Cristo extiende una invitación abierta a todo aquel que vive cargado y cansado: "Venid a mí, y yo os haré descansar." Esa invitación revela algo: si necesitamos venir, es porque estamos lejos. Y la lejanía de Dios es precisamente lo que cansa al ser humano. Jesús vio en Palestina gente agotada por enfermedades, por el pecado, por el peso del pasado, por las imposiciones religiosas de los fariseos. Hoy el cansancio tiene otros rostros —el temor a una pandemia, el confinamiento, la ansiedad— pero la raíz es la misma: vivimos lejos del único que puede darnos verdadero reposo.
Lo sorprendente es que Cristo no ofrece una lección teórica sobre el descanso, sino una relación. "Aprended de mí," dice, "que soy manso y humilde de corazón." De todas las virtudes que pudo destacar, escogió la humildad. Y es que sin ella, todas las demás virtudes se convierten en vicios: el talento produce arrogancia, el liderazgo exige en lugar de servir, el conocimiento infla en vez de edificar. La humildad es la columna vertebral de la vida cristiana porque solo ella permite el arrepentimiento genuino, la sumisión a Dios y la paz con los demás.
El pastor Núñez ilustra esto con la historia de un niño que mata accidentalmente el pato de su abuelo y vive esclavizado por el secreto, manipulado por su hermana que conoce la verdad. Solo cuando confiesa, encuentra libertad. Así opera el orgullo: nos mantiene atados mientras aparentamos estar bien. Cristo, en cambio, ofrece un yugo ligero —no porque la obediencia sea fácil para la carne, sino porque su yugo es esencialmente amor. "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos." Él es el lugar de descanso cuando ya no podemos más, y también antes de llegar a cansarnos.
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Señor, nosotros hemos cantado que en mi vida doy para honrar, sí, a ti. ¿Será cierto eso, Dios? ¿Es cierto que nosotros te damos cada día de nuestra vida con la intención expresa y hacemos cada cosa con la intención expresa de honrar la cruz donde tú pagaste por nuestros pecados? Señor, yo te pido que no nos dejes cantar cosas que no podemos vivir. O, Señor, que tú cierres nuestros labios antes de cantarte cosas que no sean ciertas. Y te pido que uses la palabra que ha de ser expuesta para exponer nuestros pensamientos delante de ti, nuestros corazones, nuestras acciones, nuestras vidas. Padre, que tu Espíritu escudriñe mi corazón y mire si hay alguna senda de iniquidad en mí. Ayúdanos a caminar en integridad de corazón, Dios, delante de ti, tú que ves, tú que velas por tus hijos, tú que diste sangre para limpiarnos. Ayúdanos a honrar tu sangre, oh Señor.
En esta mañana, una vez más, nosotros te damos gracias por la oportunidad de poder volver como cuerpo de Cristo de una manera restringida, de una manera limitada, pero gracias, Dios, de poder reflexionar por medio de tu palabra y en el Espíritu de Dios acerca de cosas que tú tienes que decir a cada uno de tus hijos. Y te pido que derrames tu espíritu de sabiduría y de discernimiento y de iluminación sobre el predicador y sobre los predicados, para que aquel que es digno de la tribu de Judá, aquel sobre quien cantamos, que es digno de abrir el libro y romper los siete sellos, sea verdaderamente honrado en palabras a la hora de predicar, a la hora de cantar, en vida a la hora de vivir. Y te lo pedimos en el precioso y poderoso nombre de tu Hijo Jesús. Amén.
Bien, bendiciones, podemos sentarnos. Bienvenidos a este primer servicio de regreso, verdad, como hemos estado diciendo. Para seguir predicando lo que hemos estado predicando los últimos domingos, hemos estado haciendo una serie que titulamos "Él es el Cristo que predicamos". En el día de hoy vamos a estar cubriendo un texto breve de Mateo 11, del versículo 28 al versículo 30. Es un pasaje muy conocido para todos nosotros, pero es un pasaje que tiene cosas que decirnos a pesar de haberlo leído una y otra vez.
Esto es lo que la palabra de Dios dice en Mateo 11, del versículo 28 al 30: "Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil y mi carga es ligera."
La semana anterior nosotros predicamos un mensaje que titulamos "Cristo, el libertador por excelencia", el libertador de la humanidad, una humanidad que vive esclavizada, dijimos, a patrones de pensamientos y patrones de conducta pensando todo el tiempo que vive en libertad cuando en realidad, de acuerdo a lo que la palabra de Dios revela, no lo está. Hablamos además que lo que esclaviza al hombre es la mentira que él compra y luego que él vive. Por eso dijo Cristo: "Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres."
Cristo tenía muy claro que lo que hundió a la creación de Dios, eminentemente buena, buena en gran manera, en la corrupción en la que se encuentra hoy en día y que gime, fue precisamente una mentira vendida por la serpiente y comprada por la primera pareja. Esa es la razón por la que él dice que él vino a dar testimonio de la verdad y que cuando conozcáis la verdad os hará libres. Si conocemos la verdad y vivimos la verdad, experimentaremos total libertad. Si conocemos la verdad y vivimos una mentira, nuestra condición es peor que al principio porque nos hemos encadenado voluntariamente después que Cristo ha roto dichas cadenas.
Dijimos la semana pasada que detrás de cada pecado, tuyo o mío, hay una mentira que tú y yo hemos comprado y que tú y yo estamos viviendo. Lamentablemente el hombre se miente a sí mismo, le miente a otros e incluso tratamos en ocasiones de mentirle a Dios. Nosotros complicamos la vida aún más porque nosotros no podemos tapar la mentira con la verdad; la verdad descubre la mentira. Nosotros lo que tratamos de hacer es tapar la mentira con otra mentira, lo cual complica toda mi existencia y profundiza mi esclavitud.
Cristo sabía eso perfectamente bien, sabía lo que hundió, como decíamos, la creación en esclavitud. No es la verdad de Cristo la que esclaviza, no es la verdad de Cristo la que pesa, es la mentira que compramos y que vivimos. El hombre vive con un peso sobre sí que él se ha autoimpuesto.
Leía en el día de ayer una cita del pastor John MacArthur que decía que muchas veces la gente le pregunta acerca del reino venidero, de la vida venidera, y que él habla de que él está muy entusiasmado con llegar allá, pero que lo que lo entusiasma a él no son las calles de oro y las puertas de perlas, sino la ausencia de pecado. Y él entonces termina la cita diciendo: "Yo estoy cansado del pecado." Yo no creo, conociendo la integridad con la que él ha vivido, que él se estaba refiriendo a su propio pecado. Yo creo que él estaba haciendo alusión a algo que el profeta Habacuc lo dijo cuando veía a su alrededor, y para dondequiera que él veía se encontraba que había pecado hacia el rededor, y entonces clama a Dios y le dice: "Señor, ¿cómo es que tú puedes ver esto que yo estoy viendo, que a mí me duele, y parece como si tú no estuvieras haciendo absolutamente nada?" Yo creo que se está refiriendo a la condición de pecado en que vive el planeta, incluyendo hijos de Dios.
Y cuando el Señor se encarnó y estuvo ministrando en Palestina, él pudo percatarse con frecuencia de cuán cargada y cansada estaba la gente. Había gente que estaba cansada de enfermedades, como aquella mujer que tuvo doce años sangrando, o aquel hombre que estuvo paralítico por treinta y ocho años, o aquel otro hombre que estuvo ciego desde el nacimiento que eventualmente él sanó. Él vio gente cansada por las imposiciones que los fariseos hacían con relación a la ley, imposiciones sobre sus discípulos con cosas que la ley nunca estableció. Él vio gente cansada, cargada por el pecado, como esa prostituta que se acercó a él y ungió sus pies. Él vio gente cansada o cargada con su pasado, como esta mujer samaritana, a quien él entrevista y le pregunta, y ella quiere traer a su marido, y él le pregunta por su marido, y ella dice: "Bueno, Señor, yo no tengo marido." Y ella estaba mintiendo, estaba ocultando, porque la realidad era como Cristo le dijo: "Ciertamente no tienes marido, pero tú has tenido cinco maridos, y el que tienes ahora no es tu marido." Estaba viviendo en fornicación, y sin embargo Cristo, movido a compasión, logra sanarla y llevarla a la salvación. Él vio gente cargada por pérdida de seres queridos, como Marta y María, que estuvieron llorando, y él las vio y le dolió, e incluso lloró delante de la tumba de Lázaro.
Lo increíble de ese corazón de nuestro Señor es que en toda y cada una de estas circunstancias él fue movido a compasión. Es por eso que él viene y dice en esta ocasión: "Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón." Cristo no los está llamando a aprender una lección, a aprender a recitar ciertos pasajes. No, no. Tú vienes donde mí, tú me observas, tú observas mi vida, tú caminas conmigo y aprendes de mí. Que soy, ni siquiera que enseño, que soy manso y humilde de corazón. Cuando hagas eso, hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil y mi carga es ligera.
Para poder desglosar el pasaje de una manera como que se nos quede, yo voy a dividirlo en seis porciones. Y tú puedes ver en primer lugar que hay una invitación: "Venid, venid a mí." En segundo lugar hay una oferta o promesa: "Yo os haré descansar." En tercer lugar hay una especie de mandato benevolente: "Tomad mi yugo." Eso está en el imperativo, pero es como algo benevolente, verdad, "tomad mi yugo", por lo que le está prometiendo. En cuarto lugar hay una segunda invitación: "Aprended de mí." La primera es "venid a mí", la segunda es "aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón." En quinto lugar hay una repetición de la promesa inicial, porque inicialmente él nos dice: "Venid a mí todos los que estáis cargados y cansados, yo os haré descansar." La promesa es el descanso, y ahora él dice: "Y si aprendo a ser manso y humilde, hallaréis descanso para vuestras almas." Es la misma promesa repetida, subrayada, enfatizada. Y al final hay una explicación del descanso que él provee cuando dice: "Porque mi yugo es fácil." El "porque" es la explicación, "y mi carga es ligera."
Y lo que quiero hacer ahora es comenzar obviamente por lo primero. Veamos la primera invitación: "Venid, venid a mí, todos los que estáis cargados y cansados." Jesús estuvo consciente de que el ser humano así vive. Él sabe que en este planeta disfuncional todo disfunciona. De hecho, nosotros mismos somos personas disfuncionales en diferentes grados, en diferentes áreas, con diferentes colores. Entonces, cuando gente disfuncional se relaciona con gente disfuncional, se incrementa la disfuncionalidad, y esa gente vive cargada: a veces con el pasado, a veces con el presente, a veces con el futuro.
Ahora mismo hay gente que está cargada pensando que el COVID pudiera terminar con su vida. Gente cristiana que cree en la soberanía de Dios o afirma la soberanía de Dios, la providencia de Dios, está cargada pensando que el COVID-19 reina y que el COVID-19 es quien determina si él se queda en este mundo o se va al mundo venidero. Gente cansada de esa manera. Hay otros que están cansados del confinamiento social, del distanciamiento social, de estas mascarillas que tenemos que llevar como estamos haciendo hoy en día, y gente cansada de eso.
Al mismo tiempo, Jesús está consciente de que lo que cansa al hombre es su lejanía de Dios. Jesús está consciente de que aquellos que están caminando cerca de él, en sentido general, su vida no está caracterizada por un cansancio o por una carga, sino todo lo opuesto.
Cuando Jesús dice "venid", hay una revelación. Venid, porque estáis lejos. Venid a disfrutar. Venid a mí a disfrutar de algo que ahora no tienes porque no estás en mi cercanía. Cuando Jesús caminó en Palestina, las cosas que ocurrieron, ocurrieron en su cercanía. La mujer que tenía doce años sangrando, dice que era parte de la multitud, y ella tenía miedo y temblando se abrió paso entre la multitud, lo cual no era típico de una mujer, y mucho menos una mujer sangrando que ya de por sí era inmunda. Y ella se acercó y tocó el borde de su manto, y ella quedó sana. Cuando las cosas pasaron, pasaron en la cercanía de Jesús, no en su lejanía.
Jesús dice "venid a mí". Venir implica creer en mí. Venir implica que tú vienes con una actitud de arrepentimiento, con un corazón contrito y humillado del pecado que te está cargando, y tú vienes ahora sinceramente, genuinamente, porque tú quieres terminar esa práctica. Y entonces tú confiesas, me pides arrepentimiento, y yo logro liberarte de lo que te estaba pesando. Venir implica beber del agua viva. El que beba de esta agua no tendrá sed jamás. Venir a Cristo implica abandonar tu vida anterior, abandonar este mundo con sus atractivos, con sus ofertas, para abrazar el mundo venidero.
Ahora, para yo venir a Cristo, yo tengo que reconocer que estoy cargado, que estoy cansado, que estoy esclavizado, que estoy atrapado en algún patrón de pensamiento o de conducta. Si pienso que estoy viviendo una buena vida, o si pienso que estoy disfrutando de los placeres de este mundo, pues su invitación no va a tener un gran atractivo. Su invitación no me va a aparecer ni siquiera como de mucha calidez, de mucho interés. Y Cristo, reconociendo la lejanía que el hombre frecuentemente guarda con Dios, nos invita a venir a Él.
Yo creo que nosotros mismos, como cristianos, podemos dar testimonio de que en ocasiones nos hemos sentido cargados o cansados por un período de tiempo. Y cuando hemos pausado y hemos hecho introspección, frecuentemente hemos descubierto que durante un periodo de mi vida, a veces días, a veces meses, a veces años, nos hemos ido apartando de Dios. Hemos seguido nuestras actividades religiosas, y esas actividades religiosas nos convencieron de que no estamos lejos de Dios. Pero de repente comenzamos a sentir el cansancio, la carga, y hemos descubierto que estábamos verdaderamente lejos de Dios.
Dios conoce la relación que existe entre la carga y el cansancio, y la cercanía y la lejanía. Por eso es que Isaías 40:31 nos dice que los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas, se remontarán con alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán. Estarán en actividad, estarán viviendo, estarán viviendo hasta con cierto sentido de intensidad, de urgencia. Sin embargo, el hecho de esperar en Él hace que el Señor mismo pueda renovar sus energías. Venid a mí, venid a encontrar en mí lo que no puedes encontrar en ningún otro lugar. Ahí está entonces la primera invitación: venir.
La segunda, esa invitación viene con una promesa: yo os haré descansar. Yo, mi persona. Hay algo en mí que tú no puedes encontrar en ningún otro lugar. Hay un perdón de pecados que nada ni nadie te puede dar que no sea yo, y yo te hago descansar cuando tú vienes en arrepentimiento. Ven. Hay una paz que el mundo no te puede dar. Por eso es que Él dijo: "Mi paz os dejo, mi paz os doy, pero no la doy como el mundo la da". No, no, no, es una paz que es el resultado de saber que Él está en control de todas las cosas que ocurren a mi alrededor, que Él está en control de cada enfermedad, de cada pandemia, de cada molécula, de cada átomo, de cada vida. Que no hay microbio que reine, que es Él el que reina. Hay una paz que Él da como resultado de eso.
Hay una perspectiva eterna que nos permite ver esta vida de otra manera, que no la puedes encontrar fuera de Él. Hay un sentido de propósito, de significado que la vida tiene, aun en el dolor, aun en las pérdidas, que solamente puedes encontrar en Cristo. Y cuando lo encuentras, tú tienes cierto descanso. Y de ahí que Él dice: "Venid a mí todos". Es una invitación amplia, abierta, prácticamente universal. "A todos los que estáis cansados y cargados, yo os haré descansar". Él entiende la carga y el cansancio que este mundo produce.
Número tres, hay un mandato benevolente de parte de Él: tomad mi yugo sobre vosotros. Nosotros entendemos este yugo como una metáfora, una figura del habla que nos permite comparar una circunstancia con algo quizá de la vida real. En este caso, si piensas en la antigüedad, el yugo frecuentemente hacía alusión a un pedazo de instrumento, un pedazo de madera que permitía colocar a dos bueyes uno al lado del otro para arar la tierra. Era la práctica, usualmente, quizá lo sigue siendo en algunas regiones. Lo que ocurría era que había un buey más viejo, más experimentado, más fuerte, ya experto por así decirlo en el arado, que era colocado con uno más joven, menos experimentado, no entrenado. Y entonces estos dos animales araban juntos, de tal forma que el más joven se convertía como en una especie de discípulo del animal más entrenado.
Y quizás en parte Cristo está diciendo: ven en este tipo de yugo donde tú seas mi discípulo, donde yo pueda caminar contigo, donde tú puedas observar mi vida, donde tú puedas aprender de mí. Y sabes que no solamente vas a caminar conmigo, no solamente es que te vas a cargar menos, es que yo voy a tomar toda tu carga. Lo que tú tienes que hacer es caminar junto a mí. Es lo mismo que Cristo dice, que echemos toda nuestra ansiedad sobre Él: echa toda tu ansiedad sobre su persona. Cristo iría liderando de la misma manera que este buey más experimentado iría liderando también.
Quizá Cristo está usando esa metáfora también para hacer alusión a estas cargas pesadas, de las cuales te voy a leer más tarde, que los fariseos imponían sobre sus discípulos, pero que eran innecesarias y que estaban aplastando la vida de sus discípulos. Tomar su yugo no es otra cosa que una invitación a la sumisión a su voluntad. Tomar su yugo no es otra cosa que entregarle el control de tu vida a Cristo verdaderamente.
La sumisión a la voluntad de Cristo es lo que garantiza el descanso en nuestras vidas, porque nosotros, cuando desobedecemos sus mandatos, es cuando nos comenzamos a enredar otra vez en los asuntos de este mundo, y comenzamos a perder velocidad, y comenzamos a perder pasión, porque algo nos ha comenzado a robar la pasión que debió haberle dado a Dios solamente. Por eso dice: entra en mi yugo, tú vas a experimentar libertad, descanso.
No me recuerdo, hay una segunda invitación donde Cristo dice: aprended de mí. Sí, es una invitación: aprended de mí, que soy manso y humilde. Primero nos invitaba a venir, y luego, que venimos, nos dice: pero ahora que viniste, hay algo que tú tienes que aprender. Y lo que quiero que aprendas no es una lección en palabras; lo que quiero que aprendas es un estilo de vida modelado. Porque Cristo lo que dice es: aprended de mí, que soy manso y humilde.
Noten que el texto no dice: te voy a enseñar cómo luce la humildad, cómo se define, qué cosas tú haces para cultivar humildad. No, no, no. Tú vienes, me observas, tú ves, tú caminas conmigo, y tú descubres qué es lo que es esa cualidad. Cuando Cristo hace esa declaración, es una declaración impresionante, porque Cristo es la consumación de todas las virtudes que tú puedas pensar. Y sin embargo, cuando Él quiso enseñarnos una virtud de todas las que formaban parte de su vida, Él escogió la mansedumbre y la humildad. Las voy a unir como si fuera una sola para enseñarnos eso.
Es como si Cristo estuviera diciéndonos: esta cualidad, esta virtud, es cardinal para la vida cristiana; todas las demás dependen de ella, como voy a mostrar ilustrando. La ausencia de esa cualidad o virtud es la causa de la mayoría de los males de la humanidad. Es imposible encontrar descanso para mi alma en la ausencia de mansedumbre y humildad, de acuerdo a este texto en el que estamos detenidos por un momento.
Cristo llamó a sus discípulos a ser mansos y humildes. En el mundo grecorromano que ellos vivieron, cuando Cristo vino, quien dominaba era Roma, pero Grecia conquistó a Roma culturalmente, y por eso se llama el mundo grecorromano. La humildad era quizá la última de las virtudes; de hecho, no era una virtud, no era algo para poseer, no era algo para aplaudir, no era algo que nadie deseaba. En este mundo, esa sociedad creía en lo que era la reputación. Era una sociedad de vergüenza y honor, como la sociedad china hoy en día, la sociedad japonesa. En el oriente son sociedades de vergüenza y honor. Todavía nosotros, yo creo que nosotros en Latinoamérica, tenemos mucho de eso, de ser una sociedad de vergüenza y honor.
Cuando la gente da una excusa, ocurre una acción y miente, y queda bien y pasa, verdad, luce bien, se siente bien, porque al final de cuenta ha evitado la vergüenza. No es una sociedad basada en el sentido del deber. Y lo más importante para aquella sociedad era la reputación, el honor. De tal forma que hablar de humildad a una sociedad donde lo que primaba era el honor, la reputación... De hecho, para Aristóteles lo más grande era la grandeza, el que tú pudieras saber que tú eras grande. Y Cristo viene y dice: no, el valor de lo grande no está en una grandeza, valga la redundancia; el valor de la grandeza está en la pequeñez, en la humildad. Eso fue totalmente contradictorio.
Agustín de Hipona, en el siglo IV, decía, el famoso teólogo, que había tres cosas esenciales para entender cosas de Dios, o entender a Dios hasta cierto punto. Decía: la primera es la humildad, la segunda es la humildad, y la tercera es la humildad. Claro, porque la humildad, o la falta de humildad, que es el orgullo, no es enseñable. No puedo aprender ni siquiera bien o apropiadamente acerca de Dios, porque el orgullo no es enseñable.
Es la humildad que aprende con facilidad, que busca, que quiere ser enseñada. La persona no humilde se caracteriza por un sentido de independencia con respecto a Dios, pero es diferente a cómo Cristo vivió todo el tiempo diciendo que Él no enseñaba, que Él no hacía nada que Su Padre no lo hubiese instruido o enseñado u ordenado. De manera que Cristo modeló lo que es la sumisión a la voluntad de Dios, y eso solamente es posible en humildad. Por eso es que la humildad es central a la vida cristiana; no puedo someterme a la voluntad de Dios en ausencia de humildad. La humildad es la virtud que Cristo quiere que yo aprenda de Él y de nadie más.
La razón por la que eso es así es porque la ausencia de esa virtud —escucha bien— la ausencia de la humildad convierte todas las demás virtudes en vicios. La ausencia de humildad convierte todas las demás virtudes en vicios. Cuando tengo dones y talentos, me creo superior, y al creerme superior con dones, genero celos o críticos, rechazo. ¿Hay tú tienes dones y talentos dados por Dios convertidos en vicios? Cuando Dios me da el privilegio de ejercer el liderazgo, en vez de servir, yo quiero ser servido cuando la humildad no está, y en vez de llenar mis responsabilidades, yo lo que hago es que exijo y demando privilegios.
Es la humildad que te permite manejar los privilegios de una manera santa, y si eso es cierto, nadie manejó los privilegios mejor que el Señor Jesucristo. Nadie lo ha hecho, nadie lo hará. Ningún otro ha manejado privilegios, poder, posición, autoridad, el conocimiento de los demás que Él tenía, y aun las tentaciones, como Cristo lo hizo. Y aun las tentaciones: se requiere de humildad para manejar las tentaciones, porque es la humildad que va y reconoce que está siendo tentado, que no lo puede manejar por sí solo, que va donde Dios, lo reconoce, lo confiesa, se arrepiente, pide perdón, pide ayuda para que Dios lo pueda sostener y le pueda ayudar a vencer dicha tentación.
Cristo, con todo el poder del universo, se dejó clavar por simples hombres en un madero. Con toda la autoridad, hasta el punto que Él podía hablar y los vientos se calmaban, Cristo en su humildad se sometió a toda autoridad humana. Con todos los privilegios típicos de la divinidad, se vació de ellos, se hizo hombre y se encarnó.
Ciertamente, cuando tú analizas todo esto te percatas que la ausencia de la humildad transforma todas las virtudes en vicios y transforma las fortalezas en debilidades. Yo decía esta mañana que un predicador con gran oratoria, gran conocimiento de la Biblia, que carece de humildad, se vuelve alguien que es rechazado por aquellos que le escuchan, de manera que el gran predicador de repente no quiere... la gente no quiere escucharlo.
Con todo el conocimiento que Cristo tenía acerca de los hombres, eligió doce hombres sabiendo que uno lo vendería, uno lo negaría, los otros lo abandonarían en su peor momento. Aquellos que estaban más cercanos a Él fueron los más capaces de traicionarlo, y conociendo eso puso en sus manos aun así una misión. Conociendo que para llevarlos donde Él quería llevarlos, Él tendría que venir, encarnarse, modelar una vida, y luego ir a morir para que aquellos pudieran tener vida verdadera y vida en abundancia. La humildad del Maestro fue mal entendida, porque la humildad siempre es mal entendida por el pecado de los hombres.
Déjame darte varias citas y tratar de explicar lo que estos hombres quisieron decir para que podamos entender mejor y rumiar mejor lo que está en este pasaje. El filósofo Dietrich von Hildebrand definió la humildad como el hábito de vivir en la verdad. Es extraño que la humildad es el hábito de vivir en la verdad. ¿Qué es lo que él estaba tratando de transmitir? Bueno, es que es la humildad que te permite reconocer quién tú eres verdaderamente. Entonces, cuando tú reconoces quién eres verdaderamente, porque la humildad hace eso, entonces tú puedes exhibir un estilo de vida que de otra manera no hubieses podido.
El orgullo vive una mentira. El orgullo vive queriendo aparentar una cosa que no es, pero quiere que el otro crea que verdaderamente es lo que aparenta y no lo que es. En ese sentido no puedo encontrar descanso para mi alma. Estoy siempre inquieto pensando que es posible que en algún momento yo falle, que en algún momento alguien vea una grieta, que en algún momento alguien encuentre, o yo me resbale, y alguien encuentre quién yo soy verdaderamente, y que ya la mentira que estaba viviendo no me funciona más. Eso es lo que aludía el filósofo.
El místico Bernardo de Claraval definía la humildad como la virtud a través de la cual el hombre reconoce que es indigno porque realmente conoce quién él es. La humildad es una virtud que me permite ver que verdaderamente, al lado de este León de la tribu de Judá que es digno, yo soy tan indigno, porque me permite ver mi depravación. Y entonces yo puedo hacer algo con ella, porque puedo ir a Cristo, porque Él me ha invitado a venir a Él y me ha invitado a darme descanso, y ese descanso lo puedo encontrar cuando en humildad de corazón yo le traigo mis pecados y Él me perdona.
Por otro lado, C. S. Lewis decía que la humildad consiste no en que pienses menos frecuentemente acerca de ti —que no es eso, no es como que "bueno, yo casi no pienso en mí"—. Decía Lewis: "No, eso no es. Es que cuando pienses en ti, pienses que eres menos de lo que realmente eres."
Ahora yo tengo como tres ángulos distintos de cómo ver la humildad: la vi del punto de vista del filósofo Hildebrand, la vi del punto de vista del místico Bernardo de Claraval, la vi del punto de vista de C. S. Lewis. La humildad, yo quisiera mencionar eso, porque la humildad siempre ha sido mal entendida. Unos la ven y piensan: "Ese es un tonto", pero Cristo no fue tonto. Unos la ven y dicen: "Hay, qué ingenuo", pero Cristo no fue ingenuo. Unos la ven y dicen: "Ese es un estúpido", pero Cristo no fue estúpido.
Cristo modeló lo que es ser manso y humilde de corazón hasta lavar los pies, y alguien pudo haber estado ahí y conocer el corazón de Judas y hubiese podido concluir: "Este es un estúpido, está lavando los pies a quien lo va a vender en unas horas. Un tonto, es un ingenuo, ni siquiera se ha dado cuenta de la maldad de este hombre." No, el único que sabía la maldad de este hombre era Jesús, pero conociendo su maldad, la humildad no deja de hacer lo que ella es.
Hemos visto que la ausencia de humildad transforma todas las demás virtudes en vicios. Bueno, la persona no humilde exige que los que están debajo de él hagan cosas que él no modela, pero no Cristo. Te voy a hablar de eso un poquito más adelante cuando leamos un pasaje también del Evangelio de Mateo. La ausencia de humildad hace que tú tengas personas debajo a quienes les exijas que se comporten de una manera que tú no te comportas.
Y Cristo, en su mansedumbre, no solamente hizo todo eso, sino que también fue tolerante de aquellos que aún todavía no habían encontrado libertad en Él, como la mujer samaritana, como la prostituta que unge sus pies, como el hombre que había sido ciego toda su vida. A diferencia de los fariseos que eran críticos, condenadores, duros, crueles. Y Cristo nos recuerda que tenemos que venir a Él y aprender de una forma muy especial lo que es ser manso y humilde. Es de Él que aprendemos, es de Dios que aprendemos eso.
Yo decía esta mañana que si hubo alguien en el Antiguo Testamento que aprendió de Dios, que hablaba cara a cara con Dios como un hombre habla con su amigo, fue Moisés. Esto es lo que el libro de Números dice de Moisés en el capítulo 12, versículo 3: que Moisés era un hombre muy humilde, más que cualquier otro hombre sobre la faz de la tierra. ¿De quién tú piensas que Moisés aprendió eso? De Dios. Del Dios que un día, cuando Moisés le dijo: "Muéstrame tu gloria", lo subió a la montaña, lo colocó en una roca, lo cubrió, pasó frente a él y le dice que Él es el Dios que es lento para la ira y abundante en misericordia. Así es la humildad: es lenta para airarse, no es provocada fácilmente, pero es rica en misericordia. De ese Dios.
Siendo alguien que Moisés no habló por él, Dios habló por él cuando su propio hermano y su propia hermana, Aarón y Miriam, fueron y le acusaron, le dijeron: "Moisés, ¿qué tú piensas, que Dios solamente habla a través de ti? No, Dios también habla a través de nosotros." Moisés no habló y dijo: "Está bien, mañana nos reunimos frente a Dios, nos encontramos en el tabernáculo." Y ese día Dios habló por Moisés, y Miriam quedó cubierta de lepra, y Moisés en su humildad intercedió por Miriam y quedó sana.
Mientras los fariseos abusaron de su poder, Cristo restringió todo su poderío. La grandeza del poder reside en su restricción, no en su uso. A diferencia de uno de nuestros pasados presidentes que decía que el poder está ahí para usarlo, Cristo dijo: "No, el poder está ahí para restringirlo." Pero lo que restringe el ejercicio del poder es la humildad. La humildad es el freno de los hombres, de los seres humanos.
La humildad frena nuestras pasiones. La humildad frena nuestras pasiones porque la humildad reconoce que el otro es portador de la imagen de Dios y no lo puedo usar, no puedo abusar de la imagen de Dios, aun si yo quisiera hacerlo. La humildad reconoce, es el freno de nuestras pasiones, es el freno de nuestros arranques, es el freno de nuestra ira. Es esa fortaleza de la persona que Dios ha cultivado humildad en él que le permite vivir una vida restringida para la gloria de Dios.
Cuando piensas en el liderazgo, entonces piensas en Moisés. La humildad es la columna vertebral del liderazgo. Me corregí esa frase porque Ariel lo tuiteó, lo sacó del libro "Ociero para Su gloria" y lo tuiteó ayer, y no recordaba que yo había escrito eso en alguna ocasión. Pero es la columna vertebral del liderazgo; tú lo ves en Moisés. Tú lo ves mejor en Cristo aún.
Recuerda cómo Pablo escribió a los Filipenses en el capítulo dos, versículo cinco, y nos habla de que haya en vosotros esta actitud que hubo en Cristo Jesús, que no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo. Algunas versiones dicen: "Haya en vosotros la misma mente". La razón por la que está traducida de esa forma en algunas Biblias es porque la palabra ahí en el original es "fronéo", que implica una inclinación mental, una disposición de la mente, una actitud mental. Y Cristo, antes de venir, antes de encarnarse, tuvo la disposición, la inclinación para no considerar su igualdad con Dios, sus privilegios, como algo a qué aferrarse, sino que lo soltó, y entonces vino y se hizo hombre.
"Haya en vosotros esta actitud que hubo en Cristo Jesús". Esa frase ahí está escrita —dame dos minutos para explicarte un tecnicismo que va a sonar complicado, por eso lo haré simple—. Esa expresión está en el tiempo presente, está en el modo imperativo y en la voz activa. ¿Qué significa todo eso? Bueno, está en el tiempo presente porque esperó que está diciendo que esa actitud que hubo en Cristo Jesús debe ser algo continuo en mi vida. No es algo que yo debo hacer hoy y se me olvida mañana; es algo que debe caracterizar mi vida. Por eso es que está en el tiempo presente: es mi estilo de vida. Tengo un estilo de vida caracterizado por esa disposición a rebajarme si necesito hacerlo para servir a otros.
Está en el modo imperativo porque no es una opción que Pablo nos dejó, que Dios nos dejó; es una obligación. Eso es como mi vida debe ser, lo que la debe caracterizar. Y en tercer lugar, está en la voz activa porque hay algo que yo tengo que hacer activamente para tener esa disposición de espíritu. No es algo que me llega a mí de manera automática; es algo que se aprende, y en el aprendizaje es algo que luego entonces cala en profundidad en mí y me vuelve algo que yo soy. Por eso es que Cristo dice: "Aprended de mí, que soy manso y humilde".
Bueno, entonces, ¿cómo es que eso me ayuda a encontrar descanso para mi alma? Bueno, es que cuando tú tomas esas decisiones para tener esa disposición de espíritu, tú decides ir en contra de los deseos de la carne para complacer a Dios y honrar la imagen de Dios en el otro. Tú decides ir en contra de eso, y tú puedes tenerlo. Nosotros tenemos deseos apasionales fuertes —no me digas que no, le decía al grupo anterior—, es la realidad. Pero el hecho de tenerlos no me da permiso para ejercitarlos, sino que la actitud de siervo que hubo en Cristo Jesús hace que, cuando esa humildad se ha desarrollado, yo los restrinja para honrar a mi Dios.
Yo tengo que tomar decisiones en contra de mi comodidad. Yo tengo que tomar decisiones en contra de mi egocentrismo, en contra de la frivolidad de la vida de esta generación, en contra de la actitud rebelde de nuestros corazones. Entonces, piensa por un momento: cuando tú decides activamente en contra de la frivolidad de esta generación, de la rebeldía de tu corazón, cuando tú decides en contra de tus deseos pasionales, cuando tú decides en contra de tu egocentrismo, ¿qué tú piensas? Que encuentras libertad en Cristo, porque tú has evitado una serie de consecuencias y de amarras que sofocan la vida como Dios la concibió.
Ahora, cuando tú lees Filipenses dos, lo impresionante del pasaje es que no es que Dios Padre como que golpeó a Cristo hasta someterlo; es que él voluntariamente se bajó. Esto es lo que ha sido llamado la autohumillación de Cristo, para diferenciarlo de la humillación que Dios impuso sobre Faraón, para diferenciarlo de la humillación que Dios impuso sobre Nabucodonosor, sobre Herodes en Hechos capítulo 12. Cuando tú ves al Dios infinito y eterno entrar en una naturaleza humana y volverse temporalmente finito y temporal, ciertamente eso es impresionante. Porque no puedes humillarte más de ahí: eres infinito y eres eterno, y decides venir y por un tiempo ser finito y temporal.
Ahora nota, en quinto lugar, que la promesa de descanso se vuelve a repetir. Primero Cristo dice: "Venid a mí todos los que estáis cargados y cansados, y yo os haré descansar". Ahora Cristo dice: "Aprended de mí, que soy manso y humilde, y hallaréis descanso para vuestras almas". Ahí está el descanso otra vez, por segunda vez.
Bueno, ¿de qué otra manera la humildad promueve el descanso de mi alma? Bueno, es que es la humildad la virtud que me permite arrepentirme. El orgullo no hace eso; el orgullo es un obstáculo para el arrepentimiento. El orgullo no admite sus errores, el orgullo tiene dificultad para pedir perdón, el orgullo tiene dificultad para perdonar, el orgullo no ve sus faltas, el orgullo esconde su pecado para lucir bien y quedar bien, el orgullo miente para cubrir justamente su falta. Todas esas formas impiden el arrepentimiento, y mientras yo esté no arrepentido, voy a estar cargado.
No sé si te conté la historia. Esta es una historia real de este niño y su hermanita Sally. El niño y Sally se fueron al campo de su abuelo, y entonces al niño le regalaron un tirapiedras —llamamos nosotros, no sé cómo le llamarán en otras culturas—. Y él estaba practicando, y cuando él tira la primera piedra, accidentalmente le da por la cabeza al pato del abuelo y lo mata. Y al día siguiente, el abuelo dice que iba a ir a caminar con su nieto, y Sally dice: "No, abuelo, mi hermanito me dijo que fuera yo". Y el hermanito dice: "No, eso no es verdad". Y Sally le dice al oído: "Acuérdate del pato". El hermanito se calla.
Día siguiente, la abuela dice: "Sally, ven a ayudarme a lavar los platos". Y Sally dice: "No, abuela, fue mi hermano; dijo que iba a ayudar con los platos". Y él dice: "No, abuela...". "Acuérdate del pato". Finalmente, el niño estaba cansado. Su hermana iba a donde la abuela y le confiesa lo que pasó. Y la abuela dice: "El día que eso pasó yo estaba en la ventana y yo vi lo que hiciste. Y yo no te había dicho nada porque yo solamente estaba esperando a ver cuánto tiempo te ibas a permitir que Sally te esclavizara por lo que había pasado".
Eso es como el pecado te esclaviza, hasta que tú vas y rindes cuentas, te pones a cuentas con Dios y a cuentas con tus iguales. Eso es conocer de qué manera la falta de humildad esclaviza al hombre e impide el arrepentimiento.
Déjame leerte esto que alguien escribió. Yo decía esta mañana que yo sé que lo compartí en un devocional con el equipo de la oficina; no creo que lo había compartido con la congregación. Busqué en mi computadora de toda forma posible y no encontré nada que me dijera que lo había compartido. Pero aun si yo lo hubiese compartido, no te va a hacer daño, porque esto es algo que yo he leído no menos de diez veces. Lo escribió Beth Moore en uno de esos libros, aunque lo cita de otro autor.
Escucha, ella personifica el orgullo, y esto es lo que dice: "Mi nombre es Orgullo. Yo soy un engañador. Te tengo alejado de tu destino dado por Dios porque tú exiges tu propio camino y tu propia forma. Te tengo alejado con relación a tu contentamiento porque te convenzo de que tú mereces algo mejor que lo que tienes. Te tengo alejado con relación al conocimiento porque ya tú lo conoces todo. Te tengo alejado con relación a tu sanación porque estás tan lleno de mí, de orgullo, que no quieres perdonar. Te tengo alejado con relación a la visión porque tú prefieres mirarte a ti mismo en el espejo antes que mirar a través de la ventana para ver lo que Dios tiene para ti. Yo te tengo alejado con relación a lo que es una amistad genuina porque nadie va a conocer quién tú eres verdaderamente, y por tanto te mantienes lejos. Te tengo alejado con relación al amor porque el romance real demanda sacrificio. Te tengo alejado con relación a la grandeza en los cielos porque te rehúsas a lavar los pies de otros aquí en la tierra. Te tengo alejado con relación a la gloria de Dios porque te he convencido de buscar tu propia gloria".
Ahora escucha este. Me dirían: "Gran final", porque yo creo que es extraordinario. "Mi nombre es Orgullo. Yo soy un engañador. Te caigo bien porque tú piensas que yo siempre quiero lo mejor para ti, pero no es cierto: yo estoy buscando que seas un estúpido. Dios tiene tanto para ti, yo lo admito, pero no te preocupes, que si te quedas conmigo nunca lo sabrás". ¡Wow! No te preocupes. Yo sé que Dios tiene mucho para ti, pero si te quedas conmigo de compañero, tú nunca lo vas a ver.
La cita termina diciendo que el orgullo te hace creer que busca el bien del yo, pero en realidad lleva a la esclavitud y a la destrucción. Por eso es que Cristo dice: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón". Él no solamente me invita a venir a él; me invita a venir a él y luego me invita a aprender algo de él.
Eso es reconocer que la falta de humildad es una fuente de conflictos personales. Mientras más humilde es la persona, menos conflicto genera; mientras más orgullosa es una persona, más conflicto ella crea. Y esta es la razón, decía este autor: que nuestros egos muchas veces superan la razón. Nos volvemos muy irracionales en las discusiones y preferimos perder con voluntad inquebrantable que ganar estando en sumisión. Si yo tengo que someterme a la voluntad del otro, a la opinión del otro, al criterio del otro, al veredicto del otro, no; yo prefiero perder con voluntad inquebrantable que ganar si yo tengo que someterme. Eso no me da paz; no encuentro paz para mi alma en esa condición. Necesito mansedumbre y humildad para disfrutar la paz de que Cristo dijo.
Finalmente, número seis: hay una explicación para el descanso que Cristo provee, porque "mi yugo es fácil y mi carga ligera". Si piensas nuevamente la idea del yugo, me da a los dos bueyes. Cristo dice: "Si estás aquí conmigo, caminas conmigo, no tienes que esforzarte, no tienes que cargar mucho, no tienes que cargar pesado. Tú me sigues, tú copias de mí".
A diferencia del yugo que les imponía a los fariseos y del cual Cristo habló, escucha ahora en Mateo 23, en el versículo 4, donde él dice que ellos, los fariseos, atan cargas pesadas y difíciles de llevar y las ponen sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. En otras palabras, lo que yo decía más tempranamente: que cuando no hay humildad, pues la persona exige de parte de los que están debajo de él que hagan cosas que él no modela. Cristo dice exactamente eso. El versículo anterior a ese que yo te leí dice que ellos debían aprender de los fariseos, pero debían hacer como ellos dicen, pero no hacer como ellos hacen, porque ellos dicen y no hacen. Ellos exigen una cosa de ustedes que ellos ni siquiera mueven un dedo para hacer. La Nueva Traducción Viviente dice que imponen cargas que aplastan a la gente, pero ellos no lo hacen.
Y Cristo dice: mi yugo es fácil, solamente tienes que venir y seguirme, caminar conmigo. Verás cuán ligera es la carga, verás cuán poco te pesa caminar conmigo, porque yo voy a llevar tu carga. "La obediencia no es difícil, pastor, ¿cómo está diciendo que no es difícil si usted no ha tenido que luchar con la obediencia?" Sí, pero escucha, eso no es porque la obediencia es difícil, es que la carne es débil.
Ahora, la facilidad de la obediencia estriba en esto: es que frecuentemente yo quiero conquistar la obediencia por fuerza de voluntad. No funciona. "Bueno, por dominio propio." Bueno, funcionaría mejor, pero ¿sabes qué? El problema es que el dominio propio toma tiempo en desarrollarse, porque es un fruto del Espíritu. "Entonces, entonces no tengo solución." Sí, es más fácil de lo que piensas. Tú amas a Dios, luego guardarás mis mandamientos. Este es el yugo de Cristo.
De hecho, en otras ocasiones yo he hablado que, analizándolo desde el ángulo de la cultura oriental, de la cultura palestina de aquella época, los rabinos tenían yugos. El yugo era como su mandamiento más difícil. Y cuando vinieron a Cristo le dijeron: "Señor, ¿cuál es el más grande mandamiento?", muchos entienden, muchos que han estudiado esa área, entienden que lo que le estaban preguntando a Cristo era "¿cuál es tu yugo?" Y Cristo dijo: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente y toda tu fuerza, y el próximo mandamiento semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo. ¿Lo ves? Lo ligero que es mi yugo es un yugo de amor, porque amarás a mi Padre y el resultado será obediencia.
Cada vez que tú y yo hemos pecado, recuerda, ojalá esto jamás se te olvide, porque una vez yo lo aprendí y jamás lo olvidé: esa es una declaración abierta de que yo amo más mi pecado que a Dios en ese momento. Dios no es para mí tan digno de amor como mi pecado. Y mientras más, piénsalo de otra manera, mientras más chiquito es mi pecado, peor es la comparación, porque si mi pecado es pequeño y lo prefiero, yo estoy diciendo que a este Dios yo ni siquiera le amo tanto como a este pecado. Pero si mi pecado es grande, lo único que pone de manifiesto, si yo soy creyente, es que mi práctica del mismo me ha desensibilizado hasta el punto que he dejado de amar a Dios lo suficiente como para obedecerlo y honrarlo con mi obediencia.
Cristo es tu lugar de descanso. Cristo es la roca que te da de beber. Cristo es el refugio donde tú puedes encontrar protección. Cristo es el oasis en el desierto. Cristo es el pan de vida. Cristo es la roca que te sostiene. Él es la cobija que te cubre del sol, de la intemperie. Cristo es el compañero en tu jornada, en tu caminar hacia la eternidad, que está dispuesto a cargar, a llevar tu carga. Cristo es tu Dios y es tu amigo a la vez, y es tu Redentor y es tu amo, pero es tu amo benevolente. Cristo es la persona que limpió una vez tu pecado y está dispuesto, está limpiando todos los días los próximos pecados. Cristo es literalmente el libertador de tu vida. Cristo es tu lugar de descanso cuando ya no puedes más. De hecho, es el lugar de descanso aun cuando puedas mucho, para que no llegues a cansarte. Ese es el Cristo que predicamos y no otro.