Integridad y Sabiduria
Sermones

Cristo, el libertador por excelencia

Miguel Núñez 31 mayo, 2020

Si hubiera que describir la condición de la humanidad después de la caída con una sola palabra, esa palabra sería esclavitud. La gente vive prisionera de su pasado, de pasiones, de temores, de deudas, de expectativas irreales, de heridas que rehúsa sanar, de mentiras que ha creído y de mentiras que ha dicho. Y lo más triste es que muchos prefieren quedarse en prisiones que les resultan familiares: la puerta está cerrada, pero el seguro está por dentro. Por eso Jesús dijo que conoceríamos la verdad y la verdad nos haría libres: detrás de cada prisión hay una mentira, y solo la verdad puede romper esas cadenas.

Cuando Jesús llegó a la sinagoga de Nazaret y leyó Isaías 61, definió su misión como una proclamación del evangelio a los pobres. Pero esa pobreza no es principalmente material, sino espiritual. El ser humano está en bancarrota moral, incapaz de pagar su deuda con obras que, ante el escrutinio de Dios, resultan ser como dinero falso. Cristo vino a proclamar libertad a los cautivos del pecado, a dar vista a los ciegos espirituales, a liberar a los oprimidos. El pecado ciega, oculta, minimiza, justifica y destruye mientras hace sentir bien a su víctima, hasta que aprieta la soga al cuello.

Cristo también vino a proclamar el año favorable del Señor, el gran jubileo donde las deudas son canceladas y lo perdido es restaurado. En él comenzamos a recobrar el tiempo perdido, el gozo perdido, las oportunidades perdidas. Ahora es el tiempo de la gracia, la oportunidad del arrepentimiento. Porque al que el Hijo del hombre hace libre, es verdaderamente libre.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Nuestro siguiente servicio será realizado sin público presente. Damos gracias al Señor por la oportunidad que nos da de estar unidos como iglesia en oración y adoración, aun desde nuestros hogares, en la intimidad familiar. Recordemos que la iglesia no es un edificio; somos cada uno de nosotros, en quienes mora la presencia de Su Espíritu Santo. Es nuestra oración que el Señor siga obrando en nuestras vidas en medio de estos tiempos como los que estamos viviendo.

Bueno, yo quisiera comenzar, quizás, escudriñando antes de la Palabra. Antes de escudriñar la Palabra, yo quisiera como escudriñar un poco tu mente y hacerte una pregunta que nos permita comenzar a dirigir el mensaje en la dirección hacia donde yo quiero llevarlo. Si alguien te preguntara y te pidiera que definieras en una sola palabra, una sola palabra, la condición de la raza humana después de la caída de Adán y Eva, ¿cuál sería esa palabra que tú escogerías? Piensa por un momento; yo hice el ejercicio esta semana. En una palabra tú vas a describir la condición de la raza humana. De todas las palabras que pudiéramos elegir, ¿cuál sería ese término? Yo no sé cuál tú estás pensando, si ya tienes uno en tu mente, pero yo elegí la palabra esclavitud.

No importa hacia dónde tú mires, en qué dirección tú miras, incluso si miras hacia dentro de ti mismo muchas veces, la gente a tu alrededor está esclava y es prisionera. Es esclava o es prisionera de algo con cierta frecuencia. La gente vive pensando que es libre, estando todo el tiempo esclavizada a una serie de cosas que yo quisiera explorar como introducción a nuestro mensaje en el día de hoy.

La gente tiene una idea de lo que la libertad es, y esa idea está tan divorciada de lo que la Palabra podría describir como libertad. Yo creo que eso es un concepto vital, porque a menos que yo entienda la idea que Cristo tuvo cuando vino a proclamar libertad a los cautivos, el mensaje de hoy y el mensaje de Cristo en un sentido tendría poco sentido.

Déjame darte algunas ideas. La gente vive prisionera de su pasado, de sus fracasos, de sus caídas, de sus tropiezos. La gente vive prisionera de pasiones, de lujuria, de avaricia, de deseos de poder. La gente vive prisionera de temores. De hecho, a nuestra congregación ha habido más de una vez, me han oído decir que el mundo vive empujado por el temor: temor al fracaso, temor al futuro, temor a la incapacidad financiera que pudiera tener mañana, o temor al COVID en medio de la epidemia en que nosotros nos encontramos. Pero ciertamente el temor maneja al mundo. La gente vive prisionera, prisionera de sus deudas, prisionera de expectativas, expectativas irreales, prisionera incluso de sueños que nunca se van a materializar, a pesar de que continuamente vivimos soñando con ellos.

La gente vive esclavizada, esclavizada a heridas, resentimientos, a heridas que rehúsa sanar, a rencores, a amarguras, a mentiras que ha creído y a mentiras que ha dicho, que luego necesita seguir mintiendo para poder ocultar las que dijo una vez, que no sabe cómo salir de ellas. Esa fue mi experiencia esta semana hablando con una de mis pacientes. Necesito hacer esto de manera muy anónima, pero yo le preguntaba cómo se sentía en ese día y me dijo: "Bueno, doctor, yo me siento mejor físicamente, muy mejor", y ahí comenzó a llorar y me dice: "Pero yo estoy muy triste". Y cuando le pregunto que por qué estaba triste si se sentía tan mejor, me dice: "La realidad es que yo tengo cinco años mintiéndole a mi familia, diciendo que estoy bien, pero yo no estoy bien. Yo tengo cuatro, cinco años sintiéndome mal". Yo le prometí que regresaría al día siguiente para conversar con ella más a fondo.

La gente vive prisionera de orgullo, de sentido de belleza, de sentido de deseo de control. La gente vive esclavizada rebelándose continuamente, pensando que libertad es poder hacer lo que yo quiero hacer. Esa es la idea, es la idea del ser humano desde Adán, desde quizás los infiernos, y a los que te han dicho que libertad es verdaderamente poder hacer lo que yo quiero. La gente tiene ese falso concepto de lo que es la libertad. Es la razón por la que Cristo, en un momento dado, dijo: "Al que el Hijo del Hombre hace libre", escucha ahora, "es verdaderamente libre". En otras palabras, hay un concepto falso de la libertad, y Cristo estaba infiriendo: "Yo no estoy hablando de esa libertad. Yo estoy hablando de otra libertad, y al que el Hijo del Hombre hace libre es verdaderamente libre".

La gente define la libertad, y voy a usar varias citas de un libro que me ha ministrado mucho últimamente y que tiene por nombre "The Cross Before Me", y ahí hay todo un capítulo acerca de cómo luce la libertad cruciforme. Entonces la gente define lo que es la libertad como la ausencia de restricción, de obstáculos o de interferencia. Si yo no tengo obstáculos, si nada en mi vida está interfiriendo con mis planes, entonces yo soy libre. El autor agrega: "Yo soy libre", piensan muchos, "cuando nada me impide hacer lo que yo quiero". Para otros significa romper las fronteras: no reglas, no límites, nadie me dice a mí lo que yo tengo que hacer, yo decido por mí mismo.

Y la realidad es que cuando yo vengo a Cristo, yo tengo que ver la libertad a la luz de la cruz, como se supone que yo vea todas y cada una de las áreas de mi vida. Todas las definiciones, todo lo que yo creía, todas las ideas, todos los conceptos que yo antes tenía acerca de lo que sea la vida, yo necesito comenzar a verlo a la luz de la cruz. La cruz es como un nuevo lente a través del cual yo voy a poder redefinir lo que yo antes creía conocer.

Cité a un autor que dice: "Lo triste, o lo cierto, es que la gente vive prisionera de su propio pecado". Y entonces agrega: "Lo que hace el pecado tan triste es que preferimos las prisiones que nos son familiares". Preferimos quedarnos en prisiones que nosotros conocemos, que nos son familiares, y él termina diciendo: "La puerta está cerrada, pero con el seguro por dentro". ¡Wow! Estoy en una prisión, no quiero salir de ahí porque me es familiar. Ciertamente la puerta está cerrada, ciertamente la puerta tiene seguro, pero el seguro está por dentro donde yo estoy, de manera que yo estoy ahí, pero me mantengo ahí porque yo he decidido quedarme allí dentro.

Y una vez más, yo quiero recordarte antes de entrar en materia que es la razón por la que Cristo dice: "Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres". ¿Tú entendiste lo que Cristo acababa de decir? Dejarnos ver que la razón de la prisión es la mentira. Detrás de cada prisión en la que tú y yo hemos vivido o estamos viviendo, hay una mentira o más de una mentira. Y por eso Cristo dice: "Cuando conozcas la verdad, la verdad te hará libre". No hay ningún otro lugar donde tú puedas ser verdaderamente libre que no sea en la verdad.

Es por eso que yo he querido titular el mensaje de hoy: "Cristo, el libertador por excelencia", bajo la serie que estamos haciendo de "Él es el Cristo que predicamos". Y para eso yo quiero invitarte a que tomes el libro de Lucas, capítulo 4, y tú puedas leer conmigo comenzando en el versículo 14 hasta el 22:

"Jesús regresó a Galilea en el poder del Espíritu, y las nuevas acerca de él se divulgaban por toda aquella comarca. Y enseñaba en sus sinagogas, siendo alabado por todos. Llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en la sinagoga el día de reposo, y se levantó a leer. Le dieron el libro del profeta Isaías, y abriendo el libro, halló el lugar donde estaba escrito: 'El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año favorable del Señor'. Cerrando el libro, lo devolvió al asistente y se sentó. Y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él".

Ahora imagínate esto: Cristo apenas acabó de leer un texto. Él no ha expuesto el texto. Lo que salió de él, salió con tal poder y autoridad, y al mismo tiempo con tanta gracia, que antes de incluso explicar o decir cualquier otra cosa, los ojos de todos estaban puestos en él por escuchar lo que sigue. Y comenzó a decirles: "Hoy se ha cumplido esta satisfacción que habéis oído".

Ahora sí, los ojos están puestos en él y todos hablaban bien de él y se maravillaban. Escucha esta frase: de las palabras llenas de gracia. Ahora le está exponiendo, ahora le está exponiendo. Se maravillaban de las palabras llenas de gracia que salían de su boca y decían: "¿No es este el hijo de José?" Es como: no puede ser, no puede ser que alguien haya leído con tal autoridad y haya podido hablar con tal ternura de gracia, y que este sea la misma persona que nosotros hemos conocido como el hijo de José, el hijo de José y María. "¿No es este?" De manera que ahora, con ese texto en mente, yo quisiera comenzar a explorar y a escudriñar lo que Dios dejó ahí plasmado para su iglesia.

Este pasaje en esta ocasión nos habla de la misión de Cristo, la misión para la cual él vino. Y él la definió de diferentes maneras. Es interesante cuando tú lees los evangelios ver cómo Cristo definió su misión aquí en la tierra de diferentes maneras en diferentes ocasiones, no de formas contradictorias sino más bien complementarias. Yo creo que nosotros necesitamos hacer el ejercicio para entender mejor cuán amplia fue la misión de Cristo.

Déjame darte una idea. En una ocasión en particular Cristo dijo que él vino a dar su vida en rescate por muchos, en Marcos 10:45. De manera que en ese momento esa fue como la definición de su vida: morir. "Yo vine a dar mi vida para rescatar a muchos de la muerte." En ese mismo versículo que acabo de citar, Marcos 10:45, Cristo dice enseguida: "Yo quiero que entienda también que yo no vine a ser servido, yo vine a servir." O sea que esta es parte de mi misión: ser un siervo. No es ser un señor sobre ustedes, yo voy a ser un siervo para ustedes. En otra oportunidad enseñó que él vino no a abolir la ley sino a cumplir la ley. Él pudo haber dicho: "Bueno, esta es parte de mi misión." Mateo 5:17: "Yo no he venido a abolir, a deshacer la ley, a dejarla a un lado, a decir que la ley ya quedó atrás como antiguo. No, yo vine a cumplir. Luego hablaremos de cómo esa ley pudiera quedar atrás después que yo haya cumplido mi misión."

Y al final de sus días, cuando estaba siendo entrevistado por Pilato, él claramente definió su misión de esta manera: "Yo vine para dar testimonio de la verdad, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres." Cristo estaba consciente de que el problema número uno de la humanidad es su esclavitud. Estaba también consciente de que esa esclavitud estaba ocasionada por una mentira, o más, que el hombre ha llegado a creer, y que la única manera de salir de dicha prisión o dicha esclavitud es conociendo la verdad.

El texto de hoy nos dice que Jesús vino a Nazaret. Ese fue su lugar donde él creció, donde él era conocido. La ciudad estaba en Galilea. Galilea era una de las cuatro provincias de Israel: estaba Judea en el sur, estaba Perea de aquel lado del Jordán, estaba Samaria por otro lado y estaba Galilea. Bueno, él vino al área de Galilea, pero en este día de reposo él va a la sinagoga de Nazaret. Y allí él dice que él vino con una misión de proclamar el evangelio, y que la proclamación de ese evangelio tendría resultados aquí en la tierra. De manera que este es un texto vital para nosotros entender parte de la vida y la misión de Jesús.

Y para facilitar el entendimiento del texto que yo leí, yo quiero dividirlo, por así decirlo, en tres puntos de enseñanzas. Número uno: la presentación del predicador. Número dos: el mensaje del predicador. Y número tres: la reacción al predicador. La presentación del predicador, el mensaje del predicador y la reacción al predicador.

Para presentar al predicador, yo quiero que nos coloquemos en el momento histórico. Si tú lees el Evangelio de Mateo o lees el Evangelio de Lucas, tú quedas con la impresión como que Jesús salió del Jordán de haber sido bautizado y que inmediatamente fue a Nazaret a esta sinagoga a predicar, porque está en el próximo versículo. Sin embargo, nosotros necesitamos estudiar la vida de Jesús de una manera complementaria usando los cuatro evangelios.

Y lo que nosotros aprendemos en este caso, cuando hacemos eso, es que no, que después que Jesús terminó de ser bautizado en el Jordán, Jesús sale para el sur, para Judea, y Jesús pasa gran parte de su primer año de ministerio en el sur, en Judea. Nueve meses, seis meses, nueve meses, diez meses, no estamos seguros, pero ese es el tiempo que él pasa. Y durante ese tiempo Juan describe —Juan es el único que describe este primer año de ministerio de Jesús— él describe que Jesús estuvo en el templo y encontró un mercado en el templo, y eso es cuando él termina tumbando las mesas, limpiando el templo de estos mercaderes.

Es también durante ese primer año de ministerio de Jesús que tiene el encuentro con Nicodemo, Juan 3, uno de los maestros de Israel que vino a visitar a Jesús de noche. Todavía durante ese primer año y anterior al texto de hoy, Jesús tiene el encuentro con la samaritana. Entonces es ahí donde Juan nos dice que Jesús iba para Galilea pero tenía que pasar por Samaria. Entonces él pasa por Samaria, él sigue para Galilea, y es ahí donde Lucas lo recoge. De manera que el texto de hoy es luego de ese encuentro con la samaritana, de donde él viene del sur viajando, pasa por Samaria, pero iba camino a Galilea, y ahí es donde nosotros nos encontramos hoy.

Pero Lucas nos deja ver que Jesús no regresa a Galilea por su propia cuenta. Lucas nos deja ver de una forma muy sencilla que él no decidió dejar a Judea para ir a Galilea porque se cansó de ministrar en Judea o por el pecado que vio en el templo, nada de eso, sino que Jesús va a Galilea dirigido por Dios. Él tenía una cita con la samaritana, tenía que pasar por Samaria, Samaria camino a Galilea, y cuando llega entonces a Galilea, cuando llega a la sinagoga, Lucas nos dice que él vino en el poder del Espíritu. El Espíritu que lo concibió a la hora de nacer, el Espíritu que lo bautizó en el Jordán, el Espíritu que lo empujó al desierto, el Espíritu que se lo llevó a Judea a ministrar por un tiempo, es el mismo Espíritu que lo hace regresar a Galilea. Y por eso el texto nos dice que él regresó en el poder del Espíritu.

Es interesante a la luz de esto que yo hago mencionar, recordar las palabras del apóstol Pablo en Romanos 8, porque Pablo nos dice que todos los que somos hijos de Dios —y Cristo es el Hijo de Dios y vino como tal y vino también en representación de los hombres— entonces ahora Pablo nos dice que todos los que somos hijos de Dios somos guiados por el Espíritu. La diferencia entre la manera como el Espíritu guió a Cristo y la manera como parece guiarme a mí no radica en el Espíritu, radica en mí. Es que nosotros le hacemos oposición al Espíritu y Cristo en ningún momento hizo tal cosa, porque su obediencia fue absoluta. Gálatas 5:17, no sé cuál: "Que los deseos de la carne, de mi carne, se oponen al Espíritu." Bueno, los deseos de la carne de Cristo no se opusieron al Espíritu, y los deseos del Espíritu se oponen a los deseos de mi carne. Pero tú puedes ver cómo ciertamente todos los hijos de Dios son guiados por el Espíritu.

Cuando él llega a Galilea, ya él tiene ocho, nueve, diez meses ministrando en el sur, y aparentemente ya había hecho algunos milagros, había convertido el agua en vino, había estado en el templo, de manera que su fama, su reputación, había comenzado a correr. Esa es la razón por la que Lucas nos dice que las nuevas acerca de él se divulgaron por toda aquella comarca. Él llega ya con ciertas credenciales. Quizás tenía credenciales de maestro, y esa quizás sea la razón por la que le permitieron, le entregaron el rollo del profeta Isaías para que él pudiera leer y quizás exponer.

Era lo usual que en día de reposo pues en la sinagoga hubiera cierta liturgia que seguir. Alguien separado, alguien designado, ofrecía una bendición a los que estaban presentes. Luego se leía el Shemá o se recitaba el Shemá de Deuteronomio: "Escucha, Israel, nuestro Dios es uno." El Shemá que estaba ahí en ese libro de Deuteronomio, dado por Moisés a los judíos antes de cruzar el Jordán. Y luego entonces se leía una porción de la ley, del Pentateuco. Aparentemente el Pentateuco se leía en ciclos de tres años: se comenzaba en un momento, en una porción del Pentateuco, y por tres años se leía por completo y se comenzaba nuevamente. Después de la lectura del Pentateuco había una lectura de los profetas, que aparentemente se le daba cierta libertad al expositor para que escogiera de cuál de los profetas quería leer. En esta ocasión el texto dice que a Cristo le entregaron el libro o el rollo del profeta Isaías.

Ya Cristo había hecho milagros, sus enseñanzas habían comenzado a correr, aparentemente ya había cautivado la audiencia. Y entonces el versículo 15 de Lucas, antes de leer, dice: "Y enseñaba en sus sinagogas." O sea, Cristo ya tenía esta costumbre, siendo alabado por todos. Algunas traducciones dicen que era admirado por todos, lo admiraban. Otra traducción dice que en todo, de hecho el original dice "todos lo glorificaban" o "lo glorificaron." No necesariamente quizás en el sentido como tú glorificas a Dios, porque todavía este es el comienzo del segundo año del ministerio de Jesús y todavía no tiene esa aceptación como Dios, pero en el sentido de que todos hablaban bien de él, que es lo que la palabra gloria, doxa, significa en el griego originalmente en su sentido más sencillo, más plano: hablar bien de algo.

El Cristo viene a Galilea y ahí entonces va a la sinagoga de Nazaret, allí donde él había crecido, donde se había criado, donde lo conocían. Es donde él es invitado a leer ese día el pasaje en el libro del profeta Isaías. Y abriendo el libro, halló el lugar donde estaba escrito. Acá hay una parte que tiene que ver con él: el texto se lo dieron. Aquí está el libro de Isaías, es como quien dice "ábrelo donde tú quieras."

Nosotros sabemos hoy que el libro de Isaías cabe por completo en un solo rollo. De hecho, en las cuevas del Mar Muerto apareció un rollo que contiene el libro de Isaías por entero. En esa era probablemente le dieron un rollo que tenía todo el libro de Isaías, y Cristo encontró la porción que él quería leer. Ahora, tenemos que hacer una salvedad: en esa ocasión los libros de la Biblia no estaban divididos en capítulos ni versículos, de manera que encontrar una porción no era tan fácil como nos es hoy. Pero Cristo, conociendo las Escrituras, estando familiarizado con el texto, con toda probabilidad supo dónde ir. ¿Por qué? Porque este era el día como de su presentación en el lugar o la localidad donde él había nacido.

Y él va al texto de Isaías 61, versículos 1 y 2, y eso es básicamente lo que conocemos ahora del predicador. Esta es la presentación del predicador: alguien que fue bautizado por Juan el Bautista, que se va al sur a Judea por casi un año, ministra allá por un tiempo, decide regresar. Regresa entonces ahora, segundo año de su ministerio, regresa a Galilea y específicamente en esta ocasión a la sinagoga de Nazaret, lugar donde él había crecido. Ya la fama se había extendido, tenían cierto conocimiento de quién él era como maestro. Y maestro es uno de los títulos preferidos para Jesús en los Evangelios.

Pero yo quiero que veamos y empleemos la mayor parte del tiempo en el segundo punto, que es el mensaje del predicador. Escucha cómo él va a comenzar. Se va al versículo 18 y lee: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, la recuperación de la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año favorable del Señor."

Jesús comienza leyendo el texto en un lugar que enfatiza la acción del Espíritu Santo sobre su vida. De acuerdo a lo que los expertos del lenguaje original nos dicen, la preposición "sobre" —el Espíritu de Dios está sobre mí— no simplemente implicaba como que el Espíritu lo había ungido y estaba sobre él, sino que el Espíritu era la fuerza que lo impulsaba. Es como si el Espíritu fuera el viento que lo llevaba. Y de esa manera Cristo está diciendo: el Espíritu de Dios me ha traído aquí, el Espíritu de Dios me ha dirigido a este texto, el Espíritu de Dios quiere que yo lea esto y me presente, por así decirlo, ante ustedes hoy de esta manera.

Yo quiero volver a recordar que cuando Cristo se encarna, él viene a representarnos a nosotros de manera primaria, de forma que él no actuó tanto como Dios en el ejercicio de sus atributos. De hecho, restringió sus atributos; en la enorme mayoría de los casos restringió sus atributos. Y cuando hizo lo que hizo, como hablamos el domingo pasado, lo hizo en el poder del Espíritu, en el poder de la segunda persona de la Trinidad. Y ahora ha llegado en el poder del Espíritu para exponer este texto.

Y esto es lo que él dice: "El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido." Me ha ungido no para una labor general o un propósito general, sino para un propósito específico. Y Cristo define el propósito: para anunciar el evangelio a los pobres. Esta es la frase principal, es la sombrilla del resto de lo que se dice. Una vez más tengo que apelar al experticio de aquellos que dominan el lenguaje original, pero esta es la frase dominante. Las próximas tres frases cuelgan de manera subordinada de esta frase que dice que él vino a proclamar o anunciar el evangelio a los pobres. Las otras frases califican la primera.

Y eso es lo que él dice entonces, las otras tres frases: "Para proclamar libertad a los cautivos y la recuperación de la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año favorable del Señor." Esta vez Cristo decidió definir su misión en términos de la proclamación de un mensaje para una audiencia claramente definida. Y él comienza a definir esa audiencia y luego a caracterizarla de esta manera: para anunciar el evangelio, las buenas nuevas, a los pobres.

La palabra "pobre" que aparece ahí tiene varias connotaciones distintas. En su sentido literal se refiere a aquellos que menos tienen, es fácil de ver. Se refiere a aquellos que la sociedad muchas veces desprecia; también es el sentido de esa palabra. Aquellos que son abusados por los que más tienen, aquellos que tienen menos oportunidades, aquellos que por tener menos frecuentemente están más abiertos al evangelio. A todos esos, como parte de esa connotación que esa palabra "pobre" tiene.

Ahora, para que tengas la congruencia de esto —esto es antes de expandir un poco más el significado de la palabra— para que tengas la congruencia de esto que yo acabo de decir, escucha cómo Pablo definió la audiencia que mayormente prestó atención al mensaje del evangelio. Porque eso es lo que Cristo dice: yo vine para proclamar el evangelio a los pobres. Yo acabo de definirte lo que esa palabra significa, y mira cómo Pablo les dice a los corintios en su primera carta, en 1 Corintios 1:26-29, de este grupo que respondió y sigue respondiendo mayormente al evangelio: "Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles. Antes lo que es la locura del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios, y lo que es la flaqueza del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte. Y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, para que ninguna carne se jacte en su presencia."

Ahora, obviamente, a la luz del resto de lo que la Palabra tiene que decir, la palabra "pobre" tiene que tener una connotación todavía más amplia. Porque de lo contrario Cristo hubiese venido solamente para un grupo social, y nosotros sabemos que eso no fue el caso. Debe haber que la connotación va más allá de la pobreza material. La mayor pobreza de la raza humana no es material, sino espiritual. Sin embargo, la pobreza que el hombre trata de corregir con mayor ahínco, con mayor pasión, con mayor frecuencia, no es la espiritual, es la material. Cuando en realidad su mayor pobreza es espiritual.

Y es la razón por la que decíamos al principio que la gente vive esclavizada todo el tiempo pensando que es libre. "Quisiera tener más recursos para tener la libertad de poseer esto, de poseer aquello, de viajar, de hacer lo otro." Todo el tiempo no percatándose de que su prisión o sus barrotes no están en esa área; están en áreas que encierran su alma.

Si al finalizar tus días llegas a la condenación eterna con tus cuentas de banco llenas en este mundo, comprenderás a qué pobreza espiritual el Cristo estaba haciendo referencia, y yo estoy haciendo referencia en este mensaje. Por el contrario, si cuando tú mueras llegas a la presencia de Dios y te encuentras que has dejado aquí, de este lado de la gloria, tus cuentas completamente vacías, cuando cruces el umbral de la eternidad descubrirás cuán rico eres al ser considerado coheredero con Cristo.

Y es la gran verdad: que para entrar al reino de los cielos la persona necesita reconocer su pobreza espiritual, necesita reconocer su ausencia de méritos, necesita reconocer la bancarrota moral del ser humano por completo. Y es la persona que entiende que su deuda está muy por encima de lo que ella haya podido acumular de este lado de la gloria, que él no puede pagar, es la persona que califica para poder entrar al reino de los cielos.

De hecho, si nosotros pudiéramos usar una ilustración y nuestras buenas obras pudieran como traducirse en papeleta, la mejor ilustración sería que nuestras buenas obras son dinero falso. Es una papeleta que luce verdadera en la superficie, pero que no tiene fondo que la respalde. Nuestras buenas obras son como esa papeleta que pasa el escrutinio inicial de los hombres, pero no pasa el escrutinio, el experticio de aquellos que son expertos en reconocer verdadero o fingido, digno o no, que es el dinero. De esa misma forma, nuestras buenas obras pudieran pasar el escrutinio inicial de los hombres, pero no pasan el escrutinio de Dios. Y entonces, en ese sentido, mis mejores obras todavía me dejan como un pobre espiritualmente hablando.

Ahora, esa es la mala noticia. La buena noticia es que precisamente Cristo vino precisamente para personas que entienden que sus obras son insuficientes. Si yo no entiendo esta idea de que mis obras son insuficientes, el mensaje de Cristo o Cristo no se encarnó para mí, o el mensaje de Cristo no es para mí. De hecho, eso es buena noticia: que yo pueda entender que Cristo se encarnó para personas como yo.

Escucha cómo Cristo definió su misión en otra ocasión. Él dijo que él no vino a llamar a justos, sino a pecadores. No vino a llamar a justos, sino a pecadores. Este día, en esta sinagoga de Nazaret, él definió su misión como una de proclamación del evangelio a los pobres. Y entonces dice que el Espíritu lo ungió justamente para eso.

Pero luego hay tres frases que califican la proclamación de ese mensaje para ese grupo. Y la primera de esas frases dice: "Para proclamar libertad a los cautivos." Cristo, el gran libertador, para proclamar libertad a los cautivos y recuperación de la vista a los ciegos. Es obvio que cuando Cristo habla de los cautivos no está refiriendo a gente que está en las prisiones, porque Cristo no libertó un solo prisionero. Entonces tiene que estar hablando de otro tipo de prisión.

Él vino para proclamar libertad a personas que estaban prisioneras del pecado, con amarras de pecado. Y realmente las amarras del pecado son peores que las amarras de las manos y de los pies. La razón por la que son peores es porque las amarras del pecado —si me permiten repetir la palabra— amarran el alma. Nublan el entendimiento. Endurecen el corazón. Destruyen tu vida y la de los demás. Las amarras del pecado te llevan a hacer lo que no quieres hacer y frecuentemente te llevan a no hacer lo que quisieras hacer. Por eso es que son peores. Así es como estas amarras se comportan, y para esto es que Cristo viene: para dar libertad a gente que estaba bajo estas condiciones.

Las amarras del alma permiten el disfrute de las pasiones, literalmente, mientras llenan tu hombre interior de amargura. Las amarras del alma te permiten disfrutar las pasiones, pero van llenando tu hombre interior de amarguras. Quizás no en el mismo momento, pero solamente tienes que dejar pasar el tiempo. Las amarras del alma te hacen lucir bien delante de los hombres mientras eres reprobado por Dios.

De eso hablaba Pablo cuando él decía en un momento dado que siendo él fariseo de fariseos, es decir, considerado la tribu de la tribu de Benjamín, en cuanto a la ley irreprensible, aprobado por los hombres, pero reprobado delante de Dios. Lamentablemente, todavía después de nuestra conversión, frecuentemente a nosotros nos interesa que los hombres hablen bien de nosotros, a pesar de que quizás estemos siendo reprobados por Dios.

Las amarras del alma te llevan a vivir una mentira que luego te esclaviza toda la vida. Y si el cautiverio del alma no es resuelto de este lado de la eternidad, cuando pasas a la próxima, cuando pasas al otro lado de la gloria, ahora es que tu cautiverio es grande, sin salida para siempre.

La mala noticia y la buena noticia. La mala noticia es que cada uno de los hijos de Adán —el predicador incluido— nació en una prisión, nació como esclavo de ese pecado. La buena noticia es que Cristo Dios, la segunda persona de la Trinidad, se encarnó con la misión expresa de dar libertad a los descendientes de Adán, para proclamar libertad a los cautivos.

Ahora, Cristo quiere que yo entienda que hay conceptos que están unidos, porque no solamente dice que él vino a proclamar libertad a los cautivos, sino que él también vino a dar recuperación de la vista a los ciegos. Cristo le dio visión física a algunos ciegos, pero es obvio que él estaba hablando de una ceguera mucho mayor y mucho más generalizada, porque de lo contrario hubiese venido para un grupo de personas muy pequeño con situaciones muy particulares. Pero él vino a dar vista a aquellos que habíamos sido cegados por el pecado.

Una y otra vez la Palabra insiste en que el pecado ciega. Y yo creo que si eres honesto y tú revisas tu propia vida, tú podrás encontrar momentos del pasado —del pasado lejano, del pasado mediano y del pasado reciente— donde ciertamente el pecado te cegó y te llevó a hacer cosas que luego, cuando tú puedes abrir los ojos, tú mismo te sorprendes de hasta dónde habías llegado. De esa ceguera es que Cristo está hablando, y para eso él vino.

De hecho, está tan unido que cuando el apóstol Pablo se encontraba ahí prisionero esperando ser trasladado a Roma y tuvo la oportunidad de presentar su testimonio de vida al rey Agripa, le habló a Agripa de lo que pasó con él, de cómo él iba camino a Damasco, Dios lo tumbó al piso y ahí fue que él tuvo un encuentro con Cristo. Cristo le dice: "¡Saulo, Saulo! ¿Por qué me persigues?" Y él comienza a explicarle todo eso a Agripa. Pablo le ayuda a entender cuál fue el ministerio que Cristo le entregó para que hiciera, y está escrito de una manera similar a lo que Jesús dijo en Lucas, mejor dicho, ese día que Lucas describe en el capítulo 4.

Escucha lo que Pablo dice en el libro de los Hechos, capítulo 26, de los versículos 16 al 18, que Cristo le dijo: "¡Pero levántate y ponte en pie! Porque te he aparecido con el fin de designarte como ministro y testigo, no solo de las cosas que has visto, sino también de aquellas en que me apareceré a ti, librándote del pueblo judío y de los gentiles, a los cuales yo te envío." ¿Para qué? Esta es la razón: "Yo me he encontrado contigo, yo te he interceptado, yo te estoy dando un ministerio para que abras sus ojos" —gentiles y judíos—, "para que abras sus ojos." Estaban ciegos. "A fin de que se vuelvan de la oscuridad a la luz y del dominio de Satanás a Dios, para que reciban por la fe en mí el perdón de pecados y herencia entre los que han sido santificados."

¿Escuchaste la misión de Pablo? Es la misión de Jesús, claro, porque fue enviado por él. Es para que abra los ojos. Nota cómo aquí Pablo unió la ceguera espiritual —"para que abras los ojos"— con el cautiverio: "que pasen del dominio de Satanás." Cuando el pecado me engaña y me esclaviza, aun como creyente, por el tiempo que me tiene esclavizado y me tiene preso, yo no estoy bajo la libertad del Espíritu. Aunque soy libre, yo estoy bajo un dominio del reino de las tinieblas. Pero el pecado no nos dejaba ver lo horrendo de nuestras acciones, o no nos deja ver si todavía estoy en él.

Algunos de ustedes me han oído decir que en mi mente estoy ya ahora por un par de años escribiendo un libro acerca de la anatomía y la fisiología del pecado. Esto es cómo funciona el pecado. El pecado oculta en todos nosotros. El pecado miente. El pecado minimiza. El pecado distorsiona. Niega. Justifica mis peores acciones. Cambia la realidad de las cosas. Me autodestruye mientras pienso que estoy disfrutando lo que en realidad es mi autodestrucción. El pecado me autodestruye y me hace pensar que estoy disfrutando lo que en realidad es mi propia autodestrucción.

Y la manera como el pecado lo hace —la fisiología; fisiología es funcionamiento—, la manera como el pecado lo hace es haciéndome sentir bien hasta que me tiene la soga al cuello, donde entonces me deja ver y sentir todo lo que me había ocultado. El pecado me hace sentir bien.

Aquí está Eva en el jardín del Edén. Ella vio la fruta, que era apetecible, que era apetecible para comer. Los ojos se le llenaron. Ella está disfrutando y está salivando ya el posible sabor de esta fruta. Está el pecado ocultando lo que realmente va a ser la destrucción de Eva, y la dejó que se sintiera bien. Ahora ella se acerca y come, y le da a comer a su marido. Y de repente entonces aprieta la soga en el cuello y te deja ver. Le dejó ver por primera vez todo lo que le había ocultado. Ahora sintieron miedo y vergüenza. Salieron corriendo y se ocultaron. Mira la fisiología del pecado, porque eso es lo que nos hace cautivos, y de ese cautiverio es que Cristo ha venido a sacarnos.

¿Sabes por qué tú y yo podemos ver mucho mejor y más fácilmente el pecado del otro que el nuestro? Es que el pecado nuestro nos hace sentir bien con frecuencia. El pecado del otro no me hace sentir bien. No me lleva a justificarlo. No me lleva a racionalizarlo. Como no me hace sentir bien, por un lado, y por otro lado es el pecado mío el que me ciega, pero el pecado del otro no me ciega. Claro que no, no es mío, es del otro. Yo lo puedo ver con claridad. Tú puedes ver lo astuto que el pecado es. Por eso me lleva al cautiverio.

Escucha a Phil Ryken en su comentario acerca del libro de Lucas. Él es el presidente de Wheaton College. Él dice: "El pecado es la causa más frecuente de ceguera a nivel mundial. Nos ciega hacia las Escrituras: no vemos la verdad de la Palabra de Dios. Nos ciega hacia el pecado mismo: no vemos nuestra necesidad de perdón. Nos ciega hacia nuestro Salvador: no vemos la salvación que Cristo tiene que ofrecer. No vemos nada de eso hasta que Cristo viene y cura nuestra ceguera."

La mala noticia es que todos hemos nacido ciegos. La buena noticia es que Cristo vino precisamente a dar recuperación de la vista a los ciegos. El pecador está en bancarrota espiritual. Es cautivo justamente por todo esto que venimos hablando. Y no solamente es cautivo. Es como dice A. B. Simpson en su comentario acerca de Lucas, que lamentablemente el pecador es culpable e impotente al mismo tiempo. Es culpable e impotente. Es impotente porque es ciego. Es impotente porque está preso. Es impotente porque ni siquiera ve su impotencia. Es impotente porque no ve qué es lo que lo tiene esclavizado. Es impotente porque tampoco le permite ver a su emancipador, a su libertador, que es Cristo.

Y Cristo ese día dice que él vino a poner en libertad a los oprimidos. Ahora le sigue dando color a su misión. ¿A cuáles oprimidos? Bueno, a los oprimidos por su propio pecado, y para ellos Cristo es el Redentor. Cristo vino para dar libertad a los oprimidos por el pecado del otro. ¿Sabías que hay opresión que es causada a mí por el pecado del otro? Y para ellos Cristo es la fortaleza en medio de la debilidad. Cristo vino para libertar a los oprimidos por las enfermedades como causa de la caída del hombre, y para ellos Cristo es el Sanador, o de este lado de la gloria o de aquel lado. Por él, su Sanador. Cristo vino para libertar a los oprimidos por los poderosos, y para ellos Cristo es el Vengador. Por eso la Palabra nos manda no vengarnos. Cristo vino a libertar a los oprimidos de los sistemas religiosos —y la repetición de la palabra es a propósito—, vino a libertar a los oprimidos de la religiosidad de los sistemas religiosos, y para ellos Cristo es la fuente de agua viva. Han estado prisioneros de la religiosidad en la que se han encontrado. Siguen rituales, van a una iglesia, leen algún libro sagrado, pero siguen secos. Para ellos Cristo es el agua viva que calma la sed. Cristo vino a libertar a los oprimidos de los falsos maestros y las falsas enseñanzas, y para ellos Cristo es el camino, la verdad y la vida.

Cristo vino para dar libertad a los oprimidos por el deterioro moral de la sociedad, como le pasaba a Habacuc, que miraba y decía: "Yo no sé cómo tú puedes soportar esto, porque yo no lo soporto. ¿Y cómo es posible que tú no hagas nada?" ¿Tú no te sientes de esa manera? Esta semana, yo creo que la mayoría de nosotros estamos familiarizados con ese video de ese oficial de la policía en Estados Unidos, en el estado de Minnesota, específicamente cómo tenía su rodilla sobre el cuello de esta persona de color, y esta persona gritando: "Señor, no puedo respirar, por favor, no puedo respirar." Y esa persona continuó ahí hasta que finalmente murió el hombre debajo de la rodilla. Yo le decía a mi esposa múltiples veces: "Yo no vivo allá, no estoy allá, pero hay algo que revuelve mi estómago cada vez que esa imagen viene a mi mente, porque es una injusticia enorme."

Y tú tienes que vivir en medio de todo eso. Para nosotros que vivimos en medio de esas injusticias sociales de nuestros tiempos, Cristo es la consumación de la justicia. Él vino a libertarnos también del dolor y el mal sabor que nos produce vivir y ver injusticias como esas.

Finalmente, Cristo dice que Él vino para proclamar el año favorable del Señor. Hablamos la semana pasada de ese año favorable con otro nombre, pero la mayoría de los académicos estará de acuerdo que cuando Cristo dijo que Él vino a proclamar el año favorable del Señor, estaba haciendo referencia al jubileo de que habla Levítico 25, de que hablamos la semana pasada. Cada cincuenta años, después de siete ciclos de siete años, ese año cincuenta era un año de libertad. Las deudas eran canceladas. Aquellos que habían tenido necesidad de ir donde un hermano judío, a él se le prohibía que los esclavizara, pero le podían contratar como obrero. En ese año tenía que dejarlo ir. La tierra no se cultivaría, la tierra iba a producir en abundancia.

El año del jubileo se suponía que si yo había vendido mi tierra a otro o la había rentado, ese otro tenía que devolverme la tierra. La tierra nunca podía irse a otro dueño permanentemente, en representación de que Dios es el dueño de la tierra, de manera que ese otro tenía que devolverme lo que yo había perdido. Cristo, como el jubileo nuestro, precisamente vino a devolverme todo lo que yo había perdido: todo el tiempo perdido, todas las energías perdidas, todos mis sueños perdidos. En Él, Él viene a redimir todo eso que mi pasado me echó a perder. Y Cristo ha venido a hacer ese jubileo, a eso vino, a proclamar el año favorable del Señor.

Cuando Él termina de leer eso, es como quien dice: "Ya no tengo que leer nada más." Cierra el libro, el versículo 20, y se lo devuelve al asistente, y se sentó. Porque esa era la costumbre: tú leías parado, luego te sentabas y enseñabas sentado. Y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en Él. Cristo no dejó ninguna duda de que este pasaje se refería a Él. El versículo 21: "Hoy se ha cumplido esta satisfactory que habéis oído." Hoy yo he anunciado la más grande emancipación, la emancipación del alma sin posibilidad de volver al cautiverio.

Y como mencionaba, de la misma manera que en el año del jubileo las deudas se perdonaban y la tierra se te devolvía, en Cristo nosotros comenzamos a recobrar el tiempo perdido, el gozo perdido, las esperanzas perdidas, las oportunidades perdidas.

Ahora, hay algo más. Este es el texto de Isaías 61, versículos 1 y 2. Si tú te devuelves al Antiguo Testamento y lees Isaías 61, versículos 1 y 2, te darás cuenta que al final del versículo 2 hay una frase que Cristo dejó afuera. Estoy especulando ahora. Yo creo que lo hizo a propósito, porque la frase dice: "Para proclamar el año favorable del Señor," ahí Él termina, "y el día de venganza de nuestro Dios." Él no leyó eso. Y yo especulo que Él no leyó eso porque Él estaba definiendo su misión en su primera venida. Y en su primera venida no era el día de venganza. En su primera venida Él vino justamente a perdonar a los hombres sus pecados.

De manera que hoy, ahora, es el año favorable del Señor. Es el año de la gracia, es la oportunidad de perdón, es la oportunidad de arrepentimiento, es la oportunidad que si tú la dejas pasar, va a llegar un momento en que no habrá otra. De tal forma que yo quisiera enfatizar, en la medida que voy llevando este mensaje a una conclusión, que tú puedas pensar de manera, puedas rumiar, puedas detenerte. Si no has encontrado vida en Cristo todavía, no le has entregado tu vida a Él, no le has confesado como Señor y Salvador, que tú puedas detenerte porque ahora es, ahora, no después, el año favorable del Señor. Este es la oportunidad de la gracia, del arrepentimiento, del perdón. Llegará un momento en que ya no lo habrá.

"Pastor, porque usted ya consumió el tiempo y le falta un punto." Sí, rápidamente: la reacción al predicador, tercer punto, bien breve. El versículo 22, que es el último versículo, esta es la reacción: "Y todos hablaban bien de Él y se maravillaban de las palabras llenas de gracia." Pues claro que eran palabras llenas de gracia. ¿No escuchaste todo lo que dijimos? ¿No escuchaste todo lo que implicaba la libertad del cautiverio? ¿No escuchaste todo lo que era la recuperación de la vista? ¿No escuchaste todo lo que implicaba el año favorable del Señor? Todas esas eran palabras llenas de gracia que salían de su boca.

Y decían: "¿No es este el hijo de José?" No, no es este el hijo de José. No, no, no. Este es el Hijo de Dios, el Hijo del Altísimo, el Logos que estuvo en el principio, el Alfa y la Omega, la Piedra Angular, la Luz del mundo. Él es la Puerta, Él es la Resurrección y la Vida. No es simplemente el hijo de José. De hecho, no era el hijo de José. Él es el que vive y estuvo muerto, Él es el Pan de Vida, Él es el Autor de la vida, Él es el Principio de la creación de Dios, Él es el Testigo fiel y verdadero, Él es el Santo, la Roca, el Deseado de las naciones, el Amén, el Santo de Dios. Pablo nos dice que Él es la sabiduría de Dios, nuestra justificación, nuestra santificación, nuestra redención, nuestro Abogado frente al Padre, dice Juan. Él es el Señor, Él es el Señor del cielo y de la tierra, el Señor de la gloria, el Señor de los señores, el Rey de reyes, el Rey de los siglos, el Rey eterno, Príncipe de paz, Él es el Príncipe de los pastores, Él es el Buen Pastor. "¿Tú me estás relajando? ¿El hijo de José?" No, Él es este, Él, Cristo, que nosotros predicamos y ningún otro.

Ahora, ese es Dios. Ese es Cristo. Todos se maravillaban de sus palabras de gracia. Y el texto dice más abajo que Él comenzó a confrontar una audiencia incrédula. No tengo tiempo para entrar ahí. Realmente quiero hacerte una observación: esa audiencia incrédula pasó quizás de una admiración inicial al rechazo total, y lo querían llevar donde iban a despeñarlo, el mismo día, el mismo lugar. ¡Wow!

De manera que la admiración de Jesús como personaje no es suficiente. El pronunciar palabras que le glorifiquen, al hablar bien de Él, no es suficiente. Tú necesitas, para salir del cautiverio, un reconocimiento de tu necesidad de perdón de pecados. Necesitas un reconocimiento de que estás en una cárcel, que eres cautivo. Tú necesitas reconocer tu ceguera espiritual. Necesitas reconocer entonces la necesidad de un libertador. Eso es literalmente como el apóstol lo describe en Romanos 11:26: "El Libertador vendrá de Sion." Tú y yo tenemos necesidad de un Libertador.

Y la manera como eso ocurre, como la libertad se da, es que yo creo la verdad que Él ha proclamado. Y dentro de esa verdad que Él ha proclamado, o bajo esa verdad, una de ellas es que yo soy un hombre pecador en necesidad de perdón, que solamente Él tiene el derecho, la autoridad para perdonar pecado, y lo ha hecho por medio del derramamiento de sangre en la cruz. Y que si tú vienes con un espíritu contrito y humillado reconociendo que no hay otro nombre debajo del cielo por medio del cual puedas ser salvo, y vienes a reconocer esa pobreza espiritual, le pides perdón reconociendo que no tienes mérito alguno por el cual tú debieras ser perdonado o recibir perdón, y pides y clamas su misericordia, Él tendrá misericordia de ti para perdonar todos y cada uno de tus pecados y comenzar a redimir tu pasado por completo, para comenzar a hacerte a su imagen. Y con eso entonces tú necesitas reconocerlo como tu Salvador y tu Señor.

Quizás este es un mensaje que no solamente tú debas escuchar y rumiar, sino quizás es un mensaje que tú necesitas abrazar para perdón de pecados y salvación. Y tomar este video, este link, y enviarlo a otros, entendiendo que hay muchos otros en cautiverio que necesitan libertad.

Y si eres creyente y encuentras que de alguna manera te perdiste en el camino y volviste a comprar mentiras que te llevaron a prisiones, compuertas cerradas y seguro por dentro, que tú puedas entender que volviendo a tu emancipador, igualmente en una actitud de perdón, que puedas confesarte, arrepentirte delante de Él, recibir su perdón, para que puedas quitarle el seguro, salir de tu prisión y disfrutar la libertad que Él compró. Porque al que el Hijo de Dios, el Hijo del Hombre, hace libre, es verdaderamente libre.

Gracias por participar en este servicio de adoración desde tu hogar, en medio de circunstancias que nos impiden congregarnos juntos en un mismo lugar. Oramos para que pronto podamos volver a hacerlo. Y mientras tanto, recordemos que dondequiera que estemos, seguimos siendo la iglesia de Jesucristo. Mantengámonos vigilantes en oración, confiando y esperando en nuestro soberano Dios, quien controla todas las cosas y cuida de su pueblo.

Recuerda que, aunque nuestras actividades y ministerios permanecen suspendidos, puedes acceder a nuestros sermones, estudios bíblicos, música, artículos de interés y demás recursos audiovisuales, a través de nuestros portales web: laIBI.org e integridadysabiduria.org.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.