Miguel Núñez • 18 octubre, 2020
En el centro del universo hay un trono, y en ese trono hay alguien que sostiene un rollo sellado con siete sellos. El contenido de ese rollo representa el destino de toda la humanidad —la historia redentora completa o, según la cultura hebrea, el título de propiedad de la tierra que debe volver a su dueño legítimo. Cuando un ángel poderoso pregunta quién es digno de abrir ese rollo, el silencio que sigue es devastador: nadie en el cielo, en la tierra ni debajo de la tierra puede hacerlo. Juan llora porque entiende lo que está en juego: si no hay nadie digno, todas las promesas hechas desde Noé hasta los apóstoles quedan sin cumplir.
Pero entonces uno de los ancianos interrumpe el llanto: hay uno que ha vencido. Es el león de la tribu de Judá, la raíz de David. Sin embargo, cuando Juan levanta la vista, no ve un león imponente sino un cordero de pie, como inmolado, con marcas de sacrificio. Este cordero venció sin espada, sin abrir la boca camino a la cruz, sin reclamar derechos ni matar a nadie. Venció muriendo. Y por eso es digno de tomar el rollo y recibir poder, riquezas, sabiduría, fortaleza, honor, gloria y alabanza.
La adoración que estalla es progresiva: primero los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos, luego millones de ángeles, y finalmente toda la creación —aves, peces, rocas, cataratas, el viento mismo— se une en un cántico nuevo. Ese día viene, y los creyentes estarán allí: esperándolo aquí o regresando con él.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Señor, acabamos de cantarte que nosotros cantamos con toda la creación. Tú eres el Rey de reyes, el Señor de señores. De alguna manera tu creación proclama tu gloria. Padre, no hay nada que tú hayas hecho a través de tu Hijo que no haya sido hecho para reflejar de regreso a ti la gloria de tu ser. Nosotros estamos aquí en esta mañana para hacer exactamente eso, de alguna manera reflejar tu naturaleza, reflejar quién eres, reflejar tu santidad, proclamar la gloria de tu ser. Y nosotros te pedimos que nos ayudes, Señor, porque nos quedamos cortos una y otra vez. Es la razón por la que toda la creación necesita reunirse para de alguna manera hacer algo mucho mejor de lo que pudiéramos hacer de manera individual a la hora de reflejar lo que tú eres y lo que has hecho.
Cristo, tu nombre es poder. Tu Palabra es poder. El Espíritu que vive en nosotros es poder. De manera que en este púlpito lo único débil que existe es el predicador. Tú eres digno y yo no lo soy, Dios. Tú eres Santo, Santo, Santo y yo soy de labios impuros. No tienes manchas, pero las mías necesitan ser cubiertas. Tú nunca has hecho un error y nunca harás uno, pero yo soy un hombre falible que necesita predicar tu Palabra infalible. Por eso yo te lo declaro en tu presencia: a mí mismo incapaz, insuficiente. Por eso te pido que me hagas totalmente dependiente, que el texto controle al predicador, que el Espíritu ilumine su entendimiento, encienda su pasión, que tu santidad cubra sus manchas, y que en esta mañana nosotros nos vayamos de este lugar totalmente impactados por lo que tú nos vas a dejar ver, que Juan vio alrededor de tu trono.
Padre, esa no fue cualquier visión, y si tú abres los ojos de nuestro entendimiento, de alguna forma tú puedes transportarnos al mismo trono en inspiración e imaginación. Te pedimos que hagas lo que nosotros no podemos. Gracias por haber quitado mi mancha que fue lavada, y lavados estamos parados delante de ti en esta mañana. Y todo su pueblo dice: amén, amén.
Bueno, es bueno verles, y para aquellos que quizás están sintonizados con este segundo culto, decirles que sobre todo en este segundo tiempo tenemos sillas suficientes aún para dar cabida a muchos más, aún guardando las restricciones del lugar. De manera que les seguimos invitando a que puedan venir y puedan adherirse, agregarse al pueblo de Dios, que unidos y de manera conjunta pues canta a su Señor.
Con eso te invito a que abras el libro de Apocalipsis, capítulo 5. Te quedas ahí y vamos a darle continuación a nuestra serie "Él es el Cristo que predicamos". Y en el día de hoy estamos haciendo la segunda parte del mensaje anterior que titulamos "Crucificado como culpable y resucitado como Señor", basado precisamente en ese capítulo que acabo de citar, capítulo 5 del libro de Apocalipsis.
Muy brevemente, permítame mencionar cómo Cristo es introducido al principio de este libro. En Apocalipsis 1 él es mencionado como aquel que fue traspasado, versículo 7; como el Alfa y la Omega, versículo 8; como el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso, versículo 8 también; el primero y el último, versículo 17; y como el que vive y estuvo muerto y el que tiene las llaves de la muerte y del Hades, versículo 18. Tú puedes ver que en esas palabras hay alusiones claras a su crucifixión —el que fue traspasado—, alusiones claras a su muerte, a su resurrección —el que ha de venir—, hay alusiones a su señorío —el Todopoderoso—.
Pero en el libro de Apocalipsis, el énfasis del autor, de Juan, es Cristo como Señor de toda la creación como resultado de su muerte y resurrección. Me voy a decir eso otra vez: el centro, el foco central del libro de Apocalipsis es Cristo como Señor de toda la creación como resultado de su muerte y resurrección. Esa es la razón por la que Cristo es mencionado 28 veces como el Cordero en el libro de Apocalipsis.
Cuando tú sales de este libro y comienzas a buscar cuántas veces Cristo es mencionado como Cordero fuera de este libro, apenas te encuentras con cinco referencias: una en Isaías 53 y luego cuatro en el Nuevo Testamento —una en Juan 1:29, la próxima en Juan 1:36, Hechos 8:32 y 1 Pedro 1:19—. Cinco veces en el resto de la Biblia, 28 veces en el libro de Apocalipsis Cristo es referido como el Cordero. Y eso nos da una idea de que si bien es cierto que el tema central es Cristo como el Señor de toda la creación, no es menos cierto que el señorío resulta como consecuencia de su muerte —y de ahí su denominación, el Cordero— y su eventual resurrección.
Y con eso, con esa introducción aunque breve, yo quiero que puedas leer conmigo el capítulo 5 del libro de Apocalipsis: "En la mano derecha de aquel que estaba sentado en el trono vi un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. Vi también a un ángel poderoso que anunciaba a gran voz: ¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos? Y nadie en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra podía abrir el libro ni mirar su contenido. Yo lloraba mucho porque nadie había sido hallado digno de abrir el libro ni de mirar su contenido. Entonces uno de los ancianos me dijo: No llores; mira, el León de la tribu de Judá, la satisfacción raíz de David, ha vencido para abrir el libro y sus siete sellos. Miré, y vi entre el trono con los cuatro seres vivientes y los ancianos, a un Cordero de pie, como inmolado, que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra. Él vino y tomó el libro de la mano derecha de aquel que estaba sentado en el trono. Cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero. Cada uno tenía un arpa y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos, y cantaban un cántico nuevo diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque tú fuiste inmolado y con tu sangre compraste para Dios a gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación, y los has hecho un reino y sacerdotes para nuestro Dios, y reinarán sobre la tierra. Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono y de los seres vivientes y de los ancianos. El número de ellos era miríadas de miríadas y millares de millares, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza. Y oí decir a toda cosa creada que está en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay: Al que está sentado en el trono y al Cordero sea la alabanza, la honra, la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Los cuatro seres vivientes decían: Amén. Y los ancianos se postraron y adoraron."
Yo decía esta mañana que yo no me imagino el rostro de Juan, y mucho menos lo que sentía en su interior cuando estaba viendo y oyendo todo lo que acabo de leer. No me imagino la taquicardia que debió haber experimentado. Nosotros experimentamos taquicardia con mucho menos que eso. Me imagino que Juan estaba en medio de algo... Nunca había visto seres angelicales que no pudo nunca ni siquiera imaginarse, miles de ellos alrededor, unidos en un solo coro. No me imagino la sudoración, no me imagino la sensación de asombro, no me imagino la sensación de pequeñez que Juan debió haber experimentado ante tal visión.
Juan estaba en la isla de Patmos en el exilio cuando de repente él cae como en un trance, si pudiéramos decir, y tiene una visión. Pero esta parte de la visión, que tiene que ver con el trono de Dios, comienza en el capítulo 4 con el Dios Creador y continúa hacia el capítulo 5 hacia la adoración del Hijo como Dios Redentor. Y es una visión donde él puede ver que hay uno sentado en el trono, de quien en el capítulo anterior se había dicho que es Santo, Santo, Santo es el Señor Dios el Todopoderoso.
Cuando Juan oyó el cántico "Santo, Santo, Santo es el Señor Dios Todopoderoso", él estaba oyendo el mismo cántico que Isaías escuchó cuando él tuvo también una visión 700, 800 años atrás del mismo trono, y escuchó a serafines cantando de forma antifonal: "Santo, Santo, Santo es el Dios Todopoderoso". El que está sentado en el trono que Juan está viendo no es otro que Dios Padre. Es el mismo Anciano de Días que Daniel describe en 7:9, y de quien él habla que su vestidura era blanca como la nieve y su pelo era puro como la lana, y alrededor de su trono había fuego, y se sentó el tribunal y se abrieron los libros.
Y ahora Juan está viendo algo que Daniel no vio, y es que el que está sentado en ese trono tenía en su mano derecha un libro —posiblemente un rollo— que estaba escrito por dentro y por fuera. Con toda probabilidad era un rollo, un contenido que Juan no describe, pero dado el entendimiento del Antiguo Testamento, dado el entendimiento de la cultura, con toda probabilidad Juan tenía cierta idea de lo que el rollo pudiera representar.
Y hoy en día hay cuatro o cinco ideas distintas de qué pudo haber estado escrito en ese rollo. Yo te voy a mencionar una o dos de las más quizás aceptadas, al mismo tiempo como de las más congruentes a la luz de la revelación bíblica y a la luz de la cultura hebrea. La primera es que el libro o rollo contiene una descripción de la historia redentora con todos los juicios de Dios hasta su victoria final. William Hendriksen, famoso por su serie de comentarios, dice que este libro es simbólico del propósito de Dios con relación a todo el universo a través de la historia y relacionado a todas las criaturas, en todas las edades y a través de la eternidad: la voluntad de Dios en la historia desplegada de principio a fin, con juicios y triunfos, y el triunfo final.
La otra idea, que quizás te sea un poco menos familiar, es que el rollo representa el título de propiedad del planeta Tierra que Cristo ha venido a reclamar. Y antes de que tú pienses "¿cómo?", escucha: en la cultura hebrea la tierra nunca podía perder su dueño original, de manera que tú no podías vender la tierra para siempre.
Era más bien una especie de arrendamiento de la tierra, y para garantizar que la tierra tuviera que volver a su dueño original, Dios determinó que cada cincuenta años hubiera el año del Jubileo. En el año del Jubileo, entonces, la tierra volvía a su dueño original o a su heredero. Al mismo tiempo, en el año del Jubileo las deudas eran condonadas y los esclavos eran liberados. Y resulta que Cristo representa el Jubileo, de manera que cuando Cristo vino, Él liberó a los cautivos del pecado, las deudas fueron condonadas, y ahora la tierra, que de alguna manera parece que había sido entregada hasta cierto punto a Satanás, está siendo reclamada. Tenemos que obviamente explicar todavía un poco más acerca de esto.
Pero tenemos que recordar el relato bíblico, porque la Palabra interpreta la Palabra. Cuando nosotros decimos que la tierra había sido entregada probablemente a Satanás temporalmente y de alguna manera o parcialmente, ¿dónde nos estamos basando? Recuerda que en el desierto Satanás viene y tienta a Cristo y le dice: "Todos los reinos de este mundo te ofreceré si te postras a mis pies, porque a mí me han sido dados." Cristo no simplemente hace un ofrecimiento como general de los reinos de este mundo a Cristo como algo que pudiera representar una información falsa; él le da una razón y le dice: "La razón es que a mí me han sido dados." Cristo no argumenta lo que Satanás acaba de decir, sino que Cristo lo reprende y le dice: "Al Señor tu Dios solo adorarás." Eso puede ser verdad, pero también es verdad que solamente puedes adorar al Señor tu Dios.
Cristo mismo, en el aposento alto, horas antes de ir a crucificarse, tres veces en una sola noche, en una sola cena, momentos antes de ser crucificado, llama a Satanás el príncipe de este mundo. Y los príncipes ejercen autoridad sobre los principados. Tú lo escuchas, tú lo lees en Juan 12:31, en Juan 14:30, en Juan 16:11. En cada una de esas ocasiones ese título salió de los labios de Jesús.
Si la tierra de agricultura tenía que volver a su dueño original cada cincuenta años porque Dios es el dueño de la tierra, entonces tiene sentido que la propiedad, el control del planeta absoluto, debía regresar a Dios. De hecho, en Levítico 25:23 tú puedes leer: "Además, la tierra no se venderá en forma permanente, pues la tierra es mía." Esa es la razón: Dios nunca perdió el derecho de propiedad de la tierra, para empezar, aunque temporalmente, parcialmente, parece haber sido entregada a Satanás.
Entonces la tierra era como arrendada. ¿Qué ocurría cuando yo hacía tal cosa? Bueno, yo tomaba el título de propiedad y se sellaba. Si yo estaba arrendando la tierra, yo no le daba el título de propiedad a quien la arrendó, porque entonces es como que él era dueño de la tierra. O yo me quedaba con él, o se le entregaba a alguien en la comunidad que tuviera más poder o autoridad o mejores condiciones de seguridad para que lo guardara; alguien otro lo guardaba. Y esta persona que lo estaba guardando sabía que la única persona que tenía autoridad para recibir otra vez el título, para romper los sellos, era el dueño o el heredero del dueño. Y esos rollos se sellaban con un sello, o tres, o cinco, pero este tiene siete, siete sellos. De manera que es un rollo especial; a veces era un testamento que se guardaba de esa manera y se sellaba.
De manera que algunos piensan que el rollo representaba la historia redentora de toda la humanidad, de principio a fin. Otros piensan que este era probablemente el título de propiedad de la tierra. Y otros piensan que probablemente es una combinación de cosas: que era el título de propiedad, pero al mismo tiempo que también pudiera contener la historia redentora tal como yo la expliqué. Y quizás es la razón por la que el rollo estaba escrito por delante y por dentro y por fuera. Otros rollos estaban escritos por dentro solamente, y afuera tenían solamente un resumen pequeño de cuál era su contenido. Si tú quieres leer algo más en la Biblia de cómo funcionaba esto de un título de propiedad que era entregado a otro momentáneamente hasta que un tiempo pasara, puedes leer en Jeremías 32 cómo Dios le ordenó a Jeremías que comprara este campo, este pedazo de tierra, del hijo de su tío, y que luego lo entregara a alguien de nombre Baruc. Baruc iba a ser el que iba a sostener el título mientras tanto, como evidencia de que esa tierra que estaba siendo invadida por los babilonios iba a ser entregada o devuelta de nuevo a los judíos. De manera que hay mucho de cultura, hay mucho de lo que es la revelación bíblica, para poder pensar de la manera que estamos hablando.
De manera que ahora nosotros estamos con una visión en el cielo de alguien que está sentado en el trono, que en su mano derecha, que representa la autoridad, tiene un libro o un rollo que tiene un contenido que ya explicamos. Y ante esa realidad, como hemos dicho, luego un ángel poderoso —no dice el nombre del ángel, pero tampoco es cualquier ángel; no dice "un ángel," no, un ángel poderoso, uno de esos seres angelicales que quizá nosotros ni siquiera hemos leído acerca de él— preguntó a gran voz. Hubo una pregunta que en la visión, por lo menos, debió haber penetrado todo el universo. Y la razón por la que digo que debió haber penetrado todo el universo es por lo que ocurre después que la pregunta es hecha.
Escucha cuál es la pregunta: "¿Quién es digno de abrir el libro y de desatar sus sellos?" ¿Quién es la persona que tiene la dignidad, el derecho, el privilegio de abrir este libro, de desatar sus sellos y ver su contenido?
Escucha la respuesta. ¿Por qué yo entiendo que la pregunta, en la visión por lo menos, penetró el universo entero? "Y nadie, ni en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra, podía abrir el libro ni mirar su contenido." No hubo nadie que se atreviera a abrir su boca para responder en ninguna de esas tres regiones: el cielo, la tierra y debajo de la tierra. La cultura hebrea probablemente entendía que debajo de la tierra representaba el Seol, el lugar como el infierno temporal, pero puede representar también las tumbas de aquellos que ya habían muerto y habían ido delante. Y el ángel, este ángel poderoso, está indagando acerca de alguien que tuviera el poder, la autoridad, la santidad, el derecho y la jerarquía en el universo entero para abrir los sellos, romper los sellos y abrir el libro. Y no se encontró una sola criatura.
Si este rollo representaba la historia de la humanidad hasta su consumación y triunfo, y no había nadie que tuviera la capacidad, la dignidad para abrirlo, entonces toda esperanza posible a lo largo de la historia había sido inútil, vana, infructífera. Todas las promesas hechas a Noé, a Moisés, a Abraham, a David, a los profetas, a los apóstoles y a todos los creyentes, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento, quedarían sin cumplir. Y nosotros hubiésemos sido entre todos los hombres los más dignos de lástima; todo lo predicado y todo lo esperado hubiese ido a pique.
Y Juan estaba consciente de esa realidad. Estaba consciente, y cuando él escuchó que no se había encontrado nadie en toda la creación, esta es su respuesta natural, y con razón: "Yo lloraba mucho." Pero ¿por qué lloras, Juan? Porque nadie había sido hallado digno de abrir el libro ni de mirar su contenido. Juan sabe que lo que está en juego aquí es el futuro de la humanidad entera, incluyendo su propio futuro, y si no hay nadie que pueda abrir el libro, toda historia ha terminado en vanidad.
Algunos piensan que quizás Juan estaba llorando al mismo tiempo —no en vez de, sino al mismo tiempo— estaba llorando lo indigno que él se sentía, porque él mismo no era digno de abrir este libro, y lo sucio que se sentía en el cielo, en presencia de seres angelicales que nunca conocieron pecado, nunca experimentaron el pecado, no sabían cómo eso, cómo pecar, se sentía. Y en medio de este lugar totalmente santo, con un Cordero santo, un Dios sentado en el trono también santo, estaba Juan viendo todo lo que estaba viendo. Quizás lloraba por eso también.
Yo no sé cuánto tiempo Juan lloró, pero me imagino que Dios probablemente le permitió en la visión como que llorar por un rato, experimentar el dolor, la sensación de frustración, para que fuera real. Pero el versículo cinco dice: "Entonces, después de esta experiencia de lloro, de llanto, de desesperanza, entonces uno de los ancianos me dijo: 'No llores.'" Juan, para de llorar. Mira, es posible que Juan estuviera en el piso, ahí con su cabeza pegada al piso. "Mira, levanta la cabeza. El León de la tribu de Judá, la satisfacción Raíz de David, ha vencido para abrir el libro y sus siete sellos."
Es como que el anciano estuviera diciendo: "Juan, detente, no llores más. Hay uno, hay uno que es digno. No hay dos, pero hay uno. Yo te voy a dar su identidad. En primer lugar, Él es un león. Él tiene la fuerza del león, Él tiene la hermosura del león, Él tiene el coraje del león. Es como un león embravecido. Pero algo más: es el León, es el descendiente de la tribu de Judá." Juan, tú conoces el Antiguo Testamento. En Génesis 49:9-10, en el primer libro de la Biblia, se habló que el cetro, el gobierno, jamás se separaría de Judá. Este León viene de allí.
¿Y tienes que saber algo más, Juan? Este León, descendiente de la tribu de Judá, es la Raíz de David. David también era descendiente de Judá. Y esto es algo que nosotros sabemos no solamente del Antiguo Testamento. Isaías, escribiendo setecientos años antes de que Cristo viniera, habla en el capítulo 11 de ese descendiente de Isaí. Y tú no sé si lo sabes: ¿qué es eso? Isaí es justamente el padre de David, que vendría en el futuro. Juan, ese León ha vencido para abrir el libro y sus siete sellos.
Ahora, cuando el texto dice que ese León ha vencido, ¿qué fue lo que venció que lo calificó como digno? Bueno, por un lado, Él venció la ley que había condenado a cada ser humano a la muerte hasta ese momento. Él venció a Satanás en el desierto, lo que Adán no pudo hacer en el fresco verdor del huerto irrigado; Cristo lo hizo en la aridez del desierto, donde no había absolutamente nada.
Él venció el pecado que había vencido a toda la humanidad desde Adán y Eva. Él venció el poder político cuando trató de intimidarlo a la hora del juicio. Él venció el mundo, como él mismo dice en el aposento alto, registrado en Juan 16:33. Él venció los poderes de las tinieblas en la cruz, como dice Colosenses 2, que los desarmó e hizo un espectáculo público de ellas. Él venció la muerte cuando dejó la tumba vacía. De manera que Juan ve que él es digno porque él ha vencido todo lo que había que vencer. Para hablar de su carácter, su obediencia, su poder, su santidad, lo calificaron, calificaron al León como el Cordero de Dios en la cruz. ¡Qué paradójico! El León que es un Cordero, Cordero y León al mismo tiempo.
Ahora escucha, porque lo que te voy a mencionar ahora debe constituir tu patrón, tu patrón, tu patrón, mi patrón de vida. El Cordero ha vencido, nosotros estamos luchando todavía en este mundo, y la única manera que tú puedes vencer es si tú vences como él venció. Su poder no fue demostrado derribando a los hombres como los grandes emperadores, sino soportando los insultos, los abusos, las burlas y aun la tortura de los hombres. En primer lugar, él tuvo una victoria a través de un poder extraordinario, pero su poder no fue demostrado tumbando a los poderosos como hacían los emperadores, sino soportando los insultos, los abusos, las burlas y aun la tortura de los hombres. Su carácter no fue demostrado imponiendo su voluntad, sino sometiendo la suya. ¿Estás viendo cuál es el patrón de victoria?
Su autoridad no fue demostrada subyugando a los hombres, sino convenciendo a los hombres por medio de su forma de vivir de que esa era la manera de triunfar, hasta el punto que después de su muerte muchos de sus discípulos terminaron dando la vida como él también la dio. Y su santidad no fue demostrada tanto en hacer obras de bien; no fueron las cosas que él hizo las que pusieron de manifiesto su santidad, sino que su santidad fue demostrada amando a Dios Padre por encima de todas las cosas y a su prójimo como a sí mismo. Eso es cómo él triunfó.
Cuando Juan escuchó la voz del ángel, es como que Juan estaba mirando cuando el ángel dice: "Mira". Para llorar, quizás Juan estaba mirando el trono, tenía sentido, y ahí estaba sentado el Anciano de Días. O sea, ahí que está el Cordero, y dice el texto que él miró y vio entre el trono. No detrás del trono, no al lado del trono, entre el trono. En otras palabras, él está compartiendo el trono con Dios Padre. Él tiene la misma autoridad.
Con los cuatro seres vivientes y los ancianos, ¿qué fue lo que él vio? A un Cordero de pie, no sentado, no acostado porque no estaba muerto, estaba de pie, estaba vivo. Como inmolado. Yo no sé cómo Juan pudo identificar que estaba inmolado, quizás vio sus cicatrices, quizás sus vestiduras estaban teñidas de sangre como veremos el próximo domingo, pero él vio a un Cordero como inmolado que tenía... Era un Cordero un poco extraño, tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra.
De manera que este Cordero no es un cordero común y corriente. En el lenguaje bíblico, en la historia redentora, los cuernos usualmente representan poder. Cuando tú lees la visión de Daniel, donde él ve a Alejandro Magno surgir, él vio un cuerno. De esta misma manera, ahora se nos dice que este Cordero tenía no un cuerno, no tres, sino siete, el número simbólico de perfección. Esto no es un cuerno, esto es un Cordero todopoderoso. Y además el Cordero tiene siete ojos. ¿Qué representan estos ojos? El texto lo dice: son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra. Representan el Espíritu Santo, el tercer elemento, la tercera persona de la Trinidad, que también está en el trono. Y el siete habla de su omnisciencia, su conocimiento, todo lo que él conoce, todo lo que él ve instantáneamente y simultáneamente. El Espíritu de Dios, dice Pablo a los corintios, es el único que tiene la habilidad y la capacidad de poder penetrar los pensamientos de Dios. Él estaba ahí también. Y es obvio que el Cordero inmolado es Cristo.
Y de repente Juan ve algo como insólito: que está el Padre, que está el rollo en su mano derecha que representa autoridad, y Juan dice que él vino y tomó el libro de la mano derecha de aquel que estaba sentado en el trono. El Padre no objeta, el Padre permanece en silencio. Su silencio es la aprobación de que el Cordero tiene el derecho y tiene la autoridad de quitarle el rollo de su mano, porque el Cordero es quien está a cargo de la historia de la humanidad ahora.
Ya no hay un príncipe de este mundo. Él es, el Hijo está a cargo del universo. Él vino para rescatar lo que se había perdido. Él vino a restablecer el orden establecido originalmente. Él vino para deshacer las obras del diablo, dice Primera de Juan. Él vino para poner fin al dolor, al sufrimiento, a las pérdidas, a las lágrimas, a las insatisfacciones de los hijos de Dios. Él es el que está a cargo. Esa es la razón por la que nosotros leímos el domingo pasado como la primera parte de la Gran Comisión, cuando Cristo dice: "Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra." Cualquier autoridad que Satanás pudo haber tenido temporalmente, parcialmente, para decirle: "Te ofrezco todos los reinos de este mundo si te postras a mis pies," ya terminó. Jamás Satanás podría pronunciar palabras semejantes. Cristo estaba a cargo de la historia, a cargo de la creación, y él tenía toda autoridad en todos los rincones de la creación.
Yo tengo que recordar: Satanás es un enemigo derrotado. Cuando Cristo triunfó, yo triunfé. Él y todos los elegidos de Dios. Cuando Cristo murió, yo morí. Cuando Cristo hizo lo que hizo, lo hizo por nosotros. Cuando Cristo resucitó, yo resucité. Cuando Cristo se sentó a la diestra del Padre, cuando Pablo dice que nosotros estamos sentados a la diestra del Padre, ¿sabes por qué? Porque yo estoy en Cristo, de manera que donde él esté yo estoy. Lo que él herede yo heredo, lo que él gane yo gano, lo que él triunfó yo triunfo.
Cuando tomó el libro, Dios Padre se quedó callado. El Cordero tomó el libro, él es el que es digno. Cuando tomó el libro, esto trae una reacción inmediata. Sin instrucciones, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero. Y cada uno tenía un arpa y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos. En el capítulo anterior, en el capítulo cuatro, estos seres vivientes y estos ancianos se postran delante del que estaba sentado en el trono, Dios Padre. Ahora se postran delante del Cordero, que tiene la misma divinidad y dignidad que el Padre.
Los veinticuatro ancianos se ha pensado que quizás representan todo el pueblo de Dios: las doce tribus de Israel, los doce apóstoles del Nuevo Testamento. Pero ellos tienen algo que aquí es claramente identificado y que entendemos que es para que tú y yo entendamos algo de cierta importancia: es que ellos tienen incienso, tienen copas llenas de incienso. Y si el texto no nos dijera el simbolismo del incienso, no sabríamos qué representaría, pero el texto claramente dice que el incienso son las oraciones de los santos.
Imagina que en esta visión extraordinaria, grandiosa, del trono de Dios, a Dios se le ocurrió revelarle a Juan que las oraciones de los santos juegan un rol importante en la historia redentora. Que aunque Dios tiene una voluntad soberana por medio de la cual él decide todo lo que decide, en el diseño de su plan, de una forma que nosotros no entendemos, Dios juntó su soberanía con las oraciones de su pueblo para llevar a cabo lo que va a llevar a cabo. Por eso es que Santiago nos dice: "No tenéis porque no pedís." En el trono hay incienso presente para Juan, para que él pueda ver que estas oraciones han llegado hasta aquí, han sido oídas, han sido tomadas en consideración. Y yo quiero que tú lo veas.
Cuando estos ancianos se postran, cuando estos seres vivientes se postran, esta es la consumación de Filipenses 2:9: "Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo," después de su muerte, "y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre." Es exactamente lo que Pablo había revelado: que después de la muerte y resurrección de Cristo, Dios le había conferido un nombre sobre todo nombre, de manera que todo el mundo, en estos tres renglones —el cielo, la tierra y debajo de la tierra— se postrara delante del Cordero al nombre de Jesús, tal cual lo vimos aquí.
Ahora, cuando ellos se postraron, no se quedaron ahí en silencio. No había manera que ellos se pudieran quedar en silencio ante tal visión y ante tal evento. Escucha el versículo 9: "Y cantaban un cántico nuevo." Claro, esta es la primera vez que algo así ocurre. Esta es la primera ocasión donde el Cordero está siendo reconocido por lo que hizo y por lo que es. Por tanto, no vamos a cantar un canto conocido. Imagínate la capacidad de creatividad que debe haber en los cielos para que cada vez que sea necesario volver a crear un cántico nuevo se pueda crear. Y aquí estaban ellos cantando un cántico nuevo, y esto es lo que decían: "Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque tú fuiste inmolado y con tu sangre compraste para Dios gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación."
Juan está viendo algo que nunca se había visto: el reconocimiento de que el Cordero es digno porque él compró gente de toda la tierra. La palabra traducida como "comprar" viene de la palabra en el griego agorazó. El ágora, ya les he hablado en otras ocasiones, era el mercado, y agorazó era como la compra de, en este caso, la compra de esclavos para ser dejados libres. Y Cristo fue al mercado de esclavos e hizo una selección de gente de todo pueblo, tribu, lengua y nación, y pagó con sangre para sacarlos de allí y dejarlos libres. Y eso es lo que hace al Cordero digno, porque tú compraste gente de esa manera.
Lo que tú estás viendo es la consumación de la gran comisión: ir por todo el mundo, hacer discípulos y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Quiénes están en el trono? Está el Padre sentado, está el Cordero de pie, está el Espíritu de Dios representado por estos siete ojos enviados por la tierra. Dios Padre y Dios Hijo, dijo Cristo, fueron los dos que enviaron al Espíritu cuando vino en Pentecostés.
La autoridad que Satanás le ofreció a Cristo en el desierto, vía un atajo sobre los reinos de este mundo, ahora le ha sido otorgada a Cristo, pero de forma legítima, habiendo llevado a cabo la tarea que le fue encomendada. "Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra." Para su victoria, escucha lo que su victoria logró, lo que su muerte y su resurrección logró: "Y los has hecho un reino y sacerdotes para nuestro Dios, y reinarán sobre la tierra."
Eso fue exactamente lo mismo que Dios le dijo a la nación de Israel, pero que ellos perdieron. En Éxodo 19, antes de recibir los diez mandamientos, Dios le dijo a Israel exactamente lo que tú acabas de leer. Escucha, te lo voy a leer: "Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa. Estas son las palabras que dirás a los israelitas." Y luego de nosotros se dice en Primera de Pedro 2:9 que somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios.
No es poca cosa ser comprado a precio de sangre como esclavo del pecado y ser convertido en sacerdotes para Dios, en una nación santa, y luego para ser posesión de Dios y proclamar sus virtudes. En otras palabras, no me sacaron del pecado para que yo siga mostrando mi vida de pecado, sino para que yo pueda mostrar las virtudes de aquel que me sacó del mercado de esclavos.
Dios siempre quiso hacer la misma cosa. Escucha, cuando Dios creó a Adán y Eva, le dijo: "Creced y multiplicaos y llenad la tierra." Llenad la tierra de mi imagen. Eso es lo que Dios estaba diciendo: gobierna la tierra, llénala por completo y llénala de mi imagen. Mi gloria será reflejada. Adán fracasó y fue expulsado del jardín junto con Eva.
Dios saca a Israel de Egipto, de la esclavitud. Al pie del monte Sinaí le dice: "Te he sacado para hacer de ti una nación de sacerdotes y una nación santa" (Éxodo 19:6). E Israel fracasó y fue expulsada y llevada al exilio. Cristo viene ahora; Él no es expulsado, Él voluntariamente sale de la gloria para llevarme a la gloria, y sale de su tumba para sacarme de la mía, para hacernos un reino de sacerdotes y una nación santa.
Juan está en medio de todo esto. Él ha visto cosas extraordinarias. Lo que él todavía no ha visto es lo que está a punto de ocurrir. Él vio, el texto lo dice, a alguien sentado en el trono, el Cordero de pie, él ve cuatro seres vivientes, veinticuatro ancianos; hay como veintiocho seres allí. Pero de repente él como que mira en otra dirección. Él dice: "Y miré." O quizás Juan estaba todavía con la cabeza en el piso, él había vuelto a ponerla en el piso, y quizás él volvió a levantarla y miró.
Y escucha ahora: "Y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono y de los seres vivientes y de los ancianos." Yo había visto los cuatro seres vivientes, los veinticuatro ancianos. Lo que yo no había visto es lo que ahora yo comencé a contemplar, y es que yo oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono. Es que ha venido un coro enorme a unirse a estos veintiocho seres que estaban presentes, y el número de ellos era miríadas de miríadas. Eso es como diez mil, pero era como el número más alto que tú podías contar en ese lenguaje originalmente. Y millares de millares, entiéndase millones. Millones de ángeles se han unido a estas veintiocho figuras iniciales y han comenzado a cantar.
¿Te imaginas qué tipo de coro debió haber sido eso? ¿Te imaginas la sensación de Juan, lo pequeño que se siente, un ser humano mortal, todavía pecaminoso, en medio de toda esta santidad de millones de seres angelicales que están cantando a gran voz? "El Cordero que fue inmolado es digno de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza."
El coro se ha agigantado. La corte celestial no puede contenerse, no puede dejar de alabar y de exaltar al nombre de aquel que era, que es y que ha de venir. Y eso es lo que ellos dicen: Él es digno de recibir el poder. Sí, todo poder humano y todo poder no humano, angelical, tiene que estar rendido a sus pies, porque solamente Él es todopoderoso y digno. Él es digno de recibir toda la riqueza, dice este cántico, claro, porque todo fue hecho por Él, para Él y es Él. El único digno de recibir la sabiduría, claro, porque es un Dios omnisciente, de manera que nosotros debemos reconocer la sabiduría extraordinaria de nuestro Dios.
Ahora, déjame darte una idea de cómo esa sabiduría lució en la obra redentora, porque es una sabiduría que supo triunfar. La sabiduría de Cristo. O sea, ellos están cantando a Cristo, el Cordero que fue inmolado, y están diciendo que Él es digno de recibir toda la sabiduría. Entonces, ¿cuál es la sabiduría que Cristo desplegó cuando venció? Porque eso debe formar tu patrón de vida si quieres vencer, y mi patrón de vida por igual.
Cristo triunfó sin abrir la boca camino a la cruz. Cristo triunfó sin hacer uso de una sola espada; de hecho, cuando Pedro desenvainó la espada, Él le ordenó que la volviera a guardar y sanó la oreja de aquel a quien Pedro había herido. Cristo triunfó sin matar a una sola persona, sino decidiendo morir Él. Ese es el patrón de triunfo para los hijos de Dios que viven en este mundo pero que pertenecen al reino de los cielos. Cristo triunfó sin reclamar un solo derecho y murió para enderezarnos a nosotros, que estábamos torcidos. Cristo triunfó sin mencionar lo que había hecho.
Para tú conquistar el mundo de esa manera, sin hablar, sin una espada, sin matar a una sola persona, sin reclamar derecho ni privilegio y sin mencionar nada de lo que hiciste, eso requiere de una sabiduría especial. Cristo triunfó así. Es digno el Cordero de recibir toda la sabiduría.
Y el cántico no termina. Él es digno de recibir la fortaleza, claro, porque Él sostiene el universo entero por el poder de su palabra. El corredor de la creación, cuando Adán y Eva la arruinaron, Él se convirtió en el autor de la redención. Y Él es digno de recibir la alabanza, claro, porque eso es lo que ellos están haciendo, la respuesta natural a lo que el Cordero es y el Cordero ha hecho.
El Cordero inmolado, el Cordero sin mancha, el Cordero que dio su vida por nosotros, el Cordero que prefirió servir antes de ser servido, el Cordero que dejó sus privilegios, el Cordero que no consideró la igualdad con Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo. Eso es cómo Él demuestra su poder: en la fortaleza de la debilidad. Él es el Cordero más poderoso de la creación. Usualmente las ovejas o corderos son vistos como animales indefensos, tímidos, temerosos. No, este es un León.
La adoración pasó, yo te dije, de veintiocho seres angelicales a millones de ángeles. Pero todavía, todavía el coro como que no era suficiente. Versículo 13: "Y oí decir a toda cosa creada que está en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay." ¿Sabes? Toda cosa creada se ha unido a este coro de millones de seres angelicales, de veinticuatro ancianos y cuatro seres vivientes.
Yo me imagino, el texto dice toda cosa creada, yo me imagino todas las aves del cielo, los peces del mar, las rocas, las cavernas, las flores del campo. Me imagino algo como esto: los animales, cada uno con sus cánticos respectivos. Imagino las ballenas saltando en el aire y cantando como ya saben hacerlo, a la gloria de su Creador. Me imagino las aves volando y con su cántico típico de cada especie, y haciendo el flap de las alas quizá de una forma armónica, de una forma que pudiera revelar la gloria de su Creador también. Las plantas, quizás movidas por el viento de una manera que sus hojas hacen un ruido que revela también lo glorioso de ese Ser que les dio vida. El viento soplando de nuevo.
Me imagino las aguas de las cataratas incrementándose en volumen, el ruido de las cataratas al caer, dando gloria a su Creador. Me imagino las olas chocando contra los arrecifes, también creando un ruido extraordinario. Y todo esto unido a las voces de los seres angelicales y de los santos del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, dando honra y gloria al Creador, al Cordero que vive por los siglos de los siglos. También amén. Toda cosa creada participando, las rocas cayendo y haciendo otro ruido más a su Creador.
"Al que está sentado en el trono y al Cordero sea la alabanza, la honra, la gloria y el dominio por los siglos de los siglos." Los cuatro seres vivientes decían: "Amén, amén." Y los ancianos se postraron y adoraron.
Ahora sabes que ese ejército celestial no se va a quedar ahí para siempre, porque va a llegar el día, simbólicamente hablando, en que el Cordero se va a montar en un caballo blanco. Y Él va a descender a la tierra y Él viene acompañado de todo el ejército celestial, ya no de gloria, a buscar a las naciones, a salvar a sus hijos, a morar con sus hijos en este planeta que Él vino a redimir de una vez y para siempre.
Y reinaremos con Él, seremos un reino de sacerdotes y una nación santa, y estaremos en la tierra, y estaremos en su presencia, y la luz del Cordero será la luz que nos alumbrará. El Rey de reyes y el Señor de señores hará su aparición. Y nosotros le veremos, todo ojo le verá. Hasta los ciegos lo van a ver, todo ojo le verá.
Este será el fin del pecado, el fin del dolor, el fin de las pérdidas, el fin de las enemistades, el fin de la muerte, el fin de todo lo que el pecado trajo a nuestras vidas. Será un día glorioso, y en ese día nosotros también nos uniremos si estamos aquí vivos, en vez de estar allá arriba regresando con Él. Eso es lo bueno, que nosotros lo esperamos aquí o venimos con Él. ¿Imaginas eso? Pero no nos vamos a quedar solos: estamos esperando o regresando. Todos juntos.
Y al que está sentado en el trono y al Cordero, la alabanza, la honra, la gloria y el dominio. Y luego viene toda cosa creada haciendo un ruido: el agua, la roca, el viento, las aves, los peces, todo el mundo haciendo un ruido, algo nuevo, un cántico nuevo a nuestro Dios creador y redentor.
No puedo esperar que llegue ese día. No puedo esperar que nuestro Dios haga su aparición, que el Cordero venga simbólicamente en este caballo blanco, y donde nosotros podamos decir: "Aquí vamos nosotros con Él" o "Aquí estamos nosotros esperándolo". Es un día de gran gozo, de gran celebración. Para otros, día de gran dolor. Pero para los que hemos muerto en Cristo, no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. Y seremos entonces sus ministros en el nuevo Reino.
No habrá elecciones cada cuatro años. Un solo Rey por el resto de la eternidad. Un Rey justo, un Rey santo, un Rey poderoso, un Rey amoroso, bondadoso. Un Rey que lo comparte todo con nosotros, que conquistó para darnos nuestra herencia y compartirla con sus hijos. Ese es nuestro Dios, a Él adoramos.
"Pastor, pero esta gente en el cielo que está con este cántico... yo tengo que ir a trabajar, yo no puedo cantar en mi escritorio." Hermano, tu vida tiene que ser un cántico nuevo todos los días al Señor. Lo que no puedas cantar con los labios, que tu vida lo cante, que tu vida lo refleje, que tu rostro lo pueda reflejar a otros. Tú eres un canto en sí mismo, en sí misma, para la gloria de tu Dios.
¿Tú quieres ver al Cristo regresando? ¿Quieres que siga predicando? No, ven el próximo domingo. Apocalipsis 19, lo puedes ir leyendo. Y ahí vamos a ver cómo regresa, cómo Él regresa. Lee Apocalipsis 19 y comienza en tu casa esta semana. Y en lo que Él llega, comienza a vivir como si fuera a llegar esta noche, porque eso nos pidió.
Padre, gracias por tu satisfacción. Padre, gracias por tu Palabra, tu recordatorio. Gracias por el que ha vencido. Gracias a que hay uno que es digno. No hay dos, no hay tres, solo uno. Y no necesitamos más que uno: el León de la tribu de Judá, el Cordero que fue inmolado, el que era, el que fue, el que es y que vendrá. El primero y el último, el Alfa y Omega, principio y fin, la satisfacción. Padre, gracias por tu palabra, la raíz de David, el satisfacción. Padre, gracias por tu palabra, el lucero de la mañana, el lirio de los valles, el Verbo de Dios, el satisfacción. Padre, gracias por tu palabra el satisfacción. Padre, gracias por tu palabra, el satisfacción Unigénito, el Santo de Israel, el satisfacción Capitán de los ejércitos celestiales.
Oh Dios, oh Señor Jesús, Tú eres. Tú eres el Cristo que predicamos. Para tu gloria lo hacemos. En tu nombre hemos predicado en esta mañana, y todo su pueblo dice: Amén.