No todo el que dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad del Padre. Con estas palabras de Jesús al cierre del Sermón del Monte, el mensaje confronta una realidad incómoda: la marca distintiva de un verdadero discípulo no es cómo habla, cómo luce ni qué obras realiza, sino cómo vive. Cristo presenta tres contrastes en Mateo 7 —dos puertas, dos árboles, dos constructores— y todos apuntan a lo mismo: hay quienes dicen y quienes hacen. La obediencia es la única evidencia de que la fe profesada es genuina.
El Jesús que emerge de este texto no es el de muchas iglesias contemporáneas —uno que salva pero nunca condena, que perdona pero nunca reprende, un león sin colmillos. Este es el Cristo que tumbó a Pablo camino a Damasco, que llamó insensatos a los discípulos de Emaús, que advirtió que muchos llegarán al día final convencidos de pertenecer a Dios, solo para escuchar: "Jamás os conocí". La parábola de los dos constructores lo ilustra: ambos oyeron las mismas palabras, ambos construyeron casas que lucían iguales. La diferencia fue que uno cavó hasta encontrar la roca y el otro edificó sobre arena. Cuando llegaron los torrentes, solo una casa permaneció.
La obediencia requiere rendir dos cosas: la rebelión con la que nacemos y las pasiones que nos producen placer. Cristo es Señor de todo o Señor de nada; no existe señorío parcial. En el contexto de la pandemia, el pastor Núñez observa que este tiempo ha funcionado como prueba: algunos están siendo pulidos, otros filtrados. La pregunta que queda es si nuestra fe descansa sobre roca o sobre arena.
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No todo el que me dice: "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" Entonces les declararé: "Jamás los conocí; apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad."
Por tanto, cualquiera que oye estas palabras mías y las pone en práctica será semejante a un hombre sabio que edificó su casa sobre la roca. Y cayó la lluvia, y vinieron los torrentes, soplaron los vientos y azotaron aquella casa, pero no se cayó porque había sido fundada sobre la roca. Todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica será semejante a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena. Y cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y azotaron aquella casa, y cayó, y grande fue su destrucción. Cuando Jesús terminó estas palabras, las multitudes se admiraban de su enseñanza, porque les enseñaba como uno que tiene autoridad y no como sus escribas.
Padre, nosotros venimos delante de ti humillados por el peso de lo que acabamos de leer. Señor, nosotros hemos hecho profesión de fe, nos llamamos cristianos, somos sobre quienes se invoca tu nombre. No vivimos día a día apercibidos de la enorme responsabilidad que implica llamarte Señor, Señor, y proclamar tu señorío. Tu señorío nos queda grande, pero es tu llamado. La responsabilidad de vivir conforme a tu estándar nos queda grande, pero no hay otro. Tu amor nos queda grande, pero tenemos que responder a él.
En esta mañana yo te pido que tú le ayudes a tu siervo a poder honrar el texto que tú tienes para nosotros. Él conoce la pecaminosidad de sus labios, él conoce que tú lo encontraste en el lodo cenagoso y lo limpiaste, él reconoce que él vive en necesidad de ser limpio todos los días. Permite que este texto una vez más nos encare, nos evalúe, nos dé un veredicto, y que nosotros tomemos una decisión. Te lo pedimos en Cristo Jesús. Amén y amén.
En el texto que yo acabo de leer, como algunos de ustedes o muchos conocen, hay parte del sermón más famoso que Cristo jamás haya predicado. Nosotros le conocemos como el Sermón del Monte. Mateo lo recoge en los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio que lleva su nombre. Y la manera como Mateo inicia su narración es esta: "Cuando Jesús vio a las multitudes, una vez más grandes cantidades de personas, subió al monte, y después de sentarse, sus discípulos se acercaron a él, y abriendo su boca les enseñaba diciendo..."
Si tú conoces bien este sermón, Cristo inicia el sermón de una forma muy atípica. Inicia y termina porque Cristo inicia a treinta mil pies de altura con las bienaventuranzas, da una enorme velocidad y no parece descender en ningún momento, y de repente él hace un aterrizaje del sermón con mucha más velocidad que la que él comenzó. Eso no es típico de ningún sermón de ningún predicador. Y lo predicó con una autoridad que jamás había sido vista. Él se para allí y dice: "Habéis oído, pero yo digo..." Los rabinos anteriores y los rabinos contemporáneos de Jesús se paraban a disertar basando su autoridad en rabinos anteriores. Por aquí hay un rabino que se atreve a predicar, que se atreve a enseñar haciendo alusión a su propia autoridad, apelando a su propia autoridad.
Y en la medida en que Cristo avanza su mensaje, él parece radicalizar lo que él tenía que decir y nos ofrece tres figuras de contraste. Voy a hablar de una, pero en esencia del capítulo 7. En el capítulo 7, en los versículos 13 al 14, Jesús nos habla de dos puertas: una amplia y ancha que lleva a la perdición y por la cual entran muchos, y luego nos habla de una puerta estrecha y angosta que lleva a la vida, por la cual pasan, transitan muy pocos. ¿Notaste el contraste entre la ancha donde pasan muchos? Subraya "muchos" y "pocos" por la puerta estrecha y angosta.
En ese mismo capítulo 7, del 15 al 20, que es el texto que precede al que yo acabo de leer, Cristo habla de dos tipos de árboles para referirse a los falsos maestros y nos dice que por sus frutos los conoceréis. Y entonces nos habla de cómo un árbol bueno no puede producir frutos malos, y a la inversa, cómo un árbol malo no puede producir frutos buenos. Por tanto, por sus frutos los conoceréis. Y concluye esa sección diciendo en los versículos 19 y 20: "Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego." Ya tú sabes lo que eso significa. Así que por sus frutos los conoceréis.
Ahora, en el texto que yo acabo de leer, del versículo 21 al 29, Cristo habla de dos grupos de creyentes: unos que le llaman "Señor, Señor" pero no hacen lo que les ha ordenado, y otros que sí parecen poner en práctica la voluntad de su Padre. Entonces, para comparar esos dos tipos de creyentes, nos habla de una parábola y nos habla de dos constructores: uno que cavó hasta llegar a la roca, y el otro que no se preocupó por hacer tal cosa, sino que simplemente construyó sobre la arena.
Cristo siempre se presentó como una bifurcación en el camino que te obliga a tomar una dirección o la otra todo el tiempo. Isaías 8:14 le llama a ese Cristo "piedra de tropiezo y roca de escándalo", setecientos cincuenta años antes de que él viniera. El profeta mesiánico en el Antiguo Testamento le llama a ese Cristo que vendría "piedra de tropiezo y roca de escándalo". Pablo cita dicho pasaje en Romanos 9, y Pedro también lo cita en su primera carta en 2:8.
Este no es el Jesús de la iglesia de hoy. Este no es el Jesús de nuestros días, lamentablemente. El Jesús de nuestros días salva pero no condena. Es un Jesús que perdona pero nunca reprende. Es un Jesús que en su gracia sana pero nunca hiere. Es un Jesús que no es lento para la ira; no, él perdió su ira. Es otro Jesús del que la Biblia habla. Es un Jesús que siempre entiende mi pecado pero nunca me disciplina por mi pecado. En resumen, el Jesús de hoy es el León de la tribu de Judá, pero no tiene colmillos, no tiene garras. Él tiene una gran melena alrededor de su cuello para acariciarme, y su mensaje es como leche pasteurizada, tibia, descremada, sin azúcar, sin lactosa, de manera que algunos niños lactando podrían consumirla y no hacerles daño.
Ahora, ese no es el Jesús al que temían los demonios. Ese no es el Jesús que encara a Pedro y le dice: "Apártate de mí, Satanás." Ese no es el Jesús que se encuentra con dos discípulos camino a Emaús después de su resurrección y les dice: "¡Oh insensatos y tardos o duros de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!" Ese no es el Jesús que tumbó a Pablo camino a Damasco, lo tumbó al suelo como señal de "yo soy Señor y tú has de obedecerme de aquí en adelante". Ese no es el Jesús que dijo a sus discípulos: "¿Ustedes se quieren ir también? Tienen mi invitación."
Basado en lo que el texto leído dice y mi introducción, yo he titulado mi mensaje: "Cristo, Señor de todo o Señor de nada". No hay señorío parcial. Quitémonos esa máscara, eso no existe. El texto nos deja ver claramente que lo que mis labios dicen —"Señor, Señor"— no me califica para entrar al reino de los cielos. De hecho, Cristo me deja ver que lo que yo hago o lo que yo hice —"profetizamos en tu nombre, echamos fuera demonios, nosotros hicimos hasta milagros"— lo que yo hago, lo que yo hice, tampoco me califica para entrar al reino de los cielos. De hecho, él dice que a muchos de los que pronunciarán esas palabras les declarará: "Jamás los conocí; apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad."
La palabra traducida ahí como "declararé", homologéo en el original, era una palabra usada en las cortes judiciales para hablar de la declaración de un veredicto. De manera que ese es el veredicto de Cristo sobre gente que supo decirle en aquel día, el último día, "Señor, Señor"; gente que hizo aparentemente buenas obras con malas intenciones.
Entonces, si lo que mis labios dicen no me califica para entrar al reino de los cielos, si lo que yo hago no me califica para entrar al reino de los cielos, ¿qué es lo que me califica para entrar al reino de los cielos conforme a Cristo? Y la respuesta está en el texto que leímos: es una vida caracterizada por la obediencia. "No todo el que me dice 'Señor, Señor' entrará en el reino de los cielos, sino..." Escucha, tienes que entrar: "...el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos."
Lucas tiene un pasaje paralelo, yo debí decir, en el capítulo 6 del Evangelio de Lucas, quizás predicado en otra ocasión, porque en esta ocasión Cristo está en el monte. Lucas habla de que Jesús descendió al llano, o no sabemos si es que el monte tenía como un llano donde él predicó el mismo sermón. Pero la versión de Lucas en 6:46, Cristo dice: "¿Por qué ustedes me llaman 'Señor, Señor' y no hacen lo que yo digo?" ¿Oyes el problema? Cristo parece como exasperado de oír gente decirle "Señor, Señor" y que luego no hace lo que les ordenaba.
Si algo está claro a lo largo de todo el Nuevo Testamento es que la marca distintiva de un verdadero discípulo no es cómo habla, no es cómo luce, no es cómo obra, no es cómo ora, no es cómo enseña, sino cómo vive. Es la marca distintiva de un discípulo de Cristo. La obediencia es lo que revela que yo he doblado mi voluntad a su voluntad. Es la única evidencia. La obediencia comunica que yo he abandonado la idea de hacer lo que yo entiendo, lo que yo creo, lo que yo deseo, lo que entiendo merecer, para hacer la voluntad del Padre.
Eso es exactamente el ejemplo de Cristo: "Que se haga tu voluntad y no la mía." Mi obediencia es la evidencia de que yo tomé mi rebelión, la llevé al altar y la sacrifiqué en el altar, y la dejé quemar ahí como se quemaba el holocausto en el Antiguo Testamento hasta que no quedara absolutamente nada más, sino yo sometido al Señor. Y de ahí Cristo, la razón por la que Pablo escucha a Cristo decirle: "Vete a tal casa y espera ahí hasta que Ananías vaya; él te va a decir lo que tienes que hacer." En otras palabras, de aquí en adelante tú no decides lo que vas a hacer; yo decido por ti.
Una vez la rebelión ha sido sacrificada en dicho altar, entonces podemos obedecer de corazón. Yo quisiera enfatizar esto más que cualquier otro día: que Cristo espera la obediencia de corazón, no a regañadientes.
A lo largo de la Biblia, la palabra "corazón" es enfatizada hasta tal punto que aparece como unas mil veces, un poco menos. Y no es para referirse a la emoción y los sentimientos como nosotros la usamos muchas veces, como cuando decimos "te quiero con todo mi corazón" y qué lindo. El corazón en la Biblia representa la esencia entera del ser humano. "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón", con todo lo que eres.
Escucha a Charles Spurgeon: "La obediencia que no es voluntaria es desobediencia, porque el Señor mira el corazón." Escucha, y si Él ve que le servimos forzosamente y no porque le amamos, Él rechazará nuestra ofrenda. Es Cristo mismo que une el amor por Él a la obediencia, no fue otro. Hablando de los discípulos, ahora, antes de su crucifixión en el aposento alto, cuando recogemos el capítulo 14 de ese evangelio, partiendo del versículo 23: "Si alguien me ama, guardará mi palabra." Es Cristo. No lo pudo haber puesto más simple, no es complicado. Oye, ¿qué puede ser? Obedecer al Señor no es fácil. Cristo, en su amor, dime, de esta frase, ¿cuál parte tú no entiendes? "Si alguien me ama", ¿qué no entiendes de ahí? "Guardará mi palabra." "Señor, no entendí." Oye, que te lo voy a decir.
Versículo 24: "Primero te lo dije positivamente, ahora te lo voy a decir negativamente a ver si lo entiendes: el que no me ama no guarda mis palabras." Me lo dice positivamente y negativamente, de manera que Cristo ve la desobediencia como una falta de amor por Dios.
Ahora, ¿cuál tú crees que, a la luz de la Palabra, es la causa número uno de no amar a Dios? ¿Cuál es, a la luz de la Palabra, la causa número uno de no amar a Dios? De acuerdo al Espíritu que inspiró la Palabra, pero escrito por el mismo apóstol Juan, ya cuando está en sus años noventa. Yo creo que para esa época Juan había adquirido suficiente santificación, teología, entendimiento, experiencia para escribir lo que escribió. De acuerdo a Juan, otra vez en su primera carta, la causa número uno de no amar a Dios es falta de conversión.
Primera de Juan 2:3: "Y en esto sabemos que hemos llegado a conocerle, si guardamos sus mandamientos." Lo puede poner de esta manera: "Y en esto sabemos que somos creyentes, si guardamos sus mandamientos." Eso es Primera de Juan 2:3. Próximo versículo, 2:4: "El que dice 'yo he llegado a conocerle' y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él."
A mí me sorprende cómo Cristo en el aposento alto, y Juan registra esas palabras, dice las cosas positivamente y negativamente. Y ahora Juan, cuando tiene noventa y tantos años, está diciendo la misma cosa positivamente y negativamente: "En esto sabemos que hemos llegado a conocerle, si guardamos sus mandamientos. El que dice 'yo he llegado a conocerle' y no guarda", la parte negativa, "y no guarda mis mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él."
En Juan 14, Cristo establece el amor como el mejor motivador para la obediencia. Y en Primera de Juan 2:3-5, Juan establece la obediencia como el mejor indicador de que soy creyente. Juan 14 establece el amor como el mejor motivador para la obediencia. Primera de Juan 2:3-5 establece ahora la obediencia como el mejor indicador de que he llegado a creer. Mira cómo lo dice la Nueva Traducción Viviente: "Podemos estar seguros de que conocemos a Dios si obedecemos sus mandamientos."
Yo estaba supuesto a predicar este mensaje hace dos domingos atrás y por razones de salud no pude, de manera que tuve un par de semanas para rumiar lo que tenía que decir hoy. Y después que le dije a mi esposa, yo terminé. A ver, ya que faltaban horas: la obediencia requiere sumisión de todas las áreas de mi vida al señorío de Cristo, pero en particular dos, porque esas dos representan el corazón de mis problemas. La obediencia requiere la sumisión de todas las áreas de mi vida al señorío de Cristo, pero de manera particular dos: requiere la rendición de mi rebelión con la cual yo nací, y requiere el intercambio de mis pasiones propias de la carne por los deleites de Dios. Si ocurren esas dos cosas, yo voy a cerrar. Fuera, esas son las dos áreas que más dificultad causan al creyente y al no creyente, obviamente.
Nosotros somos rebeldes por naturaleza, admitámoslo. Queremos ser autónomos, queremos que nadie nos pida ni nos agarre a rendir cuenta, sobre todo en el área que sabemos que estamos mal. Estamos contentísimos de dar testimonio de todas las áreas donde estamos bien, pero no me preguntes dónde estoy mal. Y cuando me preguntan, luego justificamos o defendemos lo que sabemos que está mal con la intención de lucir bien. Justificamos lo que sabemos que está mal con la intención de lucir bien.
En cuanto a nuestras pasiones, que es la segunda área —yo tengo que rendir una, es la rebelión, y otra, mis pasiones—, nosotros no las queremos rendir porque nos producen placer. Nos gustan nuestras pasiones, hasta que descubrimos que las pasiones son pasajeras, que producen pérdidas, que afectan mi relación con Dios, que afectan todas mis relaciones, que alteran mi relación conmigo mismo porque alteran mi paz interior, que manchan mi testimonio y la reputación de mi fe. Una vez yo descubro eso, entonces quizás estoy más listo para intercambiar mis pasiones por los deleites de Dios.
Nosotros tenemos algunos pasajes que conocemos muy bien, y los conocemos como en una sola dirección. Y uno de esos pasajes es la Gran Comisión. Si tú le preguntas a un cristiano, después que tiene unos años en la fe, "Juan Luis, el texto de la Gran Comisión", con toda probabilidad él te podrá decir que Cristo dijo: "Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a obedecer todo cuanto yo os he enseñado."
Muy bien, eso es para los misioneros. Pues, ¿sabes qué? Es una de las mejores declaraciones de señorío de Cristo, a pesar de que tiene que ver con el proyecto misionero. "¿Y dónde usted ve eso, pastor?" Claramente en el texto: "Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra." En otras palabras, yo soy Señor en el cielo y en la tierra de cada pulgada cuadrada en toda la creación. Y número dos, se la parte que tiene que ver conmigo, la parte que tiene que ver con ustedes, es enseñarles a obedecer todo, no una parte, cuanto yo os he enseñado. Ahí está el señorío de Cristo en la Gran Comisión.
La desobediencia mía y tuya es rebeldía en contra del señorío de Cristo. Es traición a su señorío. Es amor propio. Es desprecio por la sangre que pagó por los pecados que yo sigo cometiendo, ahora con conocimiento de causa.
Para ayudar a sus discípulos a entender lo que quería comunicar, Jesús cierra su mensaje con una parábola. Cómo yo les voy a leer las advertencias, lo voy a leer una vez más: "Por tanto, cualquiera que oye estas palabras mías..." En el original dice "cualquiera que me oye estas palabras", el énfasis no está tanto en las palabras sino en mí. En el original: "Cualquiera que me oye estas palabras y las pone en práctica, será semejante a un hombre sabio que edificó su casa sobre la roca. Y cayó la lluvia, y vinieron los torrentes, soplaron los vientos y azotaron aquella casa, pero no se cayó." Claro que no, porque había sido fundada sobre la roca.
El "por tanto" me dice que esto es una conclusión. Ya Él venía hablando, tiene tres capítulos a treinta, a cuarenta, a cincuenta, a sesenta, a mil pies de altura, a toda velocidad. Y está tejiendo a mayor velocidad. Por tanto, ya Él había hablado de dos puertas: una ancha, una estrecha. Había hablado de dos tipos de árboles: uno bueno, uno malo. Había hablado de dos tipos de seguidores: uno que le dice "Señor, Señor" pero no hace la voluntad del Padre, y otro que sí hace la voluntad del Padre. Ahora Él se propone ilustrar cómo es que estos dos seguidores lucen.
Él dice: "Te voy a hablar de dos constructores. Uno construyó sobre la roca y el otro sobre la arena." Pero esos son dos tipos de personas que tienen características en común y tienen una característica diferente. De acuerdo a lo que leímos, estas dos personas, de que Cristo usaba, ¿qué tienen en común? El hecho de que ambas oyeron las mismas palabras. Ambas oyeron las mismas recomendaciones. Ambas oyeron las mismas advertencias, como hoy.
De manera que estas dos personas no terminan en lugares distintos porque oyeron cosas distintas. Estas dos personas no terminan en lugares, en destinos distintos porque entendieron cosas distintas. No terminan en dos lugares diversos porque las advertencias no fueron las mismas. No, no, no, no. Estas dos personas oyeron exactamente la misma enseñanza. La característica que los distingue es que una puso en práctica lo que oyó y la otra no lo hizo. Esa es la única diferencia.
La palabra traducida ahí "oye", "cualquiera que oye estas palabras mías" o "cualquiera que me oye estas palabras", en el original es "akouo", que implica oír bien, entender o considerar lo que se está diciendo. Cristo está diciendo: "Cualquiera que entendió bien estas palabras mías, cualquiera que se ha sentado a considerar lo que está oyendo..." Eso nos ayuda a ver que la interpretación de lo dicho no fue la causa de que una persona terminara en un lugar y otra en otro. No, no, no. Fue la sumisión de una y la rebelión de la otra. Una obedeció y la otra no puso en práctica lo que Jesús le dijo.
Pero lo increíble es que aparentemente había un grupo no solamente de ovejas, sino, porque Cristo está haciendo alusión anterior al texto que yo leí, está haciendo alusión a falsos maestros. Hay un grupo de falsos maestros incluso que irá a decirle: "Señor, Señor, en tu nombre practicamos", veis que son maestros, "y echamos fuera demonios e hicimos milagros." Hay un grupo de maestros que se va a parar en aquel día del juicio, convencidos de que realmente ellos pertenecen a la familia de Dios, de que ellos estaban viviendo conforme al estándar que la Palabra de Dios nos da. Y eso nos dice a nosotros que ciertamente el ser humano es un maestro del autoengaño y de la autodecepción.
Ahora, esas cosas ocurren cuando una de dos: o yo no soy creyente y por tanto no puedo entender las cosas del Espíritu, porque se disciernen espiritualmente, o se pudiera dar en otros casos cuando el estándar que...
Yo tengo un concepto de lo que implica hacer un seguidor de Cristo muy bajo, y por tanto me veo ahí, pero me veo que estoy llenando el estándar. Y yo creo que hoy más que nunca estamos ahí. Yo creo que la pregunta que tenemos que considerar, incluso la próxima semana, es: ¿nosotros somos personas que creemos la Biblia o somos personas que vivimos la Biblia? Porque las únicas personas que creen la Biblia son las personas que viven la Biblia.
Yo fui entrevistado esta semana por una periodista de uno de los diarios de aquí acerca de las tres causales, y me decía: "Pastor, pero hay muchas personas creyentes en Dios y en la Biblia que realmente están de acuerdo con las tres causales". Sí, yo le decía, sí, claro, yo no tengo la menor duda, de la misma manera que mucha gente, incluyendo presidentes, dicen estar de acuerdo con la Constitución y la viven violando. Pero no la creen. Tú crees lo que vives. Solo el que vive la Biblia la cree.
Cristo le habló de estos dos constructores: uno construyó para que su obra durara, sobre la roca; el otro construyó para que su obra luciera, sobre la arena. El lucir sabía. Ahora, escucha el texto paralelo de Lucas en cuanto a la parábola, porque el texto paralelo de Lucas nos ayuda a entender un poquito más. En Lucas 6:46 Cristo retóricamente dice: "¿Por qué me dicen Señor, Señor, y no hacen lo que les digo?". E inmediatamente después dice: "Todo el que viene a mí y oye mis palabras", igual, "todo el que viene a mí y oye estas palabras mías y las pone en práctica, os mostraré a quién es semejante. Semejante a un hombre que edificó una casa". Aquí está la diferencia en Lucas: cavó hondo e hizo cimientos sobre la roca.
Cavó hasta encontrar la roca. Se supone que eso es lo ideal. Me han dicho en construcción que la zapata tú debes ir cavando hasta que tú encuentres la roca. Tengo entendido que nosotros cavamos, hubo que hacer algo especial para construir esto, porque cavamos 18 metros para abajo y no se encontró la roca. 18 por 3 son 54 pies para abajo y no había roca; hubo que hacer algo especial. Bueno, este hombre cavó profundo, cavó hondo e hizo cimientos sobre la roca, y cuando vino una inundación el torrente rompió contra aquella casa pero no pudo moverla porque había sido bien construida.
Lucas nos deja ver que hubo un constructor que cavó profundo y otro que no, que no cavó, lo dejó en la superficie. Obviamente el que cavó profundo se tardó mucho más para construir. Quizás el que, usando la ilustración de la parábola, el que no cavó, el que construyó sobre la arena, quizás ese levantó el edificio mucho más rápido. Quizás su trabajo lució mucho más eficiente, mucho más adelantado. Quizás el otro, fuerte, y el de al lado estaba debajo como quisquilloso, perdiendo tiempo, porque el otro no ha perdido tiempo en cavar. Eso da mucho trabajo. "Yo no tengo tiempo para hacer eso", o quizás le entendía que las casas y las cosas no son tan complicadas.
Cuando iban a terminar, ambas casas lucían fantásticas, extraordinarias, excepto que uno ya tenía un tiempo de construir y la otra tardó mucho más. ¿Qué fue lo que hizo la diferencia entonces? Bueno, que resulta que cambiaron las condiciones atmosféricas. Y como dicen en el norte de nuestro país, en el Cibao, rompió a llover. Comenzó a llover. Y vinieron los torrentes de agua y soplaron los vientos. Hasta ahí las casas, las construcciones lucían iguales. Pero cuando llegaron los vientos y llegaron los torrentes de agua y comenzó eso a batir contra la construcción, una permaneció y la otra se derrumbó.
En el contexto de la parábola, lo más probable es que esas condiciones del torrente de agua, los torrentes de agua y el viento soplando, representaban el día final, el día del juicio. Aquel día me dirán. Pero si tú amplías la aplicación, también esos torrentes de agua y esos vientos pudieran asemejarse a la prosperidad y las fases de la vida. Y ahora soy creyente, he hecho una profesión de fe, pero de repente mi vida se ha hecho próspera y mi nombre va tomando altura y fama, y de repente yo encuentro que eso socavó mi fe y me derrumbó. A veces son simplemente las pasiones de la carne en momentos coyunturales donde no tuve suficiente dominio propio para poder manejarlas, y me mostraron que mi amor incondicional por el Señor que me lleva a obedecerlo no estaba allí. A veces el costo de seguir a Cristo en este mundo lo considero muy alto, es difícil de pagar, y abandonamos la carrera tratando de pagar un precio menor aquí debajo para luego tener que pagar un precio mucho mayor y eterno en la otra vida.
No olvides que esas dos construcciones representan dos vidas o dos personas: una fue un simple oidor y la otra un hacedor. Santiago habla exactamente de lo mismo con el mismo lenguaje y habla de aquel que es un oidor de la palabra solamente, es como un hombre que se para frente a un espejo y luego sale y luce como que está, se piensa que está bien, pero se le olvidó cómo luce frente al espejo porque era simplemente un oidor.
"Pastor, pero ilústreme eso en la práctica, ya que me preguntaste te voy a decir". Quizás ambos creyentes van a una iglesia, es más, quizás vienen a la IBI. Quizás ambos ofrendan o diezman. Quizás ambos están en grupos de pareja, quizás están en el mismo grupo de pareja. Quizás son jóvenes que están en MIAQ, jóvenes profesionales solteros, son adolescentes en el grupo GAP o son universitarios en el grupo GAU de esta iglesia. Quizás ambos vienen a la reunión de oración. Quizás ambos levantan las manos a la hora de adorar. Quizás ambos han hecho profesión de fe, pero solamente uno tiene posesión de la fe. Quizás ambos se bautizaron, quizás lo bauticé yo. Quizás ambos han aprendido el lingo: "hermano", "siervo", "gloria a Dios", "aleluya", "no, no, para la gloria de Dios, hermano". Quizás ambos dicen amén a los sermones del pastor.
"Pero ahí bien, ilústreme con su perro, pastor". En su casa, en su trabajo, en sus círculos sociales, en sus finanzas, en sus tarjetas de crédito, su libreta de cheque, en las páginas web que visitan, en las películas que ven, en alguna de las series de Netflix, o en su Facebook, o en otras de las redes sociales, las cosas que publican lucen de una manera en uno y de otra manera en el otro. Con cierta frecuencia alguien me manda algo: "Ese pastor, mira lo que publicó Fulano o Fulana". Externamente, y frente a los hermanos, esas dos vidas se parecen. El problema es que a nivel de sus zapatas son tan distintas: alguna es rocosa y la otra es arenosa. Uno oyó y no hizo nada, el otro oyó y puso en práctica lo que oyó.
La pregunta es: ¿por qué en ese día final de revisión Cristo tendrá palabras duras como las que leímos? La respuesta pudiera ser sencilla: mientras escuchabas mis palabras, escuchabas e ignorabas las implicaciones de mis palabras. Los mensajes, los sermones, los libros, los devocionales que ustedes leen, que yo leo, las fraseologías que leemos, a la cual decimos "esto sí está bueno, déjame mandárselo a Fulano o a Fulana", tienen implicaciones para mi vida de obediencia. Y quizás Cristo pudiera decir: "El problema es que escuchaste mis palabras, leíste mis palabras, pero tú ignoraste las implicaciones. Mientras predicabas mis palabras no vivías lo que predicabas". Porque decir amén a doctrinas correctas, cantar canciones correctas o aun oír los sermones correctos no me califica para entrar al reino de los cielos. Cristo dijo muy claramente: "Obediencia quiero y no sacrificios". Para nosotros los sacrificios son todas estas cosas que hacemos. Y Cristo dice: "¿Sabes qué? Si me lo vas a poner en la balanza, prefiero la obediencia a los sacrificios".
"Señor, Señor, en tu nombre..." John Stott, una de las columnas del cristianismo del siglo XX, hace una buena observación con relación a esta confesión de "Señor". En primer lugar es diplomática, le llaman Señor. En segundo lugar es ortodoxa, porque afirman el señorío de Cristo llamándole Señor. En tercer lugar es ferviente, porque hay una repetición, y eso es como los judíos enfatizaban la importancia de algo, repitiendo la misma cosa: "Señor, Señor". Y la confesión en cuarto lugar es pública: "Profetizamos en tu nombre, enseñamos, hicimos milagros", y un furor anímico.
En una época y nación nuestra que es fácil ser cristiano, donde en el Occidente donde nadie está siendo perseguido, es muy fácil ser culturalmente cristiano y pasar desapercibido. Pero hoy quiero recordarte: no es la cultura evangélica que salva, ni siquiera el mensaje evangélico que salva, sino la conversión evangélica, la conversión verdadera que el Evangelio radical produce en aquel que ha considerado el costo antes de abrazarlo. El Señor sabe quién exhibe una cultura evangélica y quién tiene un corazón evangélico.
El problema es que la cultura evangélica se adquiere con tanta facilidad, entre meses. Entre meses de ir a la iglesia, una buena iglesia, ya estás hablando como la gente de esa iglesia habla, de manera que no es difícil adquirir una cultura evangélica. Ahora, adquirir una mente bíblica, evangélica, una conversión bíblica, evangélica, es otra cosa. Mentalmente oyó, y nadie quiere pagar el precio por ser cristiano. Nadie quiere un estándar de vida que interfiera con lo que quiere hacer, sino que esto que yo quiero hacer lo cristianizo, lo comparo con alguien que está haciendo menos que yo y lo justifico. Nadie quiere sacrificar sus deseos y aspiraciones para la gloria de Dios. Nadie. "Yo no voy a hacer eso, son necedades, yo no veo otra gente haciendo eso, yo no voy a..." Pablo se crucificó voluntariamente como Cristo lo hizo. Tampoco había ningún otro, pero a Cristo le tocó esa copa. Nadie quiere ser atacado públicamente, pues nos callamos y ya no estamos en la red, ni a izquierda, nos quedamos callados.
Yo posteaba recientemente: es que cuando tú tienes opiniones tú te callas rápidamente; cuando tú tienes convicciones tú te callas cuando te matan. Porque tú sostienes las opiniones, pero las convicciones te sostienen a ti.
Nadie quiere ser atacado públicamente, nadie quiere ser considerado estrecho de mente, nadie quiere sentirse solo. En los años 300, uno de los primeros teólogos y padres de la Iglesia, Atanasio, estaba luchando a favor de la divinidad de Cristo, y alguien le dijo: "Atanasio, ríndete, todo el mundo está negando la divinidad de Cristo." Y Atanasio respondió: "Entonces será Atanasio contra el mundo." En otras palabras, no importa lo que el resto de la gente diga, crea, no crea, no diga; yo creo, defiendo y proclamo la divinidad de Cristo.
Era regresando, ¿verdad?, a la parábola de la construcción. Muchos piensan que la roca es como una buena doctrina. No. Y que la arena es una mala doctrina. Bueno, definitivamente la arena, la mala doctrina no puede ser más que arena, pero la roca sobre la cual yo construyo no es una buena doctrina, porque hay mucha gente confiando en su buena doctrina, y definitivamente buena doctrina, pero la fe está en la doctrina y no en el Dios que me dio la doctrina.
¿Crees que no está haciendo referencia a la doctrina en el Sermón del Monte? Él está haciendo referencia a la obediencia. A eso está haciendo referencia. ¿Qué? Uno oyó y puso mis palabras en práctica y el otro no, después de haber oído las mismas palabras. "Pastor, entonces si la obediencia es lo que me califica para entrar al Reino, lo que usted está diciendo es que la salvación en último caso es por obras, ¿no?" Me entendiste mal. La salvación sigue siendo por fe solamente, es por gracia a través de la fe. Ahora, lo que demuestra la veracidad de la fe que tú dices profesar es tu obediencia.
Eso es otra cosa. La obediencia es una evidencia, no un calificativo. Es la evidencia de que mi fe es una fe salvífica, que es verdadera, que cuando yo dije "creo en Cristo" no lo dije culturalmente ni lo dije en el momento, sino que yo le entregué mi corazón, mi vida, mi mente, todo: mi curso, mi destino, mi futuro, mi pasado, mi presente, lo que ha de venir. De manera que mi obediencia afirma su señorío y mi desobediencia niega su señorío.
Cristo, en otra ocasión, quiso ilustrar exactamente lo mismo. Escucha cómo lo dijo en Mateo 21:28-31: "Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Y llegándose al primero, le dijo: Hijo, ve a trabajar hoy en la viña. Y respondiendo él, dijo: No quiero. Pero después, arrepentido, fue. Y llegándose al otro, le dijo lo mismo. Pero él respondió: Yo iré, señor. Y no fue." Cristo entonces dice: "¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?" Ellos dijeron: "El primero." Jesús les dijo: "En verdad os digo..."
Lo que viene, déjame explicártelo para que lo entiendas mejor antes de leértelo. Cristo en el contexto está tratando de ayudarles a entender que por cientos de años habían recibido ellos, como judíos, predicadores, profetas. Y después de haberlos recibido, ellos siempre diciendo "amén, gloria a Dios, aleluya, santos, santos." Al final, cuando llegó la hora de Cristo encarnarse y venir a ellos, no obedecieron. Ese es el segundo hijo, el que dijo que sí y luego no obedece. El primer hijo representa a los gentiles, los que nunca estaban creyendo en Dios, dijeron "no, no, no, no," pero después se arrepintieron y entonces obedecieron.
Mira cómo Cristo continúa en el versículo 31: "¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? Ellos dijeron: El primero. Jesús les dijo: En verdad os digo que los recaudadores de impuestos y las rameras entran en el Reino de Dios antes que vosotros, los estudiosos. Porque Juan vino a vosotros en camino de justicia y no le creísteis, pero los recaudadores de impuestos y las rameras le creyeron, y vosotros, viendo esto, ni siquiera os arrepentisteis después para creerle." Ese es el contraste. Pero tú ves que lo que Cristo está enfatizando otra vez para entrar en los cielos es la obediencia como evidencia de que verdaderamente has creído.
Juan 3:36 dice: "El que no obedece al Hijo, la ira de Dios permanece sobre él." ¡Obediencia!
Cristo siempre estuvo preocupado con las multitudes, todo el tiempo. ¿Por qué le preocupaban? Porque Él veía tanta gente. "¿Cómo yo puedo hacer que toda esta gente que realmente dice que está comprometida conmigo...?" Porque yo sé lo que viene. Yo sé qué pasó con el milagro de los panes y yo sé desde aquello que solamente andan detrás de mí en busca de señales.
Y por eso, en otra ocasión, ahora Lucas relatando, Lucas 14:25-27, otra vez grandes multitudes. He leído por lo menos tres pasajes donde multitudes, multitudes, y Él súper ocupado y cargado con esta gente. "Grandes multitudes acompañaban a Jesús, y Él, volviéndose, les dijo..." O sea, tienes que ponerte en este escenario: que Jesús viene caminando, usualmente Él iba caminando y enseñando, y hay gente que viene atrás. Entonces, como que de repente Él se percata que hay muchísima gente que le sigue atrás. Dice que Él, volviéndose, o sea, ahora les ve de frente, les dijo...
Te voy a decir lo que Cristo les dice, porque le están preocupando las multitudes: "Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo." Pero ven acá, ¿este rabino no quiere seguidores? Porque esas no son formas de conseguir seguidores.
Si tú sigues leyendo el texto de Lucas, que no seguí, Cristo entonces estimula a esa multitud a contar el costo y le dice: "¿Quién empieza a construir una torre y no calcula primero lo que le va a costar, no vaya a ser que se quede a mitad de camino? ¿Y quién va a ir a la guerra, sabiendo que vienen diez mil soldados contra él, y no va a calcular primero con cuántos soldados él va a salir?" Entonces les dice: "Tú tienes que contar el costo."
De esa misma manera, a esta multitud Cristo le está diciendo, a esta multitud, al que me escucha por la red social yo le estoy diciendo: tú tienes que contar el costo, no vaya a ser que a mitad de camino te quedes porque no contaste el costo y no estabas dispuesto a pagar dicho costo.
A Cristo, de verdad, que las multitudes le cargaban, porque Él no quería, conociendo sus corazones, continuar hablando en una dirección que ya terminara en la condenación sin haber sido previamente advertidos. Entonces les resume cuál es el costo: tú tienes que, en el contexto de lo que es el lenguaje comparativo, tú tienes que estar dispuesto a aborrecer a tu padre, a tu madre, a tu mujer, a tus hijos. Yo estoy pensando que es el lenguaje comparativo, o sea, nadie puede competir conmigo. No, no, no, no estoy diciendo que los odies, porque yo quiero que tú ames aun a tus enemigos. Pero escúchame, en el contexto de tu primer amor que te lleva a obedecerle, en ese contexto, si tú no estás dispuesto a aborrecer a tu padre, a tu madre, a tus hijos, a tu mujer, es más, tu propia vida... Nada puede competir con Él. Ni tus planes, ni tus deseos, ni tus aspiraciones, ni tus sueños, ni tu profesión, ni tus finanzas, ni tus anhelos, ni tus privilegios, ni tus derechos, ni nada en tu vida puede competir con el señorío de Cristo.
Yo no sé por qué es que no lo hemos visto, porque está tan claramente expresado por Cristo en tantos pasajes. Yo tengo que ir cerrando, pero escuchen uno más, porque al final este último yo creo que es el que me va a ayudar a aterrizar en el contexto de esta pandemia.
Tú sabes que tenemos meses sin despegarnos de qué es lo que Dios está haciendo en esta pandemia. En Lucas 9:62, Cristo le dice: "Nadie que después de poner la mano en el arado mira atrás, es apto para el Reino de Dios." ¿De cuántas maneras Él nos va a decir que ese discipulado tiene un costo, y luce de una manera, y que el costo es alto?
¿Qué tiene que ver eso con la pandemia? Esta pandemia ha hecho que mucha gente mire para atrás después de poner la mano en el arado. Algunos están siendo pulidos, otros están siendo filtrados y se están quedando en el colador. Otros aún están a prueba y no se sabe si van a pasar la prueba. Estoy convencido que algunos, o quizás muchos, jamás volverán a caminar con Jesús después de la pandemia.
Esto no es un accidente en la historia de la Iglesia. Muchas iglesias cerrarán. Se calcula ya que posiblemente, obviamente todo tiene que decirse con cuidado, posiblemente una de cada cuatro iglesias cerrarán en Estados Unidos como fruto de la pandemia. Si una de cada cuatro iglesias cerrará, o una de cada cinco, o una de cada seis, el número que sea, es porque hay un grupo de creyentes que llenaba los asientos o los bancos y que dejaron de caminar y de congregarse y de hacer vida de iglesia, y desaparecieron. Y cuando ellos desaparecieron, desaparecieron las iglesias.
Este es un tiempo de prueba. Este es un tiempo donde la fe de algunos se ha enfriado. Este es un tiempo donde la vida de oración de otros ha desaparecido. Este es un tiempo donde la necesidad de llenar el mandato de Cristo de no dejar de congregarnos, donde esa necesidad muchos no la sienten porque nos hemos acomodado. Gente con más factores de riesgo están muchas veces en las iglesias que personas jóvenes sin ningún factor de riesgo.
De manera que yo creo que en la providencia de Dios este es un mal buen tiempo. Es un mal tiempo por el dolor que causa al ver personas sufrir y otras partir a la próxima vida; desde este punto de vista es un mal tiempo. Es un buen tiempo de probar la calidad de los discípulos de Cristo, o quién es verdaderamente un discípulo. Porque hay algo que está claro en la Palabra de Dios y en los labios de Cristo: Él es Señor de todo o Señor de nada.
Padre, te alabamos, bendecimos tu nombre. Pero antes de seguir orando, nos arrepentimos porque no hemos considerado más seriamente lo que implica vivir tu señorío. Te damos gracias que Tú nos das una palabra que nos invita a reflexionar cuando entramos y revisamos los textos que tienen dos mil años de historia haciendo historia. Señor, yo creo que hoy es un buen día para renovar nuestro compromiso contigo, si así lo sentimos.
Es un buen día para pedirte perdón. Este es un buen día para arrepentirnos personalmente y colectivamente. Si has sido atraído con convicción a la vida de tus hijos, es una manera que si el Espíritu de Dios te ha traído convicción en esta mañana, ya sea porque reveló que verdaderamente, a la luz de lo escuchado y a la luz de lo que el Espíritu pudo haber hecho en ti, entendiste que no eres creyente, o aún tienes dudas de tu conversión, hoy sería un buen día para tú venir delante de Dios, pedir perdón por tus pecados en base al sacrificio de Cristo.
Decirle: "Señor, si hasta ahora yo creía que era tu hijo, pero hoy sé que no lo soy, o no estoy seguro de serlo, yo quisiera en el día de hoy, por los méritos de Cristo, por tu misericordia y ninguna otra cosa, pedirte perdón nuevamente y decirte, Señor, ahora yo no te invito simplemente a mi corazón, yo te entrego a ti mi vida incondicionalmente, con todos mis deseos, emociones, pensamientos, mi mente, mi voluntad. Yo la doblo delante de tu voluntad."
Pero quizás eres creyente, quizás estás convencido de que eres creyente, pero hoy te has dado cuenta: "Ciertamente soy un creyente en desobediencia del señorío de Cristo en esta área o en múltiples áreas de mi vida." Hoy es un buen día. "Gracias, Señor. Yo reconozco las áreas rebeldes de mi caminar y hoy vengo a doblegarme delante de ti y a decirte: tú ganas porque tú reinas. Yo pierdo, yo muero a mi propia vida y decido cargar mi cruz cada día."
Si este es tu deseo de hacer esa entrega, ese nuevo compromiso, ese arrepentimiento, si es tu deseo, yo te pido que te pongas de pie y vamos a orar juntos. Esto es una obra de Dios, no mía. Esto no es presión psicológica o emocional; esto es convicción del Espíritu, lo que tiene que ocurrir para que tenga valor.
Señor, escudriña el corazón de cada uno de nosotros. Como leyó el pastor Luis al principio: "Mira, oh Dios, si hay en mí camino de perversidad." Perdona nuestra iniquidad. Perdona nuestra liviandad. Perdona nuestra distracción. Perdona nuestros amoríos con cosas que no son tuyas ni eres tú. Renueva mi primer amor, o quizás dámelo por primera vez porque nunca lo he tenido, en la medida en que hoy tú me regeneras, me haces nacer de nuevo.
Yo hoy te entrego toda mi vida, confesándote como mi Salvador, pero reconociendo que no puedes ser Salvador sin ser Señor. De manera que yo reconozco que toda la autoridad te ha sido dada en el cielo y en la tierra, de manera que tú tienes toda la autoridad sobre mi mente, mi corazón, mis emociones, sentimientos, pasiones, mi pasado, mi presente, mi futuro, mi casa, mis finanzas, mi trabajo, mis hijos, mi esposa, todo lo que yo soy. Tú tienes autoridad sobre eso, y no la reclamo nunca más. Te entrego lo más preciado que yo he empuñado y te digo: no es mío, es tuyo.
Y ahora te pido que me sigas enseñando a obedecer todo cuanto ya tú enseñas en tu Palabra. Ayúdame a cantarte de corazón, a obedecerte de corazón, amarte de corazón, a seguirte de corazón. Y gracias doy hoy porque es tu gracia la que me trae convicción, es tu gracia la que me renueva, es tu gracia la que me ayuda a entender lo que he escuchado. Ayúdame ahora en canción a cantarte a partir de lo que has hecho hoy. Continúa renovando mi vida, y gracias una vez más por Cristo Jesús.
Un pueblo dice: amén. Amén. Nos ponemos de pie.