Miguel Núñez • 11 octubre, 2020
El Salmo 22, escrito por David mil años antes de que existiera la crucifixión como método de tortura, describe con mayor detalle que los cuatro evangelios juntos la agonía de Cristo en la cruz. Las palabras "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" no son una expresión poética ni un hipérbole, sino el grito real de alguien experimentando temporalmente un infierno de abandono. La palabra hebrea traducida como "clamor" hace referencia al rugido de un león, al gemido intenso de un animal en profundo dolor. Cristo necesitaba sentir la separación total del Padre para que la experiencia contara a nuestro favor; él estaba recibiendo el trato que merecían aquellos por quienes moría.
David usa la palabra "tola" —gusano carmesí— para describir cómo se sentía el crucificado. Este gusano se adhería al tronco de un árbol para poner sus huevos y moría alimentando a sus crías, tiñendo la madera de rojo. Cristo fue clavado a un madero, lo tiñó con su sangre y murió para dar vida a otros. Los que lo rodeaban —principales sacerdotes, escribas, ancianos— son llamados "toros fuertes", "leones rugientes" y "perros salvajes". Mientras tanto, el salmista describe huesos descoyuntados por el peso del cuerpo colgando de clavos, la lengua pegada al paladar por la deshidratación, las manos y los pies traspasados.
La cruz fue necesaria porque nuestra deuda moral con Dios tenía dimensiones infinitas y solo un pago de valor infinito podía saldarla. La profundidad del dolor de Cristo revela la profundidad de nuestra culpa. Y sin embargo, de esa sangre roja derramada, nuestro pecado —también rojo— queda blanco como la nieve. Es paradójico, como todo lo relacionado con Cristo: un rey en forma de siervo, una muerte que da vida, un amigo fiel traicionado por quien compartió el pan con él.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Mucho, Señor. Acabamos de cantarte que doy gloria a ti, y lo dijimos de una forma muy especial cuando cantábamos: "En lo que soy y en mi vivir". De manera que antes de hablar, antes de obrar, simplemente en lo que soy, en mis pensamientos, en mis intenciones, en mis motivaciones, yo quiero darte gloria a ti, Señor. Y luego, cuando voy a vivir eso que siento, que pienso, que persigo en mi mente, yo quiero volverte a dar gloria a ti.
De manera que nosotros en esta mañana queremos pedirte de manera corporativa, todos juntos, que Tú puedas tomar la Palabra de Dios, Tú puedas hacer uso del Espíritu que mora en nosotros y entre nosotros, y Tú puedas operar una obra personal para que eso que cantamos se haga realidad en cada uno de tus hijos. En mi vivir, en lo que soy, yo quiero dar gloria a ti, Señor. Y ahora entonces, a la hora de predicar, Padre, yo quiero en mi pensar y luego en mi obrar al predicar, que Tú me ayudes a hacer una sola cosa: glorificar al Señor de la cruz, que luego fue el Señor de la tumba vacía y que hoy es el Señor de mi vida. Y todo su pueblo dice: amén. Amén. Podemos sentarnos.
Bueno, en el día de hoy nosotros continuamos esta serie que iniciamos varias semanas atrás, quizás dos o tres meses atrás, y que titulamos "Él es: el Cristo que predicamos". El día de hoy nosotros vamos a estar dándole continuación a la serie y vamos a predicar ya hacia el final de la serie. Creo que este es el mensaje número once de trece que tenemos planificado exponer. Este mensaje está titulado: "Cristo, crucificado como culpable y resucitado como Señor", y es la primera parte de dos mensajes.
Yo creo que sería prácticamente imposible predicar una serie acerca de Cristo sin verlo en la cruz, por así decirlo. Pero lo vamos a hacer de una manera un tanto distinta. Yo creo que este es el primer mensaje que no va a estar anclado en un pasaje del Nuevo Testamento, sino del Antiguo Testamento. Yo creo que algunos de ustedes pudieran estar pensando: si el Nuevo Testamento es el que narra la crucifixión de Cristo, ¿cómo vamos a estar hablando de dicha cruz a partir del Antiguo Testamento? Y sin embargo, yo quiero decirte que hay un texto en el Antiguo Testamento que probablemente tú has leído, porciones del texto lo has oído, que narra con mayor detalle que los cuatro evangelios juntos la pasión, la agonía, el dolor de nuestro Señor Jesucristo en la cruz. Un texto inspirado mil años antes y que tiene mayores detalles que los evangelios del Nuevo Testamento acerca de lo que pasó allí.
El Salmo 22 fue escrito por David y, con toda probabilidad, aludía a experiencias que el mismo David había tenido probablemente en algunos momentos cuando él huía de Saúl. Sin embargo, los académicos están de acuerdo en que las experiencias aquí narradas, la intensidad con la que estas verdades son escritas, no encuentran paralelo en la vida de David. De manera que cuando tú conoces el Antiguo Testamento y lees lo que aquí está, no hay duda de que David estaba al mismo tiempo hablando de su vida y profetizando acerca de alguien que vendría después y de quien él no conocía detalles de lo que iba a ocurrir. Pero sin lugar a dudas, la angustia del Señor Jesucristo en la cruz está mucho mejor, mucho más explícita en este salmo que en cualquiera de los evangelios.
De hecho, cuando David escribió el salmo, la crucifixión no se conocía. Se entiende que la crucifixión como instrumento de castigo, de tortura, fue ideada o fue practicada inicialmente entre los persas. Eventualmente Alejandro Magno la introduce a Egipto y a Cartago, y los romanos la aprendieron de los cartaginenses y la perfeccionaron como instrumento de dolor, de vergüenza, de humillación. Era una forma de castigo reservada básicamente para esclavos, para extranjeros y para los peores criminales.
Yo creo que eso nos da una idea a nosotros de cómo Cristo fue clavado allí, cómo fue considerado. Si este instrumento de castigo estaba reservado para los peores criminales y para los esclavos, entonces Cristo era, o fue considerado, como uno de ellos. Y al mismo tiempo, si murió allí en sustitución de nosotros, pues entonces debió haber sido que estaba muriendo también en sustitución por alguno de esos peores criminales que en algún momento llegarían a creer y alcanzarían salvación.
Cuando tú consideras el trato que el Señor Jesucristo recibió, las palabras que vamos a ir viendo, entonces desde el punto de vista de traer esto a nuestras vidas, nosotros pudiéramos tolerar, ser mucho más pacientes y perdonar cualquier trato que cualquier persona nos pueda dar. Porque a la verdad es que mi Maestro recibió un trato mucho peor que el que cualquiera pudiera infligirme en cualquier momento de mi caminar.
Y pensando entonces en el sacrificio de Cristo en la cruz, yo no puedo olvidar que antes de ser clavado en la cruz ya él había dicho en el huerto de Getsemaní que su alma estaba angustiada hasta la muerte. Eso no es una expresión común, mucho menos si sale de los labios de Cristo. Y allí en Getsemaní ya le estaba sudando gotas de sangre, de manera que tú puedes anticipar la agonía de la cruz. Y en Getsemaní Cristo estaba angustiado hasta ese extremo.
Entonces, un salmo mesiánico, el Salmo 22, sin lugar a dudas ha sido llamado como el salmo del pastor sufriente, para relacionarlo al próximo salmo, el Salmo 23, para hablar del salmo del buen pastor, y relacionándolo al Salmo 24 para hablar del salmo del gran pastor. Es como tres salmos corridos presentando diferentes aspectos del mismo pastor.
En mensaje anterior yo decía, y estoy convencido que es así, que este salmo bien entendido tiene el potencial —nota que estoy subrayando la palabra potencial porque yo no sé si va a ocurrir— pero tiene el potencial de corregir de una vez y para siempre mi vida de adoración, mi vida de devoción y mi vida de obediencia. Si yo llego a aquilatar la experiencia de Cristo en la cruz en mi lugar, de la manera como el salmista, como David lo describe, yo pudiera para el resto de mis días vivir de otra forma en lo que soy, en mi vivir, como cantamos, para la gloria de Dios.
Yo estoy consciente que se requiere un trabajo del Espíritu de Dios, se requiere una obra del Espíritu de Dios para entender teológicamente, emocionalmente y existencialmente la intensidad de la agonía vivida por Cristo durante esas horas en la cruz. De vez en cuando me deciré otra vez: se requiere de un trabajo del Espíritu de Dios para yo poder entender teológicamente —escucha ahora— emocionalmente y existencialmente la agonía, la intensidad de la agonía de la segunda persona de la Trinidad clavada en un madero en mi lugar. Y de igual manera requiere una obra del Espíritu de Dios para recordar que lo que Cristo padeció allí en aquel momento se debe, o se debió, única y exclusivamente a tu pecado y el mío.
De manera que mi desobediencia a cualquier nivel no es simplemente una violación a un mandato de Dios, es una deshonra de la cruz y es una desconsideración a su dolor. Déjame decirlo una vez más, porque lo rumié por varios días esta semana: mi desobediencia no es simplemente la violación de un mandato escrito en la Palabra por parte de Dios, es una deshonra de la cruz de Cristo porque él estuvo allí pagando por mi desobediencia, y es una desconsideración a su dolor.
Y con eso entonces yo quiero que leamos la primera parte del Salmo 22, hasta el versículo 21, que es donde el salmo gira y comienza a ver a la resurrección. Escucha estas palabras:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor? Dios mío, de día clamo y no respondes; de noche, pero no hay para mí reposo. Sin embargo, tú eres santo —es el que está clamando allí en la cruz— tú eres santo, que habitas entre las alabanzas de Israel. En ti confiaron nuestros padres; confiaron y tú los libraste. A ti clamaron y fueron librados; en ti confiaron y no fueron decepcionados. Escucha: pero yo soy gusano y no hombre, oprobio de los hombres y despreciado del pueblo. Hacen muecas con los labios, menean la cabeza diciendo: Que se encomiende al Señor, que él lo libre, que él lo rescate, puesto que en él se deleita. Porque tú me sacaste del seno materno, me hiciste confiar estando a los pechos de mi madre. A ti fui entregado desde mi nacimiento; desde el vientre de mi madre tú eres mi Dios. No estés lejos de mí porque la angustia está cerca, pues no hay nadie que ayude. Muchos toros me han rodeado; todos fuertes de Basán me han cercado. Ávidos abren su boca contra mí como un león que despedaza y ruge. Soy derramado como agua y todos mis huesos están descoyuntados. Mi corazón es como cera, se derrite en medio de mis entrañas. Como un tiesto se ha secado mi vigor y la lengua se me pega al paladar. Me has puesto en el polvo de la muerte porque perros me han rodeado, me ha cercado cuadrilla de malhechores. Escucha: me horadaron las manos y los pies, me los perforaron. Puedo contar todos mis huesos. Ellos me miran, me observan. Se reparten entre sí mis vestidos y sobre mi ropa echan suertes. Pero tú, oh Señor, no estés lejos; fuerza mía, apresúrate a socorrerme. Libra mi alma de la espada, mi única vida de las garras del perro. Sálvame de la boca del león y de los cuernos de los búfalos. Respóndeme».
Estas son las palabras de David describiendo alguna experiencia en su vida y profetizando, sin completo conocimiento, otra experiencia que ocurriría unos diez siglos más tarde.
El salmo comienza con una expresión muy conocida por nosotros: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Elí, Elí, lama sabactani. «¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor?» Esas primeras palabras nosotros entendemos que fueron pronunciadas por Cristo a la luz de los evangelios, probablemente en esa hora oscura, en ese momento oscuro entre el mediodía y las tres de la tarde, donde una densa oscuridad cayó sobre toda la tierra. Mateo registra esas primeras palabras en 27:46 y Marcos las registra también en 15:34.
La hora más oscura de la humanidad. La hora cuando el Padre abandona al Hijo en la cruz porque él estaba allí en representación nuestra. Y por tanto Cristo necesitaba sentir el dolor que experimentaría todo aquel que entre a un infierno sin haberse reconciliado con Dios: el dolor de la separación de todo lo que pudiera representar a Dios por el resto de la eternidad. Si yo no iba a entrar en el infierno, si a mí se me iba a evitar el infierno, pero eso era lo que yo merecía, alguien tendría que sufrir lo que yo debía haber sufrido para que yo entonces no tuviera que llegar hasta allí. Y eso es justamente lo que estaba ocurriendo en la vida de Cristo en ese momento en la cruz.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Eso no es una hipérbole, eso no es una expresión poética. Eso es un grito de una experiencia real, intensa, de agonía, de desesperación que está experimentando aquel que está allí representándome a mí. Y desde ya tú puedes ver que el salmista nos comienza a dejar ver la intensidad de agonía mucho mejor que los evangelistas, porque inmediatamente después Cristo hace dos preguntas en una: ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación? ¿Por qué no intervienes? ¿Por qué no haces algo por tu Hijo en esta hora? ¿Por qué estás tan lejos de esta muerte tan horrenda y no intervienes como has intervenido en la vida de otros? Y la segunda pregunta: ¿Por qué estás tan lejos de las palabras de mi clamor?
Realmente, en el original, la palabra traducida como "clamor" no es un clamor cualquiera. Hace referencia al ruido que produce el león cuando ruge, el rugir del león. De manera que cuando Cristo está ahí en la cruz, no simplemente está diciendo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Es más como: "¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?" Es la razón por la que la Nueva Traducción Viviente dice: "¿Por qué estás tan lejos cuando gimo por ayuda?" En el hebreo, la palabra traducida por muchas de nuestras traducciones como "clamor" es el gemir intenso, profundo, de un animal en profundo dolor. Tienes que imaginar al Salvador de tu alma experimentando temporalmente un infierno de abandono y gimiendo de esa manera.
Él hace una pregunta: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Y la respuesta del Padre pudiera haber sido: "Porque has tomado sobre tus hombros los pecados de..." Ve y ponte un nombre. Y él o ella merece la agonía del infierno, y como él o ella no terminará allí, tú estás terminando temporalmente en el lugar que a él o ella le correspondía. Jesús está experimentando en la cruz la maldición de Dios sobre el pecador. No ha repetido. Es la razón por la que Juan 3:36 dice que el que no obedece al Hijo, la ira de Dios permanece sobre él. Pero resulta que la ira de Dios no es otra cosa que la ejecución de su justicia, de manera que Él está experimentando la maldición de Dios, la ejecución de la maldición o de la justicia de Dios en la cruz, cuando Él decidió morir en mi lugar.
Y tú piensas que en el huerto de Getsemaní Cristo necesitó de la consolación de un ángel, como describió uno de los evangelistas, para que viniera y lo confortara, porque Cristo estaba angustiado hasta la muerte y sudando gotas de sangre. Imagínate ahora el estado en que Él se encuentra en la cruz, cuando Él no tiene absolutamente a nadie, ni siquiera al Padre, que pudiera consolarlo. Y es por eso que Él está en agonía de abandono.
David continúa y dice en el versículo dos: "Dios mío, de día clamo y no respondes, y de noche, pero no hay para mí reposo." Quizás David estaba pensando en algunos de sus días donde él estuvo orando y clamando en experiencias difíciles, que estaba recordando alguna de las noches de desvelo donde él también clamaba. Pero al mismo tiempo, como esto es un salmo mesiánico, quizás en parte el salmo está haciendo referencia a cómo a la nueva de la mañana, cuando Cristo es clavado, Él comenzó a orar en medio de su dolor y a clamar. Y ahora quizás a las doce del día, cuando es de noche, Él está clamando todavía, y como que no hay respuesta ni de día ni de noche. Pero tampoco hay reposo. En otras palabras, el dolor que siento es continuo, es intenso, no hay disminución de la intensidad en ningún momento.
Yo creo que alguno de nosotros hemos experimentado dolor físico en ocasiones, pero hay momentos durante la experiencia de dolor que alguien te pregunta y tú dices: "Está un poco mejor," o "Ha estado bajando." Hay varias veces como que está pasando. Pero aquí en la cruz, con un clavo en una muñeca que acaba de cortar un nervio grande, el nervio mediano, y otro clavo en la otra muñeca, y un clavo entre los dos pies, este dolor es continuo, es intenso, no para, no hay fin para él, no hay reposo para el crucificado. Y ese fue el diseño de la cruz.
Para Cristo que está allí, en cierta medida está trayendo en la debilidad de la carne, porque no está allí crucificado como segunda satisfacción de la Trinidad. Él está allí crucificado como hombre, mi representación en la debilidad. La carne está expresando como una cierta pregunta, como una cierta queja: "¿Por qué me has abandonado?" Sin embargo, como persona de la Trinidad, Él conoce otra realidad. En el versículo tres Él trae a colación esa realidad. Algunos académicos piensan que Él debió haber estado meditando en este salmo mientras estaba en la cruz, y que quizás Él mismo hizo que trajera estas palabras en cumplimiento de las profecías que Él conocía.
Y en el versículo tres Él dice, entonces después de haber acabado de preguntar: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué no me respondes? ¿Por qué no me salvas?" Sin embargo, en el versículo tres Él dice: "Sin embargo, tú eres santo." Exactamente. Es la razón. Yo sé, como segunda persona de la Trinidad, yo sé por qué yo estoy aquí. Yo conozco lo que Pablo escribió posteriormente en Romanos 3:23 en adelante: que Dios Padre exhibió públicamente al Hijo como propiciación para placar la ira de Dios, para que por gracia nosotros pudiéramos recibir salvación. Para que Dios, que había pasado por alto los pecados de los hombres, pudiera demostrar ahí en la cruz, al exhibir a su Hijo, al clavar a su Hijo, que es justo, que Él no deja su ley sin cumplir, que Él no deja su ley ni su santidad sin ser reivindicada. Y al mismo tiempo, que Él pudiera demostrar que Él es quien justifica a los hombres por medio de lo que estaba pasando en la cruz. Es un acuerdo intratrinitario que se llevó a cabo en la eternidad pasada. El Padre le pide al Hijo, el Hijo se ofrece como voluntario, y en la cruz Hebreos 9 nos dice que por Espíritu eterno Cristo soportó la cruz.
El salmista continúa. El versículo cuatro dice: "En ti confiaron nuestros padres, confiaron y tú los libraste. A ti clamaron y fueron librados. En ti confiaron y no fueron decepcionados." Es como que otros vinieron antes que Jesús y clamaron y fueron librados y no fueron decepcionados. Y aquí está tu Hijo clamando y no está siendo librado. Y no fue librado de la cruz, que allí Él murió. Y es como que otros vinieron y no fueron decepcionados, pero aquí está el Hijo, pudiéramos decir entre comillas, como siendo decepcionado, aunque Él conoce otra realidad.
Jesús sabía que Él tenía que pasar por un infierno. Esa es la razón por la que cuando Pedro dice: "Aunque todos te nieguen, yo nunca te negaré," Cristo le dice: "¿Acaso puedes tú beber de la copa que yo voy a beber?" Y Pedro está muy seguro que él podía, pero Cristo sabía que tenía una copa amarga de dolor, de angustia, de abandono. Él anticipó en el huerto, Él sudó de antemano lo que vendría, Él se angustió hasta la muerte para luego angustiarse en la realidad ya habiendo llegado a la cruz. Solamente para una cosa: para que tú y yo no tuviéramos que llegar allí.
Algunos del pasado clamaron a Dios, fueron escuchados, fueron librados. Pero ahora es como que en la cruz Cristo ni está siendo librado ni está siendo escuchado, y como si estuviera siendo decepcionado. Él, en la debilidad de la carne, está sintiendo el dolor físico, sin lugar a duda. Él está sintiendo el abandono del Padre. Él está sintiendo la sensación de rechazo. Pero yo te decía que requiere un trabajo del Espíritu Santo para que tú puedas entender, y yo también, emocionalmente y existencialmente, en qué consistió esta agonía. Él está sintiendo la sensación de rechazo, Él está sintiendo la sensación de no ser escuchado de manera real, Él está sintiendo la sensación de no ser socorrido, y la sensación de sentirse como decepcionado. Él está experimentando todo esto en la debilidad de la carne.
Escucha cómo Él se siente ante esta sensación o este trato que está recibiendo. Él dice en el versículo seis, David escribe pero anticipa lo que viene, dice: "Pero yo soy gusano y no hombre." ¿Es el trato de un gusano propio de los hombres? "Y despreciado del pueblo." Ahora, allí hay algo especial, porque los entendidos en el hebreo nos dicen que la palabra que allí aparece para "gusano" no es la palabra común y corriente para gusano, sino que es la palabra "tolá," que pudiera traducirse al inglés como "scarlet worm" o "gusano carmesí." Era una especie de gusano especial que la hembra, cuando iba a poner sus huevos, se adhería al tronco de un árbol, y se adhería de una forma tan increíblemente estrecha que jamás podía ser despegada. Ella ponía sus huevos, y ahora allí, cuando los gusanitos nacían, comenzaban a alimentarse de la madre hasta que ella moría para dar vida a sus hijos. Y cuando tú despegabas la tolá de allí, el gusano hembra, la madera quedaba teñida de rojo.
Eso es exactamente lo que ocurrió cuando Cristo fue clavado a un madero: Él tiñó el madero de rojo, y allí murió para dar vida a otros. Soy gusano. De hecho, el rojo carmesí en la antigüedad era obtenido aplastando a este gusano, y entonces salía el tinte. E Isaías 53:10 dice que fue la voluntad del Padre aplastar al Hijo. Y cuando el Padre aplastó al Hijo en la cruz, sangre salió de Él. Leía esta mañana en la madrugada algo que aparentemente apareció recientemente, y es que el velo del lugar santísimo tenía porciones de rojo, y ese rojo fue obtenido de este gusano. El cordón del sumo sacerdote tenía porciones color rojo que fue obtenido de este gusano. Entiéndese mejor ahora la expresión: "Soy gusano y no hombre." Soy gusano, pero no cualquier gusano. Y allí Cristo murió para dar vida a aquellos de nosotros que estábamos muertos en delitos y pecados.
Por eso dice Cristo en un momento dado: "En verdad les digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo, pero si muere produce mucho fruto." Y Él estaba hablando de su muerte en esa ocasión. Si yo no muero y estoy enterrado, no habrá fruto. Y esto es lo que Cristo está diciendo: yo tengo que morir para que tú vivas. Es increíble que el dador de vida murió, que el Creador del cielo y tierra está agonizando en una cruz, que aquel que resucitó a Lázaro, aquel que le dio vida a la hija de Jairo, aquel que le dio vida al joven hijo de la viuda de Naín, está ahora...
Muriendo en esta cruz, y él dice: "Gusano soy, no hombre". Segunda parte del versículo seis: "Oprobio de los hombres y despreciado del pueblo. Todos los que me ven de mí se burlan, hacen muecas con los labios, menean la cabeza diciendo..." Déjame ir a un momento a eso. Allí fue considerado un maldito. Maldito es todo aquel que muere en un madero. Oprobio de todos los hombres, como mal nacido, como una escoria.
Pero está sintiendo esto, no es simplemente como algo poético, que todavía está meditando y hace como una poesía elegante de la cruz. No, no, no, no. Esta es la descripción de alguien que está pasando por la experiencia de gente que está al pie de la cruz, descrita posteriormente por los evangelios, que están pasando por el frente, que están meneando su cabeza, que están haciendo muecas con los labios. Tú conoces eso. Oye, a ver, mira, "Dijo que era el Hijo de Dios, dijo que era el Mesías". Y esto es lo que decían.
Versículo ocho: "Que se encomiende al Señor, que él lo libre, que él lo rescate, puesto que en él se deleita". Eso es lo que Mateo describe, palabras similares, palabras diferentes, en el capítulo 27 a partir del versículo 39: "Los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: Tú que destruyes el templo en tres días y lo reedificas, sálvate a ti mismo. Si eres el Hijo de Dios, desciende de la cruz. De igual manera también los principales sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, burlándose de él decían: A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él". No, él no se bajó. El domingo, o mejor dicho, se bajó ese día, pero resucitó el domingo, y no creyeron en él.
Versículo 43: "En Dios confía, que le libre ahora si a él le quiere, porque ha dicho: Yo soy el Hijo de Dios. En la misma forma le injuriaban también los ladrones que habían sido crucificados con él". Le injuriaban los principales sacerdotes, los ancianos, los escribas. Es como decir hoy en día: le injuriaban los sacerdotes, los arzobispos, los cardenales, los pastores, los evangelistas, los ancianos. Todo el poder político y religioso le injuriaban. Como si eso fuera poco, se unieron a ellos estos dos ladrones que estaban a su lado y también le injuriaban.
A esta gente, David, viendo hacia adelante pero considerando a Cristo y su experiencia como si Cristo mismo le estuviera hablando mil años antes, a esta gente le llama a todos "fuertes de Basán" que me han cercado, versículo 12; "león rapaz y rugiente", versículo 13; "perros", versículo 16. Cuando el Dios de toda misericordia y bondad se atreve a llamar a hombres perros, estos no eran perros mascotas, estos eran perros salvajes, toros fuertes, leones rugientes. Tú sabes de qué clase de hombres le está hablando. Eso es lo que están rodeando al Mesías, que están al pie de la cruz.
Déjame leerte los versículos completos para que lo puedas entender mejor. Versículo 12: "Muchos toros me han rodeado, fuertes de Basán me han cercado. Abrieron su boca contra mí", estaban ávidos, tenían deseo de decir lo que estaban diciendo, "como león rapaz y rugiente". Versículo 16: "Porque perros me han rodeado, me ha cercado cuadrilla de malhechores". En la antigüedad, hablar de hombres como toros o como leones usualmente implicaba gente de poder, gente de influencia. Poder político, poder romano, que dio permiso para que esto se diera. Y poder religioso, que estaba ahí al pie de la cruz: principales sacerdotes, escribas, ancianos. Individuos que estaban cargados no simplemente de ira, de furia, furia que tú y yo tenemos la capacidad de experimentar también.
Y mientras este hecho está ocurriendo, él se siente abandonado por sus más cercanos colaboradores. Y peor aún, él se siente abandonado por su propio Padre. Y no es como si hubiese estado abandonado, no. Él se sintió abandonado para que la experiencia fuera real y pudiera contar a mi favor. Él tenía que haberse sentido abandonado. Tú puedes ver entonces la agonía de la cruz. Ya, ya, ya Cristo había experimentado agonía con el abandono de sus más cercanos colaboradores.
Y David sigue describiendo esta experiencia de mi Señor en la cruz en el versículo 14 en adelante. Escucha: "Soy derramado como agua, y todos mis huesos están descoyuntados. Mi corazón es como cera, se derrite en medio de mis entrañas. Como un tiesto se ha secado mi vigor, y mi lengua se me pega al paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte". En el versículo 16, segunda parte: "Me horadaron las manos y los pies". Me clavaron, mil años antes, cuando no se conocía la crucifixión. "Puedo contar todos mis huesos". Yo estoy desnudo, desnudo estoy, y estoy tan deshidratado que yo me miro y yo puedo contar mis huesos, lo cual es una realidad. "Ellos me miran, me observan".
"Soy derramado como agua", quizás una alusión a esa sudoración intensa, profusa, que tú sientes cuando estás en dolor intenso. Yo no sé si todos han estado ahí, pero en varias ocasiones de mi vida yo he estado ahí. Ciertamente he sabido mojar la camisa y la camiseta de abajo, la ropa interior, de la sudoración profusa. Y eso ni se asemeja al dolor del que Cristo está hablando. Al dolor de tener un clavo de cinco a siete pulgadas, y un clavo suficientemente ancho para soportar el peso del cuerpo, traspasado en medio de la muñeca, que era donde se hacía el clavado, que habría de seccionar el nervio mediano, un nervio suficientemente grande para producir el dolor más intenso que tú te puedas imaginar, y más allá de tu imaginación. Un nervio que, tan pronto tú lo cortaste, hace que los dedos se vuelvan como en garras. Por eso es que el crucifijo tiene a Cristo con los dedos en garras.
"Todos mis huesos están descoyuntados". Tú no pienses que un hombre de 140 o 150 libras colgando de dos clavos... Tú no pienses que la articulación de los hombros se va a quedar en su lugar. Las piernas había que doblarlas para clavar un pie encima de otro, y luego tenía que empujarse hacia arriba para respirar. Posiblemente alguna de las articulaciones de la cadera, o quizás articulaciones donde las costillas se unen al esternón, quizás habían descoyuntado por la misma razón. Y Cristo dice: "Todos mis huesos están descoyuntados". Tú te imaginas el dolor, la agonía, la intensidad de esto, y sin verle fin a esta experiencia. ¿Cuándo es que va a terminar?
"Mi corazón es como cera, se derrite en medio de mis entrañas". Y quizás estaba haciendo referencia al corazón en términos de sus emociones, pero quizás no. La razón por la que menciono esto es porque en un artículo escrito en el año 1986, estando nosotros todavía en Estado Unido, escrito por un patólogo y un ministro de una de las denominaciones, creo como un ministro metodista, publicado en el órgano oficial de la Asociación Médica Americana, la revista JAMA, 1986, hablando de las implicaciones médicas de la crucifixión de Cristo, se menciona que bajo condiciones tan intensas de estrés y de dolor y de deshidratación es posible experimentar arritmias cardíacas, es posible experimentar trombosis de los vasos, incluyendo la posibilidad de infartos masivos que pudieran llegar hasta la rotura de la pared lateral externa del ventrículo izquierdo. Quizás esto es a lo que Cristo se está refiriendo cuando dice: "Mi corazón es como cera, se derrite en medio de mis entrañas". Quizás algo de esto es lo que está experimentando nuestro Señor.
Y él dice en el versículo 15: "La lengua se me pega al paladar". Algunos de nosotros nos hemos levantado en medio de la noche, quizás respirando por la boca, y como que la mucosa oral se nos ha pegado a la encía. Pero como tú no estás deshidratado, tú cierras la boca y como que tú rápidamente logras producir saliva, lubricar esas dos mucosas, y prontamente te sientes mejor de la sensación. Esto no es lo que está pasando con Cristo. Él ha estado sangrando después de esos 39 latigazos que con toda probabilidad recibió. Ha estado sudando desde temprano, ha estado sudando desde que estaba en el huerto de Getsemaní, grandes gotas de sangre. Él está completamente deshidratado y no puede de ninguna forma despegar fácilmente esa lengua que se ha pegado al paladar. Así de seca está.
Y en un momento dado entonces, Juan 19:28 registra cuando él dice: "Tengo sed". Pero como está siendo tratado como un vil criminal, no pienses que te van a dar agua. Si tú quieres, toma un trago de vinagre. El vinagre es una bebida sumamente ácida, con un pH de 2.4. El pH de ácido de batería es un poquito menos de uno, y tienes así una idea de lo que le dieron a tomar. El ácido del estómago es como 1.5 de pH.
"Me horadaron las manos", me clavaron las manos y los pies, una clara alusión a la crucifixión. Los músculos del tórax fijados en una posición donde tú no puedes respirar. Para respirar tú tendrías que empujar de los pies, pero tú tienes un clavo traspasando tus pies, y cada vez que tú empujas, el clavo va a rozar los huesos. Y tendrías que rotar las manos al mismo tiempo, lo cual haría también rozar tus huesos con el clavo que tienes en tu muñeca. Esa es la agonía de Cristo, el dolor real. Una razón: tu pecado, mi pecado.
Versículo 17: "Puedo contar mis huesos, ellos me miran, me observan". La cruz fue diseñada para producir la máxima vergüenza, de manera que el crucificado se clavaba desnudo, quizás cubriendo un poquito los genitales. Y cuando tú estás deshidratado, tú puedes ver una persona deshidratada y tú dices: "Pero, ¿qué fue lo que le pasó?" Toda la piel, los músculos están como hundidos. Tú puedes ver los pómulos, tú puedes ver el hueso frontal, tú puedes contar las costillas. Es algo increíble. Y Cristo dice en la cruz: "Yo me veo y puedo contar mis huesos". Primero, estoy desnudo, y segundo, no tengo volumen que circula.
Y ahí debajo, versículo 18, los toros de Basán, los leones rugientes y los perros, los malhechores, "reparten mis vestidos entre sí, y sobre mi ropa echan suertes". Solo dice el salmista, mil años antes de que ocurriera, algo que Mateo registra en su Evangelio en 27:35. Y la razón era que, algunos historiadores dicen, que la crucifixión de educación se tornaba en entretenimiento. En este caso: "Nos vamos a rifar la bata del rey, ¿quién quiere la bata?" Y era como una burla. De manera que tú estás ahí en máximo dolor, tú tienes el poder de llamar una legión de ángeles que te bajen de allí y terminen con esto, y tú voluntariamente lo soportas.
El dolor, la burla y todo lo demás que está ocurriendo con muecas, moviendo las cabezas. Y el texto, esta parte del texto, cierra con un clamor a Dios de parte de alguien que está en profunda angustia, que se siente atacado por seres humanos que son comparados con perros, leones y búfalos. Escucha cómo esta porción del salmo cierra y dice: "Pero tú, oh Señor, no estés lejos. Fuerza mía, apresúrate a socorrerme. Ven pronto, no aguanto más, no soporto más. Libra mi alma de la espada, mi única vida de las garras del perro. Sálvame de la boca del león y de los cuernos de los búfalos. Respóndeme."
Imagínate, estas son figuras, son metáforas, figuras del habla para comunicar intensidad. "Líbrame de la boca del león." Imagínate qué es lo que está tratando de comunicar esto. "Líbrame de los cuernos del búfalo, líbrame de los perros, no estés lejos, apresúrate a socorrerme." Porque la cruz está haciendo justamente para lo que fue diseñada: fue un instrumento de tortura, de dolor, para causar la mayor vergüenza posible.
Por eso, por varios cientos de años después de la crucifixión, tú no encuentras ninguna muestra de la cruz en el arte ni como instrumento de decoración. Nadie va a poner una cruz en despliegue, mucho menos como en una cadenita o en un collar, porque la cruz era un instrumento de maldición y de vergüenza. La idea de un Mesías crucificado era incomprensible, inimaginable, imposible. Por eso es que Isaías le llama piedra de tropiezo y roca de escándalo setecientos años antes. ¿Y quién pensaría que el Mesías que vendría sería tan manso, humilde, "so meek and humble," dice la canción de Michael Card?
Y alguien pudiera preguntar: "Pero, ¿es que no había otra forma en la mente de Dios Padre como Él pudiera habernos limpiado de pecado que no fuera la cruz?" Anselmo respondió eso en el año mil de esta era. Anselmo, uno de los teólogos de esa época, y la respuesta es no. Él escribió todo un libro, El Dios hecho hombre, para responder esa pregunta. No, la cruz de Cristo era, es, fue necesaria por más de una razón.
La cruz de Cristo fue necesaria porque Adán sumergió toda la raza humana en una condición de pecado vergonzosa, y la única cosa que la iba a sacar de allí sería una pena igualmente vergonzosa como la cruz. La pena es vergonzosa, pero la razón de la pena es el pecado. Y lo increíble, mientras yo rumiaba esta semana, es que nuestro pecado no nos avergüenza delante de Aquel que crucificó a su Hijo por mi pecado. ¿Qué voy a decir, que nos avergüenza que el hombre se entere de mi pecado? Eso es lo que nos ha avergonzado.
La única razón por la que tu pecado y el mío no nos avergüenza delante de Dios es porque no hemos visto la santidad de Dios por lo que es. Porque cuando Isaías la vio, Isaías no solamente se sintió avergonzado, Isaías se sintió arruinado. De hecho se sintió... la expresión sería, si la traducimos literalmente, desintegrado, como si lo hubieran abierto en dos. Cuando Habacuc lo vio, tembló, sus labios temblaron y se sintió que podredumbre entraba en sus huesos. Es que tú y yo tenemos que ver la santidad de Dios para que en mi ser, en lo que yo soy, y luego en lo que vivo, yo pueda dar gloria a Dios.
El horror de la cruz tenía que ser correspondiente al horror de haber violado la infinita santidad de Dios. El horror de la cruz tenía que ser correspondiente al horror de haber violado la infinita santidad de Dios y de haber arruinado en un solo momento, en una sola acción, en una sola conversación, aquello que a Dios le tomó seis días para hacer, invirtiéndose Él en todo su ser. Y Adán tiene la osadía de arruinarlo en un solo momento y hacer que aquello que Dios había declarado bueno en gran manera se convirtiera en pecaminoso y odioso en gran manera.
La cruz de Cristo fue necesaria porque teníamos una deuda moral con Dios de dimensiones infinitas, y lo único que podía pagar dicha deuda era un pago de valor infinito. Y lo único que tiene esa expresión es la sangre del Unigénito.
La cruz de Cristo fue necesaria porque Dios estaba airado con el hombre. Dios estaba airado con el hombre, y la expresión de su ira no es más que la ejecución de su justicia. Y en la cruz, la ira de Dios fue derramada, desbordada sobre su Hijo en gran manera, porque Tú estás tomando, estás representando a millones de personas llenas de los pecados más horribles, y Yo tengo que descargar toda mi ira sobre Ti si Tú has de sustituirlos a ellos.
La cruz de Cristo fue necesaria porque había una enemistad entre el hombre y Dios, y si Dios no construía el puente, la humanidad entera terminaría en el infierno. Y Cristo construyó el puente en forma de cruz, y sus brazos y sus piernas fueron las vigas que sostuvieron el puente.
La cruz de Cristo fue necesaria para reflejar la enormidad de mi culpa. La profundidad de su dolor en la cruz es la revelación de la profundidad de mi culpa y de mi depravación. La profundidad del dolor en la cruz es la revelación de la profundidad de mi culpa y de mi depravación. A nosotros no nos gusta vernos como depravados, pero nosotros hablamos teológicamente de la depravación total. La depravación total la sufren los hombres, mujeres, seres humanos.
La cruz de Cristo fue necesaria porque solo la sangre de Cristo podía tocar el rojo de mi pecado y volverlo blanco como la nieve. Pero eso es como paradójico, que el rojo de la sangre toque el rojo de mi pecado y lo vuelva blanco como la nieve. No solamente suena paradójico, es paradójico. Pero la realidad es que todo lo que tiene que ver con Cristo es paradójico. Un Mesías en una cruz, yo te lo dije, es paradójico. Un Rey en forma de siervo es paradójico. Un Dios, el Dios, el único Dios hecho hombre es paradójico. Una muerte que da vida es paradójico.
Un amigo fiel traicionado por un amigo que compartió el pan en la cena, en la última cena, horas antes, que tomó el pan de sus propias manos, que tomó el bocado de su propia mano, traicionado por él, es paradójico. Un amigo que muere por el amigo que lo negó tres veces antes de ir a la cruz, y aun después, es paradójico. Que Jesús me llame a morir para yo poder vivir es paradójico.
Que Jesús muera por mis pecados, que yo le entregue mi vida, que yo lo proclame como mi Salvador y mi Señor, y que después de entregarle mi vida ese hombre sea capaz de cometer pecados peores a los que él había cometido anterior a la entrega de su vida, eso es extraordinariamente paradójico. Que Jesús quiera recibirme aun después de haber pecado de esa manera, que si vengo con un corazón contrito y humillado, verdaderamente contrito y humillado, donde en mente y obra no quiero repetir lo hecho, Jesús es capaz de recibirme y de perdonarme. Es la razón por lo que hablamos de una salvación por gracia.
Es la razón por la que tú puedes abrir el libro de Apocalipsis y encontrarte en el capítulo siete una multitud de hombres y mujeres comprados a precio de sangre, de todo pueblo, lengua, tribu y nación, que están adorando al Cordero de una forma extraordinaria, con un gozo que es indescriptible, y que ellos de forma espontánea dicen: "Amén. La bendición, la gloria, la sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la fortaleza sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén."
Y uno de los ancianos habló diciéndome: "Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?" Y le respondí: "Señor mío, tú lo sabes." Y él me dijo: "Estos son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus vestiduras y las han emblanquecido en la sangre del Cordero. Por eso están delante del trono de Dios y le sirven día y noche en su templo, y Aquel que está sentado en el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá sobre ellos ni ningún calor abrasador, pues el Cordero que está en medio del trono los pastoreará y los guiará a manantiales de agua viva, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos."
¡Aleluya! ¡Gloria a Dios! Digno es verdaderamente el Cordero de recibir el honor, la gloria, la alabanza, el poder por los siglos de los siglos. Amén y amén.
Ese es tu Salvador, ese es tu Redentor. Allí en la cruz fue a un infierno para que tú no tengas que ir. Allí en la cruz sufrió lo que tú y yo debíamos sufrir para que hoy tú vivas y le honres con lo que soy, con lo que viva.
Gracias, gracias por un Salvador tan extraordinario. Gracias que la historia no terminó el viernes en la noche. Gracias que el próximo domingo podemos hablar del domingo en la mañana, de la tumba vacía, del Cristo resucitado, de Aquel que no se esperaba y Aquel que abrió el camino. Gracias por mostrarme que mi depravación requirió su crucifixión. Gracias por mostrarme que su crucifixión hizo posible lo que nadie ni nada podía hacer posible, y es que yo, hijo de ira, pase a ser hijo de Dios.
Gracias que el Espíritu Santo sostuvo a Cristo, y por el Espíritu eterno Él se ofreció allí en la cruz, y ese mismo Espíritu ha sido enviado a morar en mí para darme el poder para yo vivir la victoria sobre el pecado, tal como habla tu Palabra en Romanos 8. Ayúdanos, Señor, por medio del Espíritu que habita en nosotros, el Espíritu de vida como es llamado, que nos ayuda a vivir la realidad de la vida cristiana. Ayúdanos a hacer esto para gloria tuya, ya que mi culpa fue removida, mi maldad eliminada, mi iniquidad perdonada, mi pecado limpiado y mi muerte clavada. Y ahora yo vivo. La vida que vivo la vivo no yo, sino Cristo en mí.
Tu pueblo dice amén.