: "Tú escuchaste esto, tú aprendiste esto, esto es así, pero yo te amplío lo que eso quiere decir, y esto es lo que te vengo a traer". Y eso es exactamente lo que tú escuchas en Mateo 5:21-22. Se escucha a Cristo ahora enseñando: "Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: 'No matarás', y cualquiera que cometa homicidio será culpable ante la corte". En la superficie, con toda claridad, yo sé lo que el mandamiento significa: no le puedo quitar la vida a otro.

Pero escucha ahora a Cristo ayudándome a entender las implicaciones del mismo mandato. Pero, y el "pero" es la introducción: "Yo les digo que todo aquel que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte, y cualquiera que diga 'insensato' a su hermano será culpable ante la corte suprema, y cualquiera que diga 'idiota' será merecedor del infierno de fuego". Cristo conectó el sexto mandamiento de la ley de Dios, "no matarás", con la ira contra mi hermano, porque el mandamiento mismo tiene que ver con todas las implicaciones de la dignidad del ser humano.

Yo menciono eso porque yo quiero leer ahora un texto sumamente conocido, mencionado, citado la semana anterior, usado por cientos de años en el campo misionero. Y sin embargo, yo quiero que consideremos las implicaciones de ese mismo texto desde otra perspectiva que quizás no la habías visto. Por eso yo he titulado mi mensaje: "Cristo en el ejercicio de su señorío".

Y yo creo que es el texto que te voy a leer, Mateo 28:18-20: "Acercándose Jesús, les dijo: 'Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado. Y recuerden, yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo'".

Es un texto cuya interpretación inmediata nos lleva a pensar obviamente en el proyecto misionero. De hecho, ese es el texto más citado en conferencias de esa naturaleza, y por buena razón. Es el texto que ha servido de base para la Gran Comisión y la evangelización del mundo. Sin embargo, antes de Cristo enumerar o declarar cuál era la misión, Cristo estableció su señorío en el cielo y en la tierra como la razón por la cual no solamente él podía enviar obreros, sino la razón por la que esos obreros podían ir confiados, en vista del señorío que a él le ha sido otorgado.

Notemos cuán absolutas son las palabras de Jesús: "Toda autoridad". Su autoridad no es parcial, y en lo adelante no sería limitada por su encarnación y por la naturaleza de su misión aquí en la tierra. Cuando Cristo vino, él vino a representarnos a nosotros y luego ir y colgarse en una cruz y morir en mi lugar. Por tanto, él, teniendo toda autoridad, aun así restringió mucha de su autoridad, mucho de su poder, porque tenía una misión que cumplir con una naturaleza muy específica. Pero luego de su resurrección, el Padre lo invistió con una autoridad absoluta en el cielo y en la tierra, en el mundo visible y en el mundo invisible. De manera que, basado en esa autoridad, él comienza a declarar cuál es la obra misionera.

Y yo quiero que nosotros veamos hoy las implicaciones del versículo 18 solamente, aunque voy obviamente a entrar en el resto del pasaje que leí. Cuando pensamos en autoridad, Cristo dijo que toda autoridad le había sido dada. Tenemos que pensar en el derecho que alguien tiene de decir, de hacer, de decidir conforme a su voluntad sin tener que consultar con nadie. Es ese derecho de hablar, de hacer, de decidir de acuerdo a su voluntad, sin tener que consultar, es el que se le ha dado a Cristo en el cielo y en la tierra.

Por eso es que Filipenses capítulo 2 declara de diferentes formas que, después del ministerio de Cristo, después de su obediencia total durante su vida, después de su muerte sin mancha, después de su triunfo en la cruz, el Padre lo exaltó hasta lo sumo y le confirió un nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, en el submundo, como en el Seol, y que toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para la gloria de Dios Padre.

Es su autoridad la garantía para hacer discípulos. De manera que no hay Gran Comisión sin el establecimiento del señorío de Cristo, sin la declaración de dicho señorío. Y si la autoridad de Cristo es absoluta y se extiende entonces a lo largo de los cielos y la tierra, cuando vayamos por el mundo no tendríamos nada que temer.

Y en la medida entonces en que Cristo ejerció su ministerio aquí debajo, él dejó claramente expresado la limitación del poder y la autoridad de toda criatura, y al mismo tiempo estableció cuán ilimitada es su autoridad y su poder. De manera que yo quisiera que de aquí en adelante pudiéramos considerar las implicaciones de su autoridad, porque esas son las implicaciones de su señorío. Como decía esta mañana, pueden poner el reloj en cero porque ahora es que comienza el mensaje.

En primer lugar, Cristo demostró su autoridad a la hora de enseñar a las multitudes.

Recordemos que en un pasaje del domingo anterior, hablando del Sermón del Monte, lo leímos pero yo no expuse esa última parte que dice lo siguiente: "Y cuando Jesús terminó estas palabras, las multitudes se admiraban de su enseñanza, porque les enseñaba como uno que tiene autoridad y no como sus escribas." Cuando yo leo el texto que dice que las multitudes se admiraban de su enseñanza, yo no me imagino a la gente yéndose de aquel lugar diciendo: "Interesante el sermón. Voy a mirar, yo no había pensado en eso. Fue muy bueno, fue muy bueno, tuvo una buena ilustración." No, yo me imagino a gente como: "¡Wow, increíble! ¿Quién ha visto o ha oído cosa semejante?"

La unción del Espíritu, la santidad de su carácter, el dominio de las Escrituras, le confirieron a Jesús una autoridad jamás mostrada por ningún rabino anterior ni posterior a su vida. Y con esa autoridad, él nos ha enviado a hacer discípulos y nos ha dado una palabra infalible, inerrante, autoritativa, suficiente, poderosa, respaldada, inspirada y luego respaldada por el Espíritu Santo. Nos ha delegado una autoridad para ir y hacer discípulos. Él es quien por medio del Espíritu puede hacer que los hombres nos escuchen y los hombres respondan a la predicación.

De tal forma que el predicador no tiene nada que temer a la hora de exponer su Palabra. Si él va a temer algo, lo único que él tiene que temer es que él termine exponiendo su propia palabra. Pero siempre y cuando él exponga la Palabra de Dios, entonces nosotros estamos en buen territorio.

Fue el Cristo que nos recordó en el aposento alto, ahora antes de su crucifixión, mientras él oraba, cuando él decía que de la misma manera que él había sido enviado, él nos estaba enviando a nosotros. Y Cristo fue enviado con una autoridad que había sido delegada en él por el Padre, y ahora nosotros vamos con una autoridad delegada en nosotros por el Hijo. El Hijo garantiza que por medio del Espíritu los hombres puedan escuchar y responder al mensaje del evangelio.

De hecho, nosotros tenemos que recordar que en Romanos 10 Pablo escribe que la fe viene por el oír, y el oír viene por la palabra de Cristo. Pero ¿cómo es esa palabra de Cristo escuchada? Por medio de la proclamación de hombres y mujeres ordinarios y comunes que, con una autoridad delegada en su palabra, inspirada y endosada por el Espíritu, pueden hablar la palabra de Cristo y pueden a través de esa palabra crear fe en Cristo cuando esos hombres les escuchan. De manera que tú puedes ver la autoridad del Maestro a la hora de enseñar, ahora delegada en los discípulos que van a enseñar las mismas cosas que él habló.

Cristo ejerció y ejerce su señorío por medio de su Palabra. Él nos entregó el mensaje del evangelio. ¿Cuál es el mensaje del evangelio? El testimonio de su vida, de su muerte, de su resurrección. Hay tantas cosas que se predican que no corresponden al mensaje del evangelio, y cuando no predicamos el evangelio, yo no puedo contar con esa autoridad de la que Cristo estaba hablando ese día. Yo no puedo contar con su protección, yo no puedo contar con su provisión.

No, no, no, no. La proclamación en el contexto del texto de la Gran Comisión, de que toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra, es para respaldar la obra misionera de proclamación de su mensaje. Cuando esa persona no hace eso, o proclama ese mensaje y no ha nacido de nuevo, él es un impostor. Y el impostor no será endosado por dicho poder. Cristo, antes de enviarnos, nos da garantía, y la garantía es la autoridad de quien envía.

Y esa autoridad él siempre la ha ejercido por medio de su Palabra desde toda la eternidad. Recordamos que en Génesis 1 nos dice que dijo Dios y pasó, y dijo Dios, y dijo Dios. Diez veces en el libro de Génesis capítulo 1 aparece la frase "y dijo Dios", y dijo Dios, y dijo Dios. Y cuando Dios dijo, la nada comenzó a producir todo cuanto existe. Pero yo no puedo perder de vista, no puedo olvidar, que todo cuanto existe, a pesar de que el texto dice "y dijo Dios" y "dijo Dios" y "dijo Dios", fue creado por medio del Hijo, del Cristo que está hablando.

De hecho, el pastor Luis leyó un texto de Colosenses 1:16-17 que yo quisiera volver a repetir para que puedas ver claramente cómo es: "Porque en él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles." No hay nada que no haya sido creado en él, ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades —esos son seres espirituales—, todo ha sido creado por medio de él. Y escucha ahora: y para él. A Dios Padre le plació no solamente crear por medio de él y de la palabra hablada, sino que creó para él, para su Hijo. Y él es antes de todas las cosas, y en él todas las cosas permanecen.

Entonces, a lo que se refiere eso, que en él las cosas existen, subsisten, es como si toda la creación colgara de sus dedos, de sus manos, de sus brazos, de sus piernas, de sus pies, de su cuello. Si Cristo dejara de existir, la creación entera colapsaría. Y de hecho, el autor de Hebreos nos dice claramente en el capítulo 1 que la creación entera es sostenida por el poder de su Palabra. Cristo ha ejercido su señorío, lo ha ejercido, lo ha ejercido por el poder de su Palabra.

De hecho, Dios Padre quería que lo tuviéramos tan claro que cuando él nos envió a su Hijo y quiso darle un nombre, ¿sabes cómo le llamó? La Palabra. "En el principio era el Logos" —traducido no "el Verbo" correctamente, sino— "en el principio era la Palabra, y la Palabra era con Dios, y la Palabra era Dios, y la Palabra se encarnó." Cristo es la Palabra encarnada, hablada al momento de la creación. Y el ejercicio de su señorío ahora las multitudes juzgan por la Palabra.

Número dos: el ejercicio de su señorío a la hora de perdonar pecados demostró que él tenía dicha autoridad. En Marcos 2, en los primeros doce versículos, se nos habla de un paralítico que sus amigos lo trajeron, pero no podían llegar hasta Jesús. Él estaba en el interior de una casa, había mucha gente, y ellos se las ingeniaron para subirlo al techo de la casa y abrirle un hoyo al techo y bajarlo a la presencia de Jesús. Y cuando Jesús lo vio, al otro lado del agujero en la argamasa, nada, pero Jesús entendió que había una parte de su vida que era más importante antes que sanarlo. Le dice: "Tus pecados son perdonados."

Inmediatamente los escribas comenzaron a pensar en su interior: "¿Y quién es este? Porque solamente Dios puede perdonar pecado." Jesús sabe que la condenación y la absolución de pecado están en sus manos. Y conociendo lo que ellos estaban pensando, esto es lo que él comienza a decir: "Porque ni aún el Padre juzga a nadie, sino que todo juicio se lo ha confiado al Hijo."

Pero antes de Cristo decir eso, él continúa ahí en la casa con este hombre paralizado a quien él acaba de perdonar pecados. Y él conoce lo que está en los pensamientos de estos hombres y les dice: "Pues para que sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados..." Él está a punto de hacer algo. Me voy a parar un momentico. Pero lo que él va a hacer ahora es para que ellos sepan quién él es.

Entonces, como ellos no creen que él tiene autoridad para perdonar pecado, porque no creen que es Dios, les dice: "Mira, para que sepan que yo sí tengo autoridad para perdonar los pecados que yo acabo de perdonar —de hecho, cuando yo vaya y muera en la cruz es precisamente por esos pecados de este paralítico que yo voy a estar derramando sangre, y pecados de muchas otras gentes— pues es esa autoridad que yo tengo la que luego permite que cuando le traen esta mujer que ha sido sorprendida en adulterio, él pueda decir: 'Yo tampoco te condeno. Vete, y ahora no peques más.'"

Perdonar pecados requiere señorío para absolver de condenación. Pero eso es lo que Pablo les escribió a los romanos en el capítulo 8, les dice: "No hay condenación para aquellos que están en Cristo Jesús." Si Cristo no te condena, no hay Suprema Corte, no hay Tribunal Constitucional que te pueda condenar. Pero si Cristo te reprocha, no hay corte que te pueda eliminar dicho reproche, porque ni aún el Padre juzga a nadie, sino que todo juicio se lo ha confiado al Hijo, como ya dije.

Cristo continúa la conversación con esta gente que está ahí frente al paralítico, y esto es lo que sigue: "Pues para que sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados, dijo al paralítico: A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa." Ese día Cristo perdonó los pecados de este paralítico, reconociendo que pronto llegaría el día donde él haría posible dicho perdón a través del derramamiento de su sangre.

Habiendo escuchado eso —levántate, toma tu camilla y vete— podemos decir que, en tercer lugar, Cristo ejerció su señorío y su autoridad sobre las enfermedades. Las piernas de este paralítico comenzaron a moverse de una forma análoga, de una forma similar a como las multitudes fueron movidas por el poder de su Palabra. "Levántate, toma tu camilla." Las piernas ya están en movimiento, y ese día este hombre se fue a su casa sano y salvo.

La sanación fue simplemente una señal de quién él era, y esa es la razón por la que él dice lo que dice: "Para que sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados, ahora lo voy a sanar. Ahora voy a hacer una obra. Esta obra confirma quién yo soy."

Cristo es el Señor de las enfermedades y de las dolencias. Los cojos y los paralíticos caminaron, los ciegos recobraron la vista, los sordos volvieron a oír, los leprosos quedaron limpios. Bajo la ley, si tú tocabas a un leproso, tú quedabas inmundo igual que él. Esa es la razón por la que los leprosos debían decir a distancia: "¡Inmundo, inmundo, inmundo, inmundo!" Ellos mismos pronunciando con una especie de juicio sobre ellos, para que la gente se quitara del medio y no fueran a quedar inmundos como él. Pero cuando Cristo vino y los tocó, los leprosos no lo hicieron a él inmundo, sino que él los limpió.

Él mostró su autoridad, mostró su señorío sobre las dolencias y sobre las enfermedades.

En cuarto lugar, cuando Cristo dijo "toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra, por tanto...", esa primera declaración fue en base a una autoridad que él dejó demostrada en su ministerio terrenal. Recordemos la primera tormenta en Marcos 4. Cristo en la barca está durmiendo, lo despiertan porque está en medio de esta tormenta, los discípulos están atemorizados, y el texto de Marcos 4, a partir del versículo 39, dice que él se levantó, reprendió al viento y dijo al mar: "Cálmate, sosiégate". Y el viento cesó y sobrevino una gran calma. Imagínate eso: que estás en medio del mar, las olas están batiendo contra tu barca, el viento sopla de una manera extraordinaria, hay un hombre que se para y dice "cálmate" y le dice al mar "sosiégate", y de repente hay un silencio sepulcral. Como diríamos en inglés, eso es "creepy", eso es como... ¡uy! Entonces les dijo: "¿Por qué están atemorizados? ¿Cómo no tienen fe?" Ya no había tormenta, y sin embargo escucha lo que dice el texto: "Y se llenaron de gran temor". Ahora sí, porque no tenemos categoría para colocar a este hombre. Escucha, y se decían unos a otros: "¿Quién puede ser este, que aún el viento y el mar le obedecen?" O sea, ¿con quién es que me he estado andando últimamente?

Tiene una autoridad que él ejerce por su palabra, y con dos palabras él calma al viento y el mar de manera instantánea, porque la naturaleza está bajo su control. La naturaleza se somete a las palabras de Cristo, los demonios se someten a su mera presencia, como vamos a ver. Los únicos que se han atrevido a rebelarse desde las edades en contra de su palabra somos nosotros, hasta el día de hoy. Los únicos que hemos tenido el atrevimiento para hacer tal cosa. La nada no se atrevió a no hacer nada cuando la nada escuchó y dijo Dios "hágase la luz", hubo luz. "Fórmense dos lumbreras para que señoreen sobre el día", ¡boom!, el sol apareció; y otra sobre la noche, ¡boom!, la luna apareció. Y cuando Dios siguió hablando, la nada formó no una, no dos, no tres, formó millones de galaxias con millones de astros al simple escuchar la voz de Dios. Pero el agente de creación es Cristo.

De manera que considera eso: el mar se calma, el viento se somete, deja de soplar, el pez que se había tragado a Jonás vomitó a Jonás. Los discípulos no tenían categoría para colocar a este hombre: "¿Y quién es este, que aún el viento y el mar le obedecen?" De manera que, dado ese nivel de autoridad, lo que les va a decir a los discípulos ahora es: "Id por el mundo a hacer discípulos. No teman. Cuando en aquellas regiones haya lugares de frecuentes terremotos y amenazas de tsunami, ellos están bajo mi control, bajo mi señorío, bajo mi autoridad. El viento no puede soplar a menos que yo lo autorice, y el mar no puede rugir a menos que yo le dé permiso. De manera que vayan con mi garantía".

Nosotros podemos adiestrar un animal y hacer que responda parcialmente a nuestra voz. Pero a la voz de Dios responde la nada, la creación una vez que la nada ya ha respondido, los seres espirituales, excepto frecuentemente el ser humano. Su palabra es el medio por medio del cual Jesús ejerció y ejerce su autoridad y señorío. Una vez más, el autor de Hebreos dice que el universo entero es sostenido por el poder de su palabra.

En quinto lugar, Cristo ejerció y ejerce señorío sobre la muerte y sobre la vida. Él vino y enseñó que el poder de la muerte y la vida lo tiene él, que nadie puede agregar una hora a su vida con preocuparse, que todos nuestros días están contados. Y Jesús demostró en más de una forma, enseñó y luego lo demostró, que realmente él tiene el poder sobre la muerte y sobre la vida.

En Mateo 10, donde él envía a los setenta en una misión especial temporal pero especial, esto es lo que les dice en el versículo 28: "Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma". No temáis al COVID, que no puede matar el alma. "Más bien temed a aquel que puede hacer perecer tanto al alma como al cuerpo en el infierno". En otras palabras: yo tengo la autoridad y el señorío sobre lo que tú temes, que es la muerte, y yo tengo la autoridad y el poderío sobre la vida, que es lo que tú quisieras retener, pero eso no te pertenece a ti, eso me pertenece a mí.

El centurión romano Jairo tenía una niña que estaba a punto de morir y va a buscar al Maestro. Y hay gente que es insensible: "No molestes al Maestro, ya vete, seguro ya tu hija murió". Y el Maestro dice: "No les creas, no les prestes atención, simplemente créeme. Vete, que tu hija vive". Y el hombre se fue creyendo, llegó a la casa, y antes de llegar había gente que le estaba esperando para decirle que su hija había vivido, había vuelto a la vida. Y entonces preguntó: "¿Y como a qué hora ocurrió eso?" Y cuando le dijeron a qué hora, se supone que esa misma hora Cristo le había dado la palabra de que "vete, que tu hija vive".

De hecho, Cristo vino. "Niña, a ti te digo, levántate", Marcos 5:41. Cristo viene en una procesión entrando a Naín, y de ahí salió una procesión con una viuda y su hijo muerto. Cristo se encuentra con ella, le dice: "Joven, a ti te digo, levántate". Lo llevaban para el cementerio; tuvieron que devolverse, porque Cristo arruinaba todos los funerales, porque cuando la vida se hace presente, la muerte tiene que huir.

Y cuando llegó a la tumba de Lázaro, él ordena que le remuevan la piedra. "No es que llega y... yo no pregunté si hedía o no hedía, yo estoy pidiendo que me remuevan la piedra. Ahora, si tú no quieres, yo la remuevo y la remuevo". "¡Lázaro, sal fuera!" Y Lázaro sale todavía con sus vendas. Si Cristo es el camino, la verdad y la vida, cuando él aparece, la muerte tiene que irse.

Nadie lo expresó más claramente que él, en Juan 5:21: "Así como el Padre levanta los muertos y les da vida, así mismo el Hijo del Hombre también da vida a los que él quiere". No resucité a todos, pero le he dado vida a los que yo quisiera.

Ahora, Cristo quiso dejar claro que él no solamente tenía el poder sobre la vida y la muerte de otros, sino que él tenía poder sobre su propia vida y su propia muerte. Por eso él declara en Juan 10:18: "Nadie me quita la vida, sino que yo la doy de mi propia voluntad. Tengo autoridad —ahí está la palabra— para darla y tengo autoridad para tomarla de nuevo". No pienses que Pilato me va a quitar la vida. No, no, yo la estoy dando. Y cuando yo resucite, no pienses que la remoción de la piedra es lo que me va a dar vida. No, yo voy a salir de ahí, voy a dejar la tumba vacía porque yo tengo la autoridad para poner mi vida y para tomarla de nuevo.

Cuando Cristo pasó por esta tierra, él mostró su autoridad, mostró su señorío a la hora de hablar e impresionar a la gente con sus enseñanzas, a la hora de librar o sanar o absolver de pecados a los condenados y dejarlos libres, a la hora de sanar los enfermos, los desahuciados. El mar, el viento, los sosegó; los muertos resucitaban. Una y otra vez, como dando a demostrar: esta es mi autoridad, que ahora yo he decidido restringirla y usarla de forma parcial. Pero ahora, en el texto de la Gran Comisión, después de la resurrección, después de la resurrección: "Toda autoridad, sin restricción, me ha sido dada en el cielo y en la tierra". Y confiad.

En sexto lugar, Jesús demostró autoridad para ejercer señorío sobre el mundo de las tinieblas. Él tiene y él tenía esa autoridad sobre lo visible y lo invisible. Colosenses 1 declara que él creó lo visible y lo invisible. De hecho, algunos se recordarán la historia del gadareno. El gadareno, aquel hombre que estaba poseído por una legión de demonios. Cristo llega a la región y este hombre que vivía entre ese sepulcro, así que quizás tenía toda la comunidad amedrentada, ni siquiera acabado de oír la voz de Cristo cuando de repente lo ve y le dice: "¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te imploro, te ruego por Dios..." O sea, los demonios tuvieron que implorar a Dios. "Te imploro por Dios que no me atormentes".

Este temor que la iglesia últimamente ha generado acerca de los demonios y sus actividades y sus posesiones, este terror es completamente infundado y antibíblico. Nosotros tenemos una autoridad delegada en su palabra y una misión también delegada, y Cristo, sabiendo que toda autoridad en el cielo y en la tierra estaba en sus manos, nos ha enviado a llevar a cabo dicha causa. Y él sabe que es real esta guerra espiritual en la región celestial de estas huestes espirituales de maldad. Él lo sabe. Nosotros somos los que tenemos que recordar quién es el que la controla, porque es Cristo y no otro.

En otra ocasión, Mateo 8:16 registra y dice: "Caída la tarde, le trajeron muchos endemoniados y expulsó a los espíritus". Como a lo mejor tú piensas que los agarraba y los sacudía a esta gente. No. Con su palabra, el ejercicio de su señorío a través de su palabra. Nosotros no tenemos nada que temer de la guerra espiritual. Si vas a temer algo, solamente teme una vida de desobediencia donde Cristo en disciplina pudiera permitir que dichos poderes te opriman. Y en el peor de los casos, si no eres hijo de Dios, hasta que te posean, pero no sin su permiso.

Cuando él fue a la cruz, Colosenses capítulo 2 nos dice qué pasó: él desarmó los poderes de las tinieblas. Los dejó sin poder real. Como decía esta mañana, los dejó con pistolas sin balas o balas sin pólvora. Y eso está ahí para que yo lo recuerde. Esa extensión de su autoridad incluyó que a la hora de morir, en su momento de debilidad, él le quitara en su debilidad el poder al reino de las tinieblas.

En séptimo lugar, él declaró su señorío sobre los gobernantes de la tierra. Los reyes pueden ir y venir, pueden subir y bajar, pero su reinado permanece para siempre. Cuando Cristo está frente a Pilato y Pilato está por dejarlo ir, Pilato está convencido de que este hombre es inocente, pero le teme a la multitud. Y Pilato le dice: "Mira, yo tengo el poder, yo tengo la autoridad para condenarte o para liberarte". Y es como si Cristo le dijera: "¿En serio, Pilato?"

Ninguna autoridad tendría sobre mí si no se te hubiera dado de arriba. Esa autoridad de arriba a la que Cristo hace alusión ha sido proclamada a lo largo de toda la Biblia. De hecho, cuando tú lees en el libro de Daniel acerca del sueño que Nabucodonosor tuvo en el capítulo 2, él llama a Daniel para que le salve del aprieto. Daniel se asustó cuando vio la realidad de lo que tenía que decirle al rey y le dice: "Rey, lamentablemente en este sueño yo veo que vas a pasar siete años con los animales del campo, comiendo hierba, hasta que tú reconozcas que el Altísimo domina sobre el reino de los hombres y lo da a quien le place."

Luego, un poco más adelante, Daniel tiene una visión, y en esa visión él ve esta piedra que desciende del cielo. Esa piedra no es otro que Cristo mismo, y esa piedra destruye todos los reinos de los hombres. El salmo dice que su dominio es un dominio eterno que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido. Él es la piedra en la visión de Daniel.

Y antes de Cristo enviar a los suyos quizás a regiones de regímenes totalitarios opresivos que te impiden predicar el Evangelio, Cristo les está diciendo: toda autoridad, aún sobre esos gobernantes, a mí me ha sido dada. Y ahora, cuando vayas, estoy enviándote en una misión específica: hacer discípulos. Y hay dos maneras como se hacen discípulos. Una, bautícenlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que es una forma de decir: llévalos hasta que puedan públicamente confesar que han llegado a creer. Y dos, enséñales a guardar todo lo que les he mandado.

Daniel Doriani es alguien que probablemente ustedes no conocen, pero es un tremendo maestro, tiene varios libros y comentarios escritos, es miembro de la Coalición por el Evangelio, o en la parte anglosajona, The Gospel Coalition. Y él nos dice en su comentario sobre este texto que la palabra ahí en el griego traducida como "todo", en el original son dos palabras, dos términos. Uno de ellos implica todas las cosas y el otro implica tanto como. Eso es lo que Cristo está enfatizando a la hora de ir y hacer discípulos. Tú le vas a enseñar a obedecer todo lo enseñado por mí, y esa obediencia debe ser tan completa como sea posible. Ahora, esto es abrumador.

La autoridad total de Cristo demanda una obediencia total. De hecho, la palabra todo, todas, todas, todas domina este texto, estos tres versículos, 18 al 20 de Mateo 28. Toda autoridad, todas las naciones, enseñándoles a guardar todo, estaré con ustedes todos los días. Hay un absolutismo encerrado en este texto: toda autoridad de parte de Cristo requiere toda obediencia de parte del discípulo.

"Pastor, ¿y así que usted vive con toda obediencia todos los días del mundo?" Claro que no, yo vivo pidiendo perdón por esa misma razón, pero yo reconozco la realidad de este texto. De la misma manera que su autoridad es absoluta, así de absoluta debiera ser nuestra obediencia para que sea equivalente.

De hecho, el apóstol Pablo escribe a los Efesios y les dice que nosotros vivimos viviendo una vida digna de nuestro llamado. La palabra traducida como "digna" era usada en la antigüedad para referirse a una balanza que está perfectamente equilibrada, de tal forma que lo que hay en la mano izquierda debe tener un peso igual en la mano derecha. Entonces, en la mano derecha está la vida que se me ha entregado. Aquí en la mano izquierda está la salvación que se me ha dado. El peso que eso tenga debe ser la manera como yo debiera pesar mi vida de obediencia para que yo tenga una vida digna de su llamado.

"Pastor, pero solamente Cristo pudo hacer eso." Estamos de acuerdo, pero eso tiene que vivir corriendo donde Él continuamente. Pero eso no rebaja el estándar. Solamente me recuerda el estándar y la incapacidad que yo tengo de llenarlo, pero no lo disminuye en lo más mínimo.

James Montgomery Boice en su comentario sobre este texto dice que muchas veces las iglesias hoy, en vez de enseñar a los discípulos a obedecer todo cuanto Cristo enseñó y tanto como sea posible, han enseñado una gracia sin juicio, un amor sin justicia, una salvación sin obediencia y un triunfo sin sufrimiento. Y Boice agrega: no hay discípulos robustos que se han hecho diluyendo la enseñanza. La iglesia de Dios se enferma cuando no escucha todo el consejo de Dios o cuando lo escucha de manera distorsionada.

Escúchame, Cristo no nos ordenó a ser seguidores. Cristo no nos enseñó a ser estudiantes. Cristo no nos enseñó a ser simpatizantes. Él nos ordenó a ser discípulos. ¿Tú sabes qué es un discípulo? Bueno, yo te lo voy a ilustrar de parte de los labios de Cristo. Lucas 6:40: "Todo discípulo, cuando es entrenado bien, será como su maestro." Entonces, ¿qué implica eso? Que cuando Cristo me manda a ser discípulo y enseñarle a obedecer todo lo que Él ha enseñado, lo que Él está procurando es hombres y mujeres que luzcan como Él. Todo discípulo, cuando es entrenado bien, será como su maestro. Pero, ¿quién es tu maestro? ¿Quién es mi maestro? No es otro que Cristo. "Aprende de mí, que soy manso y humilde." Entonces, procura hacer seguidores que se parezcan a mí. ¿Cómo ellos se pueden parecer a mí? Obedeciendo todo lo que he enseñado, tanto como sea posible.

Grant Osborne en su comentario exegético dice: "Hasta que las áreas seculares de nuestras vidas hayan sido bautizadas con santidad, no somos verdaderamente discípulos de Cristo." Piensa en el área más secular de tu vida. No sé qué tú haces, qué tú trabajas, cómo lo haces. No sé qué tú vendes, cómo vendes, cómo compras, qué tienes, qué no tienes, cómo vives, dónde vives, dónde trabajas; no lo sé. Pero la parte más secular de tu vida, Osborne dice, hasta que eso no haya sido bautizado con santidad, tú no eres un verdadero discípulo de Cristo, porque todo discípulo cuando es entrenado bien será igual que su maestro.

Nuestra misión bajo el señorío de Cristo ha sido claramente especificada. Tú tienes un mensaje de salvación, tú lo llevas con una autoridad delegada en el poder de mi Palabra, y tú tienes dos garantías como dos portalibros. Una: toda mi autoridad en el cielo y en la tierra, vete. Dos: tú no vas solo, yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo. ¿Quieren más garantías que esas? Tienen toda su autoridad y toda su presencia, todos los días hasta que yo regrese, hasta el fin del mundo.

Dado ese señorío absoluto de Cristo y el poder de su Palabra, nosotros podemos ir confiados, conociendo que cuando su mensaje de vida intercepta mi muerte espiritual, yo comienzo a vivir por primera vez. Cuando la luz del Evangelio penetra la oscuridad de mi mente, esa mente es iluminada. Cuando el amor de Cristo llena mi corazón, mi corazón es sensibilizado, no solamente hacia las cosas de Dios, sino hacia el otro que es portador de la imagen de Dios, cuya dignidad humana yo tengo que respetar, y que Cristo Dios usó un mandamiento para proteger dicha dignidad. Cuando su verdad se encuentra con mi voluntad esclavizada, la liberta. Cuando su autoridad para perdonar pecados intercepta mi culpa, la perdona. Cuando por otro lado su mensaje me muestra mi falta de rumbo en la vida, yo adquiero dirección, yo adquiero propósito, yo sé para dónde voy. Cuando las buenas nuevas se encuentran con mis heridas, las sana.

Tú puedes ver por qué cantábamos "Poderoso". Es un Hombre inigualable, incomparable. El más hermoso es tu nombre, Jesús. Es el entendimiento de toda esa realidad lo que hace que Pedro, en el libro de los Hechos registrado por Lucas, que es quien escribe el libro, le diga a alguien que no hay ningún otro nombre debajo del cielo en el cual tú puedas ser salvo. No, no hay ningún otro nombre. ¿Y tú sabes por qué no hay ningún otro nombre? Porque no hay otro sacrificio que me limpie de pecado, porque no hay otro camino de regreso al Padre o de acceso al Padre. No hay otra verdad que me haga libre, no hay otra puerta de entrada al reino de los cielos, no hay otro Dios como Él, no hay otro Redentor de mis pecados, no hay otro Mediador entre Dios y el hombre, no hay otro Señor del universo, no hay otro Rey de reyes sobre su trono, no hay otro dueño del cielo y la tierra, no hay otro Hijo para compartir la herencia que no sea Él, no hay otra autoridad para determinar mi destino, no hay otro Juez que me condene o me liberte, no hay otro nombre por encima del suyo, no hay otra esperanza de vida en todo el universo.

Él es, sí, él es el Cristo que predicamos. Él es el Cristo de la gloria, él es el Hijo de Dios, y él representa todo lo anterior porque él tiene toda autoridad en el cielo y en la tierra, porque determina el destino de los hombres, porque él ejerce señorío sobre tronos, dominio, poderes, autoridades, porque en él subsisten todas las cosas. En él nosotros vivimos, nos movemos y existimos; en él todas las cosas son hechas nuevas, y por eso nosotros esperamos cielo nuevo y tierra nueva para luego pasar el resto de la eternidad —he dicho— en aquel lugar con él. Él es así porque él triunfó sobre el pecado en la cruz y él triunfó sobre la muerte dejando la tumba vacía.

Y cuando tú ves y llegas ya al final de la Biblia, la Biblia ya casi cerrando, nosotros tenemos una visión como hacia el trono, como de la historia de la humanidad, y tú encuentras a Juan viendo esta visión. Está desesperado y está llorando, porque resulta que ahí, en esa visión, él se ha dado cuenta que el mundo está bajo condenación y que hay un rollo que tiene siete sellos que nadie puede abrir. En la antigüedad, los rollos representaban como títulos de propiedad y usualmente tenían un sello, o dos, quizás tres, y había una sola persona que tenía el derecho de romper los sellos para abrir y ver su contenido.

Y cuando Juan está en esta visión, él se percata que aquí hay un rollo como que representa toda la historia de la humanidad, y de repente tiene no un sello, no dos, no tres, cuatro, cinco, seis, siete: el número de la perfección. Y que no ha habido nadie ni en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra que haya sido encontrado digno de abrir el libro y de abrir los sellos. Y Juan dice: "Yo me puse a llorar", hasta que uno de los ancianos se levanta y le dice: "Juan, para de llorar, Juan, porque el León de la tribu de Judá, la satisfacer de David, el Cordero inmolado, ha sido encontrado digno de abrir el libro y de romper los sellos. Y a él pertenecen el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Juan, sonríe, regocíjate, deja de llorar, Juan. No más llanto, nosotros tenemos el triunfo en su persona."

Ya era evidente desde el inicio: él es el Cristo que predicamos, él es el que tiene un nombre sobre todo nombre, él es cuyo nombre es hermoso, inigualable, incomparable. ¿Tú piensas que él es digno? El cielo proclama que él es digno, y si el cielo lo proclama, nosotros no podemos hacer menos. De manera que ponte de pie, vamos a cantar al Cordero de Dios inmolado, que él es digno de abrir el libro, de romper los sellos, y que nosotros le vamos a estar adorando por el resto de la eternidad. ¿Estás listo?

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.