IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La salvación no es un logro humano sino un regalo divino, y esta verdad atraviesa toda la Escritura desde Génesis hasta las epístolas de Pablo. Cuando Dios se apareció a Abraham, este no lo estaba buscando; de hecho, Josué 24 nos recuerda que Abraham y su familia adoraban dioses ajenos al otro lado del Jordán. Fue Dios quien lo buscó, lo encontró y lo eligió. Abraham simplemente creyó, y esa fe le fue contada por justicia — no sus obras, sino su confianza depositada en Dios.
Este patrón se mantiene a lo largo del Antiguo Testamento, aunque muchos piensan erróneamente que la gente de aquella época se salvaba por obras. Ya en Habacuc se declara que "el justo por la fe vivirá". La ley nunca tuvo el propósito de salvar a nadie; más bien reveló el pecado, mostró el carácter santo de Dios y expuso nuestra incapacidad de cumplir sus demandas. Pablo la describe como el ayo — aquel esclavo que guiaba al niño hasta la madurez — que nos llevó a Cristo.
El cristianismo presenta así tres elementos únicos que no existen en ninguna otra religión: la salvación es por gracia, no por esfuerzo; todo ya está consumado en la cruz; y es Dios quien busca al hombre, no el hombre a Dios. La palabra clave no es "hacer" sino "hecho".
Según la clase, ¿cuál era la condición espiritual de Abraham antes de que Dios se le apareciera, y qué nos enseña esto sobre cómo funciona la salvación?
¿Qué función cumplía la ley según Pablo, y por qué el pastor Núñez la compara con un "ayo" de la antigüedad?
Si la salvación no depende de tus obras sino de la gracia de Dios, ¿cómo afecta esto la manera en que te relacionas con tus propios fracasos espirituales y con tu sentido de seguridad ante Dios?
Piensa en algún área de tu vida donde todavía operas con la mentalidad de "hacer" para ganar el favor de Dios. ¿Qué tendría que cambiar para que la palabra "hecho" se vuelva real en esa área específica?
La clase afirma que en todas las religiones del mundo el hombre busca a Dios, pero en el cristianismo es Dios quien busca al hombre. ¿Cómo debería esta diferencia transformar la manera en que compartimos el evangelio con personas de otras creencias o sin fe?