IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El Espíritu Santo no es una fuerza impersonal ni una energía divina abstracta: es Dios mismo, la tercera persona de la Trinidad, con mente, sentimientos y voluntad propia. La Escritura revela que puede ser entristecido, que escudriña la mente de Dios, y que mentirle a Él es mentirle a Dios, como quedó claro en el caso de Ananías y Safira. Esta realidad tiene implicaciones profundas para entender cómo Dios ha actuado en la historia y cómo actúa hoy en la vida del creyente.
Desde la creación, cuando el Espíritu se movía sobre las aguas y daba aliento de vida a Adán, hasta la obra de regeneración que hace pasar al pecador de muerte a vida, el Espíritu es consistentemente el dador de vida. Esta verdad se hace especialmente visible en el ministerio terrenal de Cristo: aunque Jesús nunca perdió su poder divino, todo lo que hizo como hombre —su concepción, su unción en el Jordán, su resistencia en el desierto, la expulsión de demonios, su ofrenda en la cruz y su resurrección— lo realizó por medio del Espíritu. Es este mismo Espíritu quien ahora habita en el creyente, produce convicción de pecado, santifica progresivamente y genera el fruto descrito en Gálatas 5: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, mansedumbre y dominio propio.
Según la clase, ¿qué evidencias bíblicas demuestran que el Espíritu Santo es una persona divina y no simplemente una fuerza o influencia de Dios?
¿De qué maneras específicas participó el Espíritu Santo en el ministerio terrenal de Jesús, desde su concepción hasta su resurrección?
Si Cristo, siendo Dios, dependió del Espíritu para cumplir su misión terrenal, ¿qué te dice esto sobre tu propia necesidad de depender del Espíritu en tu vida cotidiana?
El Espíritu puede ser entristecido. Pensando en esta semana, ¿hay alguna área de tu vida —actitudes, palabras, decisiones— donde reconoces que podrías estar entristeciendo al Espíritu que habita en ti?
El fruto del Espíritu se presenta como una obra que Él produce en nosotros, no como un logro personal. ¿Cómo distinguirían ustedes entre intentar producir estas cualidades por esfuerzo propio y permitir que el Espíritu las cultive en su vida?